Desde hace muchos años me acompaña una pregunta que no surgió primero de los libros, sino de la vida. La historia de muchas de las mujeres que me rodearon cuando era pequeña, incluyendo familiares muy cercanos, me puso tempranamente frente a relaciones marcadas por el sufrimiento, la subordinación y el poder masculino. Más tarde, mis propias experiencias y las experiencias amorosas comunicadas por un número significativo de mujeres con quienes compartí espacios de identidad, reflexión y lucha, hicieron que esa pregunta se volviera cada vez más difícil de eludir: ¿por qué la relación con el otro, especialmente con los hombres en los vínculos amorosos, ha resultado tan frecuentemente dolorosa para las mujeres? ¿Por qué en esas relaciones aparece una y otra vez la pretensión masculina de disponer de la mujer, de vigilarla, controlarla, reducirla o castigarla cuando intenta ejercer su libertad?

Esa experiencia vivida me llevó también a leer, a estudiar y a confrontar las diferentes perspectivas desde las cuales el feminismo ha intentado comprender la opresión de las mujeres. Y hoy, frente al horror del feminicidio, vuelvo a una convicción que ha atravesado buena parte de mi vida y de mi pensamiento: el feminicidio se alimenta de una lectura cultural de la biología femenina; el cuerpo de la mujer ha sido tratado como posesión, y desde ahí se justifican su subordinación, su control y, en su forma extrema, su asesinato. Una mujer es asesinada no simplemente porque estuvo en una relación conflictiva o porque un hombre perdió el control de sus emociones, sino porque, en el fondo de esa violencia, actúa todavía la creencia de que su cuerpo, su vida, su deseo y su libertad pertenecen a otro.

En la historia del feminismo, distintas corrientes entendieron que el hecho biológico estaba en el centro de la opresión; luego, con la posmodernidad, el giro foucaultiano y las lecturas de Judith Butler, el foco se desplazó hacia el poder de los discursos y hacia la performatividad del género. Esa discusión es valiosa y ha permitido problematizar muchas formas rígidas de identidad y exclusión, pero, a mi juicio, no debe eclipsar un hecho fundamental: la cultura sigue fijando destinos a partir del cuerpo que pare y cuida. Es decir, aunque la opresión no pueda reducirse mecánicamente a la biología, tampoco puede comprenderse olvidando que ha sido el cuerpo femenino, interpretado social y simbólicamente, el punto de partida histórico de la subordinación.

Durante décadas, y especialmente en las discusiones feministas que conocimos antes de que las ideas posmodernas adquirieran tanta fuerza, la pregunta “¿qué es ser mujer?” se formulaba en relación con ese cuerpo y con el destino cultural que se construía a partir de él. Las principales corrientes feministas —el feminismo liberal, el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia— no respondían del mismo modo, y entre ellas hubo controversias profundas. Sin embargo, aun desde posiciones diferentes, era posible reconocer que la condición subordinada de las mujeres tenía una relación decisiva con el modo en que la sociedad había leído e interpretado la diferencia sexual.

Yo no estoy afirmando que la biología sea un destino. Todo lo contrario: sostengo que el problema comienza precisamente cuando la sociedad convierte un hecho biológico en destino. Tener un cuerpo con vulva, senos y capacidad de parir no significa haber nacido para ser subordinada, para cuidar obligatoriamente a los demás, para vivir encerrada en la reproducción o para renunciar a la inteligencia, la autonomía y la creación. Pero históricamente ese cuerpo ha sido utilizado como argumento para colocarnos en un lugar secundario, para definirnos como seres destinados a otros y para negarnos la condición plena de sujetos.

La experiencia vivida de las mujeres ha tenido siempre ese cuerpo en su centro. El cuerpo que menstrúa, que puede gestar, que puede parir, que ha sido obligado a cuidar, a servir y a estar disponible, no es una abstracción. Es el lugar donde la cultura inscribe normas, prohibiciones, deberes, culpas y violencias. Ese cuerpo ha sido mirado como inferior, como débil, como dependiente, como propiedad familiar o conyugal. Y, al mismo tiempo, esa interpretación del cuerpo se ha extendido hacia todo lo que la mujer es: también su inteligencia, su capacidad creadora, sus deseos, su trabajo y sus decisiones han sido con frecuencia tratados como si debieran estar al servicio de una voluntad masculina.

Esta concepción no apareció ayer. Puede rastrearse en la historia de la filosofía y de la cultura desde Aristóteles, en diversas formulaciones del pensamiento medieval, en muchos discursos modernos y todavía en prácticas contemporáneas. La mujer ha sido presentada, una y otra vez, como lo secundario, lo derivado, lo incompleto, lo subordinado al varón considerado sujeto, medida y soberano. La división sexual del trabajo consolidó socialmente esa representación: el hombre como dueño del espacio público, de la palabra, del poder y de la decisión; la mujer como cuerpo destinado a la reproducción, al hogar, al cuidado y a la obediencia.

Por supuesto, sobre ese hecho inicial se superponen muchas capas históricas, económicas, religiosas, familiares, psicológicas y simbólicas. La opresión femenina no es una realidad simple ni puede explicarse con una sola categoría. Pero esas capas no deben hacernos olvidar el subsuelo sobre el cual se levantan. En la raíz de la subalternidad femenina se encuentra el hecho de ser mujer en una cultura que ha interpretado el cuerpo femenino como cuerpo disponible, apropiable, controlable. La biología no produce por sí misma la opresión; la produce la lectura social de esa biología, convertida en jerarquía, destino y propiedad.

Por eso, cuando leemos la historia de un feminicidio, no debemos quedarnos únicamente en las circunstancias inmediatas: los celos, la separación, la discusión, la decisión de la mujer de marcharse o de iniciar otra vida. Todo eso importa, pero detrás emerge una convicción más profunda y más antigua: aquella mujer era considerada posesión de un hombre. Él creía tener derecho a su cuerpo, a su presencia, a su sexualidad, a su tiempo y, finalmente, a su vida. Cuando ella intentó actuar como una libertad independiente, esa libertad masculina deformada por la cultura de la posesión pretendió destruir la libertad de la mujer.

Dicho de una manera filosófica, pero también profundamente concreta: en el feminicidio, una libertad pretende apropiarse de otra libertad. Un hombre no acepta que la mujer exista para sí misma, que pueda decir no, terminar una relación, elegir otro rumbo, pensar de manera distinta o simplemente vivir sin pertenecerle. Entonces aparece el gesto extremo de apropiación: “si no eres mía, no serás de nadie”. Esa frase, explícita o implícita, revela que el asesinato no es un accidente ni una simple explosión afectiva; es la culminación de una cultura que ha enseñado a muchos hombres a sentir que la mujer les pertenece.

A veces se habla de esos crímenes como si fueran excesos del amor o de la pasión. Pero hay que distinguir con claridad: el amor no mata; la posesión sí. La pasión puede ser una fuerza creadora, una entrega que reconoce al otro en su libertad; pero también puede deformarse en deseo de dominio, vigilancia, amenaza y destrucción. Cuando un hombre asesina a una mujer porque ella decide separarse, porque rehace su vida o porque se niega a continuar bajo su control, no está mostrando la profundidad de su amor, sino la violencia de una concepción según la cual la mujer es un objeto suyo.

En este punto, considero necesario volver sobre el debate contemporáneo entre sexo y género. En las discusiones feministas anteriores al predominio posmoderno, la categoría de género permitía explicar cómo la cultura asignaba roles, atributos y destinos diferentes a hombres y mujeres a partir de la diferencia sexual. El sexo remitía al cuerpo; el género, a la interpretación cultural y social de ese cuerpo. La biología no ordenaba por sí sola que una mujer fuera obediente, doméstica, dependiente o inferior; era la cultura la que convertía la diferencia corporal en desigualdad.

En este sentido, Simone de Beauvoir sigue siendo decisiva. Cuando afirma que “no se nace mujer: se llega a serlo”, no está negando que exista un cuerpo femenino ni que la experiencia de las mujeres tenga una dimensión corporal. Lo que está denunciando es que la sociedad transforma ese cuerpo en una condición subordinada: hace de la mujer la otra frente al hombre convertido en sujeto y soberano. Beauvoir no elimina la biología; muestra cómo la biología ha sido utilizada para fabricar una inferioridad social, moral e intelectual.

Mi preocupación es que, en ciertas formulaciones contemporáneas, el orden de la reflexión parece invertirse. Ya no se trataría principalmente de analizar cómo la cultura interpreta el sexo y construye la subordinación de las mujeres, sino de sostener que el género puede definir enteramente el sexo. Esta perspectiva ha producido discusiones complejas en muchos países en torno al reconocimiento legal de las identidades de género y al modo en que el Estado registra a las personas. Reconozco que las personas trans reclaman derechos y respeto que no deben ser negados. Sin embargo, pienso también que el movimiento feminista no debe perder su capacidad de nombrar la opresión específica que recae sobre quienes nacen con cuerpo femenino y son subordinadas, violentadas o asesinadas precisamente por ser leídas socialmente como mujeres.

No se trata de despreciar otras luchas ni de negar que existan experiencias distintas de vulnerabilidad. Se trata de no borrar el fundamento material e histórico de una violencia que continúa actuando sobre el cuerpo de las mujeres. Cuando una niña es educada para servir, cuando una adolescente es controlada por su novio, cuando una mujer es golpeada porque quiere separarse, cuando otra es asesinada porque un hombre no acepta su decisión, la violencia se ejerce sobre un cuerpo femenino previamente concebido como disponible. Esa realidad no desaparece porque el vocabulario teórico se vuelva más sofisticado.

Los feminicidios me estremecen precisamente porque revelan, de la forma más brutal, que esta antigua concepción no ha sido superada. Me recuerdan las discusiones suscitadas por los feminicidios en México y los análisis que, como los de Celia Amorós, mostraron la necesidad de pensar esos crímenes no como hechos aislados, sino como expresiones de una cultura patriarcal que convierte a las mujeres en cuerpos apropiables y desechables. Cuando en nuestro país los feminicidios nos alarman y nos llenan de indignación, no basta con lamentar cada caso después de ocurrido. Tenemos que preguntarnos qué estructura cultural continúa produciendo hombres capaces de asesinar a una mujer porque ella no quiere seguir perteneciendo a ellos.

Por eso recomiendo al movimiento de mujeres, al feminismo y también a los hombres dispuestos a pensar seriamente este problema que no se alejen demasiado de ese núcleo: la opresión femenina parte de la interpretación cultural de un cuerpo biológicamente femenino. A esa base pueden y deben añadirse otros análisis: clase social, pobreza, religión, familia, dependencia económica, violencia previa, impunidad judicial, educación sentimental, discursos mediáticos y muchas otras dimensiones. Pero no debemos permitir que la complejidad ofusque una verdad elemental: las mujeres han sido subordinadas y asesinadas porque sus cuerpos fueron históricamente concebidos como cuerpos para otros.

Esta misma lógica puede verse en debates como el de las tres causales. Si todavía existen fuerzas religiosas y políticas que se sienten autorizadas a decidir sobre el cuerpo de una mujer incluso cuando su vida corre peligro, cuando el embarazo es inviable o cuando ha sido producto de una violación, ello se debe a que ese cuerpo sigue sin ser reconocido plenamente como suyo. Se le trata como instrumento de reproducción, como recipiente de un mandato moral definido por otros, como territorio sobre el cual instituciones dominadas históricamente por hombres creen tener derecho a decidir. Nuevamente, aparece la misma raíz: la mujer reducida a cuerpo reproductivo, y ese cuerpo sometido a poderes externos.

Por eso, apropiarse del cuerpo de una mujer implica también intentar apropiarse de su pensamiento, de su palabra, de su posibilidad de decidir qué hacer con su vida.

Ante todo, esto, la pregunta final es inevitable: ¿qué hacer? En lo inmediato hay mucho que hacer y corregir y actualmente en el movimiento de mujeres y feminista se están haciendo recomendaciones urgentes.  Otra cuestión son las acciones mediatas. Mi respuesta comienza por la educación. Hay que transformar radicalmente la educación machista que todavía encuentra en el cuerpo de la mujer un destino para parir, para cuidar y para servir. Pero no hablo solamente de la educación escolar. Hablo de una educación social, familiar, jurídica, policial, universitaria, religiosa y política. Es necesario educar a los niños para que no aprendan a confundir amor con dominio; educar a las niñas para que no crean que deben aceptar el control como precio del afecto; formar a las familias para que no reproduzcan jerarquías de obediencia y sacrificio; formar a policías y jueces para que comprendan la gravedad de las amenazas y protejan realmente a las mujeres; formar a las universidades y al Estado para que la violencia contra las mujeres no sea considerada un asunto privado ni una tragedia inevitable. Y ensenar mucha filosofía y género que desmonte la raíz androcéntrica, sexista y misógina de la filosofía impartida en los centros de educación superior.

Solo así podrá desmontarse la idea de la mujer como recurso, como objeto disponible o como cuerpo poseído, y reconocerse plenamente su inteligencia y su libertad como fines en sí mismos. Podremos y deberemos discutir teóricamente todos los factores que acompañan y complejizan la opresión, pero sin perder el punto de partida: mientras un hombre crea que el cuerpo de una mujer le pertenece, mientras una institución decida por ella y mientras una cultura continúe enseñando que su cuerpo nació para estar al servicio de otros, el feminicidio seguirá siendo la manifestación más cruel de una apropiación todavía viva.