En educación, el tiempo no es solo un número en el calendario ni un requisito administrativo. Es, en esencia, la materia prima del aprendizaje. Cada día de clases que no se cumple, cada hora que se pierde o se desaprovecha, representa una oportunidad que no vuelve.
Cuando esas pérdidas se acumulan, y se acumulan, y por razones muy diversas que no solo son por demandas sindicales, sino también ausentismo estudiantil y de maestros, capacitaciones, problemas en la infraestructura y reuniones que los órganos del ministerio realizan en horas de clase, no solo afectan a los estudiantes: afectan el desarrollo de toda la sociedad.
Diversos estudios coinciden en que el tiempo escolar es una condición básica para que ocurra el aprendizaje. Sin una exposición suficiente a la enseñanza, simplemente no hay posibilidad de consolidar conocimientos ni habilidades. Sin embargo, la evidencia también advierte que no basta con cumplir el calendario o alargar la jornada: lo decisivo es cómo se utiliza ese tiempo en el aula.
El estudio de Martín Nistal y Eugenia Orlicki (2024) “Tiempo en la escuela: evidencia y comparaciones” concluye que “la evidencia muestra que el tiempo en la escuela importa, ya que puede tener efectos en los aprendizajes, las trayectorias escolares, y otras variables socioeconómicas”. Ver Dias y tiempo escolar.
Señalan incluso que el tiempo escolar importa y que, habitualmente, más tiempo en la escuela es mejor, además, que la extensión del tiempo escolar, sea aumentando la cantidad de horas o de días puede tener efectos en la mejora de los aprendizajes, reducción de la repetición en grado o mejora en la asistencia futura en la escuela.
Otra manera en que el tiempo de la escuela afecta los aprendizajes tiene que ver con las debilidades propias de la gestión tanto institucional como pedagógica. Así la desorganización escolar, los programas extracurriculares que llegan a la escuela o las prácticas pedagógicas poco efectivas, impactaran negativamente en los mismos.
La investigación educativa es clara respecto a las consecuencias. El estudio “Ausentismo Escolar y Rendimiento Académico: ¿Importa la Razón de la Falta?” realizado por Markus Klein y Edward M. Sosu (2022) pone de relieve la relación entre un menor rendimiento académico y la pérdida de horas de clases.
Así, los estudiantes que presentan altas tasas de ausentismo aprenden menos, obtienen peores resultados en evaluaciones y tienen menores probabilidades de completar su trayectoria educativa. En otras palabras, el tiempo perdido se traduce directamente en aprendizaje perdido. Ver School Absenteeism and Academic Achievement: Does the Reason for Absence Matter?
El problema se magnifica cuando el propio sistema en su conjunto, tal y como hemos dicho, incumple el calendario o reduce el tiempo efectivo de enseñanza. La pérdida de las oportunidades de aprendizaje, también amplían las brechas entre los mismos estudiantes. Este efecto es especialmente grave en los sectores más vulnerables, donde la escuela suele ser el principal —y en muchos casos, el único— espacio de aprendizaje estructurado. Ver el estudio del 2023 realizado por Andrea Minea: “Ponerse al día con las oportunidades de aprendizaje: investigaciones y evidencia de políticas sobre estrategias: clave para recuperar el aprendizaje” en [one.oecd.org]
Los resultados antes señalados son corroborados por otro estudio “Comprendiendo las interrupciones en el aprendizaje virtual: causas y variaciones en el tiempo de instrucción perdido” de Xander Beberman y otros (2025) en el que además se señala: “el desafío no es únicamente cumplir el calendario, sino garantizar que ese tiempo sea realmente productivo”. Ver en [anatrindad….github.io]
Esta última evidencia es ratificada por Ernesto Colomo Magaña y otros su estudio “La influencia del tiempo escolar en el rendimiento académico: un estudio comparativo en sistemas educativos de Europa y Latinoamérica” en el que se precisa que la relación entre tiempo escolar y aprendizaje no es tan simple como podría parecer, pues no existe una conexión automática ni lineal entre más horas de clase y mejores resultados. Los investigadores encontraron que aumentar la cantidad de horas sin mejorar la calidad de la enseñanza puede tener efectos limitados o incluso nulos. Ver en [idus.us.es] [oecd.org]
Esto no debe interpretarse como una justificación para el incumplimiento del calendario escolar, más bien, refuerza la idea central de que “el tiempo es necesario, pero no suficiente”. Reducirlo siempre perjudica; aumentarlo solo ayuda si se utiliza bien. El estudio de Matthew A. Kraft y Sarah Novicoff “Tiempo en la escuela: un marco conceptual, síntesis de la investigación causal y exploración empírica” del 2024, indica que “el incremento del tiempo de instrucción puede tener efectos positivos en el rendimiento, aunque estos suelen ser de magnitud moderada y dependen del contexto y la calidad pedagógica”. Ver en Kraft Novicoff – Time In School – Feb 2024_1.pdf
El tema cobra otro matiz a partir de las conclusiones del estudio “Los impactos económicos de las pérdidas de aprendizaje” de Eric A. Hanushek y Ludger Woessmann del 2020 en que plantea que las pérdidas de aprendizaje pueden afectar los ingresos futuros de los individuos y el crecimiento económico de las naciones. En ese sentido, cada día de clase que no se imparte es también una pérdida de capital humano. Ver en Hanushek+Woessmann 2020 OECD Education Working Paper No. 225.pdf
Frente a esta realidad, la discusión pública no puede limitarse a exigir el cumplimiento formal del calendario escolar. Es necesario dar un paso más allá y preguntarse qué ocurre dentro de las aulas. ¿Se aprovecha el tiempo de manera efectiva? ¿Se priorizan las actividades que realmente generan aprendizaje? ¿Se reduce al mínimo el tiempo perdido en interrupciones y tareas no pedagógicas? ¿Tiene el maestro dominio de la planificación de clase y si la tiene, cumple en su gestión con ella?
El verdadero desafío es doble: garantizar que el calendario y el horario escolar se cumplan, y asegurar que el tiempo disponible se utilice con calidad y esto implica mejorar la gestión educativa, fortalecer las prácticas pedagógicas y generar condiciones que favorezcan la continuidad del proceso de enseñanza-aprendizaje.
Y es que al final, el tiempo en la escuela no es solo tiempo. Es aprendizaje, es oportunidad, es futuro. Y ese es un recurso que ningún país puede darse el lujo de desperdiciar.
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