Prometeo, el titán, fue expuesto a uno de los tormentos más crueles cuando Zeus ordenó condenarle al suplicio diario de sentir devorar su hígado por un águila de garras afiladas y pico pronunciado mientras, encadenado a una roca, veía cómo ese mismo hígado se regeneraba noche tras noche.
Esquilo afirma que este terrible castigo fue consecuencia de la osadía cometida por el famoso titán, cuando decidió entregar a los hombres la fuente por excelencia de energía en forma de fuego, con el propósito de reducir así la brecha que los separaba de los dioses.
Me permito, parcialmente, disentir. Es cierto que Prometeo entregó la fuente primaria de energía a la humanidad, pero esta, sin control, carece de toda utilidad y más bien se convierte en un poder de alto riesgo. La razón de fondo por la que Zeus propinó semejante castigo a Prometeo tiene mucho más que ver con la entrega del número a la humanidad que con el fuego mismo.
Sin lugar a dudas, la revelación que Prometeo legó a la humanidad al ofrendarle también el cálculo, la medición, la modelización de la realidad y la interpretación de los datos constituye un acto mucho más subversivo que la entrega de la energía misma.
Recordé estos pasajes tan escalofriantes como alegóricos de la mitología griega al asistir al debate nacional por la formación en ingenierías y energías en la República Dominicana ante los desafíos que se propone el Programa Presidencial Meta 2036 de duplicar el PIB en menos de una década.
La República Dominicana tiene muy claro que, para atraer inversiones intensivas en tecnología, integrarse a cadenas productivas más sofisticadas y desarrollar zonas francas de mayor valor agregado, debe ofrecer calidad energética, entendida esta como disponible, abundante, de bajo costo y amigable con el medio ambiente, y talento humano también de calidad en las áreas STEM.
Cabe preguntarse entonces: ¿cómo se están formando los ingenieros y expertos en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas en la República Dominicana? Incluso un paso antes, ¿cuántos estudiantes dominicanos están adquiriendo hoy la base matemática necesaria para desempeñarse en áreas STEM y habilitar esa transformación productiva? En este sentido, los resultados de las pruebas internacionales y nacionales aplicadas a niños de 15 años escolarizados no son alentadores.
Los resultados de la última prueba PISA disponible, correspondiente a 2022, identifican que solamente 21,319 estudiantes entre los 15 y 16 años de edad (7.04 % de la cohorte poblacional) son capaces de superar el umbral mínimo de suficiencia en matemáticas. Es decir, menos de 1 de cada 10 estudiantes en ese rango de edad es capaz de usar la matemática en situaciones simples de la vida real, reconocer representaciones matemáticas de un problema sencillo, comparar alternativas, convertir magnitudes o precios, extraer información básica y aplicar estrategias simples de resolución. Todas, competencias consideradas imprescindibles para participar plenamente en la sociedad actual.
Téngase en cuenta que superar ligeramente este umbral no significa excelencia matemática, ni mucho menos preparación plena para carreras STEM exigentes en cálculo y lenguajes matemáticos básicos. Aunque sí es altamente probable que este sea el conjunto que contribuirá al universo desde el cual algunos pocos serán capaces de convertirse en ingenieros y tecnólogos.
Este dato adquiere particular relevancia a la luz del análisis comparado. En la siguiente tabla se observa una selección de países con su correspondiente desempeño

en las pruebas de matemáticas en PISA, según la proporción de estudiantes capaces de superar el nivel 2 (mínimo de suficiencia) y de excelencia matemática. Conforman esta tabla Singapur, que lidera el ranking en la disciplina, y una serie de países de la región que, por su escala, compiten directamente con República Dominicana en la atracción de inversiones en la industria de semiconductores, minería, tecnología, foodtech, entre otras, en las cuales la formación en STEM cumple un rol protagónico.
La brecha que se advierte entre los países de la región respecto del liderazgo global, por su magnitud, no deja de sorprender. Singapur coloca al 92 % de sus estudiantes por encima del nivel 2 de suficiencia, mientras que República Dominicana ubica prácticamente la misma proporción por debajo de ese nivel. Ningún país de la región, ni siquiera Chile, que lidera en la disciplina (44.2 %), logra colocar a 1 de cada 2 estudiantes en el nivel mínimo de suficiencia. Y sorprende aún más que, mientras en Singapur casi 1 de cada 5 alumnos logra el nivel de excelencia, en Latinoamérica solo Uruguay, de la lista seleccionada, ubica a 1 de cada 1000 estudiantes en el rango superior.
Recientemente, el MESCyT anunció que espera entregar el 70 % de las becas anuales para estudios de grado y posgrado a carreras STEM. Es decir, unas 5,600 becas. Con este dato se abren al menos tres preguntas, sin ánimo de ser retóricas:
a) ¿Será capaz el MESCyT de cubrir todas esas becas? Es decir, ¿habrá demanda por estas opciones profesionales con tantas deficiencias en la formación inicial y de base de estas orientaciones?
b) ¿Será que se flexibilizan tanto los requisitos para estimular estas ofertas educativas que se reclute y financie talento que no se busca?
c) ¿Es posible que el país se plantee metas de crecimiento en la productividad de su industria y economía con esta realidad estructural?
El riesgo para la República Dominicana consiste en asumir que la competitividad puede sostenerse indefinidamente sobre ventajas de ubicación, costos relativos o regímenes especiales. Esas ventajas ayudan, pero no sustituyen la base educativa. La diferencia entre atraer inversión y capturar desarrollo depende, en buena medida, de la capacidad del país para convertir esa inversión en empleo cualificado, proveedores locales, innovación, aprendizaje institucional y movilidad social. Cuando la base matemática es débil, la inversión en industrias complejas puede llegar, pero una porción significativa del conocimiento crítico y del consecuente desarrollo se quedará fuera del país, o bien se importará en forma de inmigración o de trabajo remoto.
La apuesta firme y acertada de las autoridades dominicanas por promover la formación STEM chocará, en el mediano plazo, con las debilidades estructurales en la formación de las zapatas de estos profesionales.
En consecuencia, parece imprescindible e impostergable promover una política deliberada de formación matemática vinculada a los desafíos productivos del país. No se trata de convertir a cada estudiante en ingeniero, ni de reducir la educación a las necesidades inmediatas del mercado. Pero sí se trata de reconocer que la ciudadanía contemporánea necesita comprender datos, magnitudes, probabilidades, proporciones, relaciones, patrones y cotejar evidencias. Esa necesidad es democrática y productiva al mismo tiempo.
El país necesita que en la educación primaria se asegure el dominio efectivo del manejo numérico, de las operaciones básicas de la aritmética, la comprensión de las fracciones, el sentido de la proporcionalidad, la geometría elemental, las capacidades de medición e interpretación de datos y la resolución de problemas en el nivel primario. Lamentablemente, a juzgar por los resultados de las sucesivas pruebas diagnósticas que aplica el MINERD, esto sigue sin ocurrir. En efecto, en el tercer grado de la educación primaria menos de 1 de cada 4 logra ubicarse en el nivel mínimo satisfactorio (IDEC, 2026), y apenas el 7.4 % de los alumnos que cursan el sexto grado de primaria alcanza ese nivel de suficiencia (MINERD, 2025).
Para ello es necesario fortalecer la formación docente en matemática, acompañar mejor la práctica pedagógica, usar las evaluaciones diagnósticas para intervenir a tiempo y construir materiales que conecten la matemática con problemas reales, de forma que despierten el interés y el gusto por aprender a partir de los números. Energía, agua, transporte, clima, agricultura, salud y economía doméstica ofrecen contextos concretos para que los estudiantes descubran que la matemática no es un castigo escolar, sino una herramienta para entender el mundo.
El país tiene una oportunidad. La expansión energética, la transición hacia fuentes más limpias, la digitalización de redes y el crecimiento de sectores productivos intensivos en tecnología pueden convertirse en una plataforma de desarrollo. Pero esa oportunidad no se realizará plenamente si el manejo mínimo y el gusto —también el perder el miedo— por la matemática no comienzan en la escuela.
En el debate dominicano por la productividad, las industrias que atraer y la energía que proveer, la pregunta de fondo no debe ser únicamente qué profesiones necesita la economía dominicana. También es preciso preguntarse cuánta matemática y con qué calidad necesita aprender su población para que las oportunidades asociadas a esta ventana de oportunidad se traduzcan en desarrollo. Apostar por la matemática y generar una masa crítica y competente en esta área permitirá a la República Dominicana apropiarse del verdadero regalo que Prometeo legó a la humanidad y por el cual continúa pagando en la eternidad de los tiempos mitológicos.
Referencias:
Ministerio de Educación de la República Dominicana. (2025). Informe nacional: Evaluación Diagnóstica de Sexto Grado de Primaria 2024. Dirección de Evaluación de la Calidad. https://www.ministeriodeeducacion.gob.do/docs/direccion-de-evaluacion-de-la-calidad/lK9o-informe-nacional-evaluacion-diagnostica-de-sexto-grado-de-primaria-2024pdf.pdf
Iniciativa Dominicana por una Educación de Calidad. (2026). Informe de seguimiento y monitoreo 2025. IDEC.
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2023). PISA 2022 results: Volume I. The state of learning and equity in education. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/53f23881-en
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