Fue horrible. Iba conduciendo dentro de mi burbuja. No era solo un carro: era una cápsula de sentido. Un espacio mínimo donde todavía creía que el mundo obedecía ciertas reglas. Afuera, el caos habitual de las calles de Santo Domingo; adentro, la ficción del control. Avanzaba tenso, a la defensiva, como quien protege no su cuerpo, sino su relato.

Entré en una calle estrecha, ya cerca de mi destino. O eso creía. Era de una sola dirección, aunque la realidad —como siempre— había renegociado esa norma: vehículos mal aparcados ocupaban el lado izquierdo, reduciendo el paso a una grieta por donde apenas cabía mi certeza.

Entonces los vi. Un grupo de perros bloqueaba la esquina hacia la que debía girar. No era solo un obstáculo: era una presencia. Estaban echados sobre el asfalto con una tranquilidad que no era descuido, sino dominio. Como si no ocuparan la calle, sino que la definieran.

Toqué la bocina. Nadie se mueve cuando cree que el espacio le pertenece. Insistí. Nada.

Entonces avancé, con esa prudencia inútil con la que uno cree poder negociar con lo inevitable. Tratando de no herir, de no alterar el equilibrio precario de las cosas. Pero el sistema no necesita intención.

Una de las gomas pasó sobre la cola de uno de los perros. El grito fue inmediato. No era dolor solamente. Era señal. El ladrido activó algo más grande que el animal herido: una red. Una lógica. Una memoria compartida que no me incluía.

Me detuve. Abrí la puerta. Bajé. Aún creía que podía reparar o mitigar el daño. Aún creía en la responsabilidad individual dentro de un sistema que ya había decidido por mí.

Fue entonces cuando la burbuja se agrietó. Todos se lanzaron. No contra el carro. Contra mí. Contra la interrupción. Contra el error. Contra la ilusión de que había un afuera neutral.

Cerré la puerta de golpe. Intenté huir. Pero ya no conducía: escapaba. Doblé en la primera esquina, buscando una vía más amplia, como quien busca argumentos cuando ya todo está perdido. Pero los ladridos crecían. No disminuían: convocaban.

Más perros aparecían. Y también gatos. No porque fueran aliados naturales, sino porque el sistema del ataque no distingue especies cuando se trata de un enemigo común. La violencia, cuando se organiza, deja de ser biológica: se vuelve estructural.

Intenté acelerar. No pude. La ciudad no está diseñada para huir, sino para quedar atrapado en ella.

Entonces comenzaron a saltar sobre el carro. Primero fueron los golpes. Luego, las grietas. Después, la ruptura. Los cristales cedieron. La burbuja colapsó. Entraron. Grité. Pedí ayuda. Pero ya no había espectadores inocentes.

La multitud había mutado. No eran testigos: eran audiencia. Sacaban sus teléfonos. Ajustaban el encuadre. Reían. No porque no entendieran el horror, sino porque lo habían integrado como forma de consumo. El espectáculo había reemplazado a la empatía.

En medio de la escena vi a dos agentes de la DIGESETT. El Estado. O lo que quedaba de su representación. Sentí alivio. Fue reflejo, no pensamiento. Pero el alivio duró lo que tarda una ilusión en revelar su artificio. Ellos también rieron. Ellos también grabaron. El Estado no estaba ausente. Estaba presente como espectáculo. Como validación de que nada sería detenido.

Entonces comprendí: no había afuera.

Los animales me alcanzaron. Despedazaron el carro —los restos materiales de mi burbuja— y luego mi ropa, y luego mi cuerpo. Cada mordida era una corrección. Cada desgarradura, una forma de inscripción: el sistema escribiéndose sobre mí. No era castigo. Era incorporación.

Luego se detuvieron. Se alejaron. Satisfechos. No porque hubieran terminado, sino porque ya no había diferencia entre ellos y yo.

La multitud se acercó. No a auxiliar. A verificar. A registrar. A existir a través de la escena.

Mientras me desangraba, escuché a uno decir:

—Ya hice mi día… Este contenido se hará viral.

Contenido. Esa era la palabra final. No víctima. No error. No tragedia. Contenido.

Entonces, cuando todo parecía extinguirse, un ruido irrumpió: motores, bocinas, fricción, la respiración metálica de la ciudad. Abrí los ojos. Estaba en mi cama. Empapado en sudor. Mi cuerpo intacto. Mi burbuja reconstruida. Por ahora.

Entonces lo entendí: no había despertado de la pesadilla. Había regresado a ella. Porque la pesadilla no era el ataque. Era haber creído que existía una distancia segura entre el yo y el sistema. Era haber llamado realidad a la burbuja. Y normalidad… a su repetición.

César Cuello Nieto

Académico

Gestión de proyectos de investigacion científica y tecnológica; gestión de proyectos de desarrollo sostenible y socioambientales; educación ambiental; diagnósticos socioeconómicos y ambientales; estudio social de la ciencia y la tecnología; capacitación de grupos locales en diseño, administración y evaluación de proyectos; liderazgo y metodologías participativas; planificación estratégica y operativa; evaluación de impacto social y ambiental de políticas, programas y proyectos; transferencia de tecnología; políticas ambientales; evaluación y monitoreo de proyectos de desarrollo y ambientales; legislación ambiental; docencia universitaria; administración académica; diseño y ejecución de planes y programas educativos; asesoría de tesis; metodología y técnicas de investigación científica; gestión de la investigación; ética (ética, ciencia y tecnología; ética medioambiental; ética profesional; ética en los negocios; bioética); evaluación de programas académicos e instituciones de educación superior.

Ver más