“La política significa horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasión y mesura al mismo tiempo”. — Max Weber.
Hoy sábado 5 de septiembre de 2026 faltarán exactamente 624 días para las elecciones presidenciales y congresuales del 21 de mayo de 2028. A quienes no estamos activos en la vida partidaria puede parecernos mucho tiempo, pero en República Dominicana los relojes electorales suelen adelantarse y los partidos comienzan a contar no solamente los meses, sino también las debilidades propias y ajenas.
Para los dominicanos que hemos vivido bajo el predominio de un sistema esencialmente bipartidista, que conocemos de balances, frustraciones y escandalosos desatinos, pero también de logros cuyo costo, debemos recordarlo, pagamos los contribuyentes, el problema fundamental no debería ser todavía quién quiere ser presidente, sino qué clase de presidente necesitaremos.
El mundo que se ha configurado es, con toda seguridad, más complicado que aquel que conocimos una o dos décadas atrás. Las rivalidades geopolíticas se profundizan, las cadenas de suministro se reorganizan, la inteligencia artificial transforma mercados laborales enteros y las economías pequeñas deben navegar entre potencias que subordinan cada vez más el comercio, la tecnología y los recursos estratégicos a sus propios intereses.
¿Es nuestro país indemne a este escenario? Imposible. Hoy como mañana estaremos compelidos a enfrentar mayores complicaciones sociales, económicas y culturales; un endeudamiento que continuará gravitando sobre las posibilidades del Estado; más anarquía en las calles; nuevas demandas de infraestructura; una escolaridad con graves deficiencias y, quizás, una ciudadanía menos comprometida con el futuro colectivo de la nación.
Gobernar un país pequeño, pero cargado de grandes problemas como el nuestro, requerirá en menos de dos años mucho más que simpatía electoral, publicidad o una maquinaria partidaria eficiente. Necesitaremos, ante todo, inteligencia práctica, que es aquella que distingue lo urgente de lo importante, escuchar antes de decidir, comprender los límites de la realidad y la capacidad de convertir las buenas ideas en decisiones ejecutables.
El Estado dominicano es ya demasiado complejo para volver a entregarlo al aprendizaje improvisado de quienes comienzan a conocerlo después de juramentarse. Lo que menos demanda esta primera mitad del siglo XXI es improvisación, aventureros políticos o figuras incapaces de hilvanar una idea convincente y enfrentar desafíos complejos y estrechamente interrelacionados.
Además de responsabilidad, conducta ética y sentido de Estado, requerimos un mandatario que haya aprendido a discernir con profundidad, tomar decisiones difíciles y comunicar con capacidad persuasiva sus proyectos. Alguien claramente fuera de esa espiral interminable de improvisados y tontos con suerte que tantas veces intereses ocultos terminan premiando.
También necesitaremos experiencia, pero entendida correctamente. Haber ocupado cargos públicos no convierte automáticamente a nadie en estadista. La verdadera experiencia consiste en haber administrado conflictos, presupuestos, crisis, evaluado alternativas complicadas, intereses contrapuestos y equipos humanos; en haber negociado sin capitular y decidido cuando ninguna alternativa era perfecta o parecía de imposible solución conveniente.
El presidente que demanda el país debe saber que entre ordenar algo desde el Palacio y conseguir que realmente suceda existe un aparato estatal con virtudes, inercias, grupos de interés y resistencias. Pero también deberá conocer los malos hábitos enquistados dentro de su propio partido, las acechanzas, las conspiraciones solapadas y esa tendencia tan nuestra a halar siempre la cuerda hacia el propio feudo. Gobernar es decidir, pero también saber cuándo ceder, cuándo resistir y cómo impedir que los intereses particulares se impongan al interés nacional.
A ello agregaríamos una condición hoy decisiva: saber comunicar y persuadir, porque gobernar democráticamente significa explicar. Necesitamos a alguien capaz de hablar con inteligencia, independencia y propiedad con empresarios y trabajadores, jóvenes y envejecientes, adversarios y aliados, Washington, Beijing y el Kremlin, sin representar un personaje distinto ante cada audiencia. El momento demanda autenticidad y coherencia. Quien llegue al poder debe demostrarnos que conserva los atributos y maneras de actuar por los decidimos confiar en él. En tiempos de tanta impostura política, también necesitamos la rara virtud de seguir siendo, después de alcanzar la victoria, esencialmente la misma persona que prometió gobernarnos. ¡Como cambian el poder y las influencias a las personas!
Tampoco bastará con comunicar; demandamos recuperar la autoridad moral del Estado dejando de comprender que los recursos públicos no pertenecen al partido gobernante, que el mérito no puede continuar subordinado al clientelismo y que gobernar no consiste en sustituir una red de beneficiarios por otra. Desde este perfil, y no desde simpatías personales o afinidades partidarias, observamos la competencia que comienza a configurarse.
Entre los aspirantes del PLD encontramos en Francisco Javier García características que merecen especial atención. Es economista y abogado, conoce el Estado desde posiciones diversas y acumuló una larga experiencia como ministro de Industria y Comercio y Turismo, además de otras responsabilidades públicas. Su experiencia, por tanto, no procede únicamente de la política partidaria. Lo hemos observado también como comunicador. Tiene rapidez mental, sabe organizar un argumento, posee capacidad persuasiva y suele desenvolverse con pragmatismo frente a situaciones complejas. Su disposición a participar en debates entre aspirantes y su propuesta de institucionalizarlos me parecen saludables, sencillamente porque quien pretende gobernar debe estar dispuesto primero a explicar cómo piensa hacerlo.
Francisco Javier carga, naturalmente, con una dificultad que no sería serio de nuestra parte ocultar. Es de todos conocido que pertenece a un partido que gobernó durante veinte años y sufrió una severa derrota electoral. Bueno, la experiencia puede ser credencial, pero también equipaje, y Javier tendría que demostrar que aprendió tanto de los éxitos como de los errores y que no representa una simple restauración del pasado. Precisamente ahí podría encontrarse su mayor desafío y también su oportunidad, esto es, debe ofrecer experiencia sin nostalgia, firmeza sin arrogancia, pragmatismo sin oportunismo y conocimiento del poder sin sentirse propietario de él.
Son muchos los nombres que suenan. Entre tantos convendría recordar que la Presidencia de la República no es un premio a la popularidad ni un experimento de aprendizaje. Cuando llegue la hora de escoger, deberíamos preguntarnos quién está verdaderamente preparado para serlo.
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