Recientemente, la opinión pública se ha visto dividida tras las declaraciones de la excelentísima embajadora de los Estados Unidos, la Sra. Leah Campos, quien utilizó una severa advertencia del Apocalipsis sobre la "tibieza" para cuestionar la participación del consultor jurídico del Poder Ejecutivo, el Sr. Antoliano Peralta, en una cumbre sobre democracia en España.
Entendemos que estas expresiones no son errores fortuitos; están fundadas en las alianzas necesarias contra los enemigos comunes de nuestro tiempo y en la urgencia de posturas firmes. No obstante, como ciudadanos comprometidos con la paz, debemos recordar que lo circunstancial no puede maltratar nuestra realidad histórica ni nuestra arquitectura legal.
La ética de las relaciones diplomáticas
Las relaciones diplomáticas se fundamentan en el principio de la no injerencia y el respeto mutuo, tal como lo establecen los tratados internacionales. Un embajador representa la voz de su Estado, pero esa voz debe resonar dentro del marco de la cortesía y el reconocimiento de la autonomía del país anfitrión. La diplomacia no es un espacio para el juicio moral personal, sino para la construcción de consensos técnicos y políticos que beneficien a ambos pueblos. Cuando la retórica sustituye al protocolo, el delicado equilibrio de la colaboración se pone en riesgo.
La legitimidad de la Carta Magna
Es imperativo dejar claro que el Poder Ejecutivo no toma decisiones de política exterior como un acto de voluntad personal. Cada paso en el escenario internacional está legitimado por nuestra Constitución, la cual consagra la libertad de dirigir nuestra política exterior como un valor soberano. El envío de un representante de alto nivel a un foro internacional es un acto de Estado, no un capricho individual. La legitimidad de nuestras acciones reside en el cumplimiento de nuestra Ley Suprema; el respeto a esas decisiones es la base de cualquier colaboración saludable.
España y la primogenitura histórica
Nuestra mirada hacia España no es una distracción, es un retorno a la raíz. Como bien defendió el ilustre pensador Pedro Francisco Bonó, la República Dominicana es el escenario donde se gestó la identidad de este continente. Si España como nación moderna se consolidó en enero de 1492, la "Española" nació en diciembre de ese mismo año.
España es nuestro primer gran aliado histórico. Somos el santuario de América, el lugar donde comenzó la gran aventura de lo que hoy somos. Por tanto, nuestro vínculo con la nación ibérica posee una profundidad que trasciende las coyunturas geopolíticas actuales. Ignorar esta relevancia es ignorar el ADN de nuestra propia existencia.
El vínculo con Estados Unidos: de la historia al futuro
Reconocemos y valoramos la importancia vital de nuestra relación con los Estados Unidos. Nuestra historia común es vasta y ha pasado por momentos de gran tensión, incluyendo las intervenciones de 1916 y 1965. Estas experiencias han madurado nuestro carácter nacional.
Auguramos una relación que sea cada día mejor, pero esa mejoría debe basarse en el reconocimiento mutuo. Una alianza sólida es aquella que permite al socio elegir sus puentes sin ser juzgado por su "temperatura" política. La verdadera calidez diplomática nace del respeto a la autonomía del otro.
Un llamado a la paz y al reconocimiento
Este artículo busca restablecer el reconocimiento de las partes. No pretendemos atender lo efímero que hiere, sino lo permanente que construye. Invitamos a que la palabra vuelva a ser un instrumento de armonía. La República Dominicana, como umbral de este nuevo mundo, merece el respeto de todos los pueblos americanos, pues fue por aquí donde la palabra comenzó a trazar el destino de un continente.
Que la prudencia guíe nuestras legaciones y que nuestra Constitución sea siempre la brújula que oriente nuestra presencia en el mundo.
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