“La ventaja de la mala memoria es que en muchas ocasiones se regocija de las mismas cosas como si fuera la primera vez”. —Friedrich Nietzsche—.

Creo que no existe dominicano que no haya escuchado o esgrimido aquella frase pintoresca surgida en medio de la protección desmedida de una novicia que, al percatarse de la intención lasciva de unos secuestradores en el convento, gritaba desesperada: «¡Menos a la Madre Superiora!». Desde esa lógica, la neófita en los asuntos religiosos pretendía mantener pura y santa a quien fuera su maestra, líder y guía, y olvidaba, por ignorancia o premeditación, que cuando se juega en grupo el mánager también practica el deporte.

Olvidar o pretender que todos olvidemos cómo surgió el Partido Revolucionario Mayoritario, su génesis y sus principales actores es una de las características distintivas de muchos que, al llegar al poder, decidieron promover el tecnicismo administrativo como forma idónea de relegar a planos inferiores a los que luchaban desde junio del 2012 para lograr el reconocimiento y consolidación del moderno y revolucionario partido del que muchos nos sentimos orgullosos.

De ahí que pasen de largo las transacciones que se ejecutaron en la dirección política del Distrito Nacional y las figuras que se quedaron en el otrora partido por su falta de fe en la nueva empresa. Los nini, por ejemplo, eran un grupo de notables que, por su trayectoria en el partido del jacho prendío, sumaron voluntades para detener la formación de otra organización con argumentos disímiles, pero con la misma idea: negar la realidad que subyacía en el descontento de las bases, expresado en el liderazgo histórico y el peso político de Hipólito Mejía.

Yo también «estuve ahí», como dijo Jimmy Sierra. Mi estatura, como ahora, era diminuta e insignificante, pero vi desfilar a cada uno de los que alzaron la bandera de la esperanza y decidieron, sin titubeos, emprender un viaje distinto, cargado de sueños, en otro barco y con dos capitanes. Puedo nombrar uno a uno a los inmolados y a los incrédulos y, de seguro, la historia no absorberá a muchos de los que hoy juegan papeles estelares en la dirección del partido y el aparato público. «Aun así, el mundo es todavía hermoso». —Max Ehrmann—.

Tienen entonces mucha razón los que hoy alzan su voz pidiendo cordura y entendimiento para lograr la unidad de un legado que ha sufrido una cantidad importante de mutilaciones y que, a pesar de ello, ha sabido sostenerse en el tiempo. Y lo hace por la solidez costumbrista del conjunto de hombres y mujeres que han preferido pausar o castrar sus aspiraciones para no lacerar el desarrollo de la marca. Pero se les escapa que esa última ruptura nació en dos mil nueve y se cristalizó en el 2010, cuando las decisiones unilaterales del entonces dueño atrofiaron el crecimiento de dirigentes con amplia vocación de servicio y pusieron la marca a merced de un solo hombre.

Nunca he sido admirador del expresidente Danilo Medina, pero concuerdo con él en que el trabajo político, como la Loto, es acumulativo y, en ese sentido, debe valorarse un sinnúmero de personas que han hecho sacrificios importantes para mantener plazas electorales que, por su peso, representan un paso adelante para procesos subsiguientes. La unidad es un camino de doble vía, una ruta inseparable del interés colectivo. No debe ser un mecanismo obligatorio, sino más bien, la suma de acciones que expliquen sin discurso la intención de preservar intacta la casa de todos. Porque, como exclamó la rectora del convento: «Él dijo: ¡A todas!».

Joan Leyba Mejía

Periodista

Periodista, Abogado y político. Miembro del PRM.

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