Aunque una aspiración histórica, los seres humanos, sin embargo, en general nos ponemos de espalda a la misma. Parece ser difícil llegar al poder, cual fuere, y llevar una vida con humildad, reconociéndose como portador de un “poder” para ser servidor de los demás. Sobre todo, en el ámbito de lo político.

Muchas veces he sostenido que el poder, no importa en cual nivel, nos despoja de la serenidad y nos obnubila, nos hace perder incluso la razón. He sido testigo en muchas ocasiones de tal situación. Las miradas por encima del hombro, la pérdida selectiva de la memoria, vienen muchas veces de la embriaguez del poder.

Sentirse por encima de los demás y con la posibilidad de disponer de los demás, coloca a algunos entre el bien y el mal, sin importar razones ni circunstancias, sin importar consecuencias. De esa manera, disponen de todo aquello que no les pertenece, incluso. Poder y arrogancia o ¿la arrogancia del poder?

Una distinción fina, pero muy poderosa.

Una u otra me llevan por senderos y apreciaciones distintas, por caminos diferentes. La primera, poder y arrogancia, parece sugerir dos fuerzas que pudieran coexistir, pero que por naturaleza no necesariamente están unidas. Hay poder, hay arrogancia. Pudieran encontrarse, como andar por distintos caminos.

La segunda, la arrogancia del poder no supone dos entidades separadas, todo lo contrario. Cuando se encuentran y el poder se llena de arrogancia, sus consecuencias suelen ser funestas. Y no sé cuál peor: un arrogante que llega a tener poder o de aquel que llega al poder y se hace arrogante. Dialéctica causal.

Así, el poder, cuando no está regulado por principios y límites éticos, tiende a generar arrogancia. Es decir, el poder, sin contrapesos, sin humildad y sin conciencia, tiende a deformar la percepción de uno mismo y de los demás. El poderoso arrogante se siente estar por encima de todos los demás y puede disponer de los demás.

La arrogancia del poder conlleva un filo especial, diríamos incluso, casi quirúrgico. No se trata solo de un comportamiento, sino de un mecanismo psicológico y social que se activa, se hace presente, cuando una persona o grupo ocupa una posición de autoridad sin contar con los contrapesos adecuados.

En nuestra cultura ser jefe y más aún, sentirse jefe, evoca una suerte de memoria histórica de lo que suelen ser las mieles del poder. No importa el nivel en el cual se ejerce dicho “jefatura”, la experiencia psicológica es la misma, más no, por supuesto, la extensión de sus consecuencias.

Suele suceder que la persona que vive internamente el poder con arrogancia llegue a pensar que su visión es la única válida y con el poder de ser verdadera. Esta distorsión se ve reforzada cuando el entorno, por miedo o por conveniencia, se hace parte de esa distorsión y no ofrece la posibilidad, por supuesto, de otras consideraciones.

Los egos se inflan, se encoge la empatía y un concierto de voces se adueña de unos y de otros, en una macabra entonación de un poder sin límites.

El combate a la arrogancia del poder desde los espacios públicos no puede verse tan solo como un asunto institucional. Por eso no son suficientes, por sí solos, los códigos de ética. Se trata de un trabajo cultural, en que lo pedagógico y lo ético deben ser marco para la creación de nuevas maneras de ver y actuar, de nuevas sensibilidades y dinámicas humanas.

Se hace necesario abrir espacios de debate y discusión en que florezcan nuevas maneras de entender y comprender las cosas, generadoras de nuevas maneras de actuar personal y socialmente, y en que participen todos los actores sociales con vocación hacia una vida democrática guiada por sólidos principios éticos.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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