La historia de los partidos políticos que han ocupado una posición dominante en el sistema político dominicano nos muestra que dichas entidades no se sustraen a las tendencias a la fragmentación, propias de una sociedad que tiende a privilegiar los intereses grupales y las apetencias individuales más que los proyectos colectivos.
Anteriormente, en medio de ese tipo de situaciones, los líderes históricos jugaron el papel de diques de contención frente a las luchas internas, cada uno de acuerdo con el tipo de liderazgo y las herramientas de que disponía para lograr la unidad partidaria.
En el caso del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), Joaquín Balaguer representaba un liderazgo fuerte y autoritario que concentraba todo el poder partidario, siguiendo la tradición conservadora de la cual procedía. Dentro de esa organización no existían organismos o grupos de dirigentes que pudieran torcer una decisión tomada por el caudillo.
Juan Bosch encarnó un liderazgo centrado en el prestigio de su figura y en el hecho de que el partido estaba hecho a la imagen y semejanza de su visión política, y que estaba cohesionado por el estudio de su pensamiento. Es evidente que la configuración como organización de cuadros del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) contribuía a diluir las tendencias centrífugas que pudiesen anidar en su seno.
Por el contrario, el liderazgo de José Francisco Peña Gómez siempre tuvo que enfrentarse a la convivencia entre grupos con intereses propios a lo interno del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), erróneamente llamados tendencias, porque eran verdaderos partidos dentro del partido. Peña Gómez fue el árbitro y mediador, cuando no también fue parte de las luchas internas, encabezando una fracción propia, recordemos el escenario que lo enfrentó a Jacobo Majluta, de cual surgieron el Bloque Institucional Socialdemócrata (BIS) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Este ADN fraccional perredeísta ha sido heredado por el PRM y constituye uno de los retos más importantes de esta organización para mantenerse en el gobierno.
En la Asamblea Nacional de Delegados, realizada el pasado domingo 9 de agosto, el PRM logró resolver lo relacionado con la elección de su nueva dirección nacional, después de un proceso de búsqueda de acuerdos. Esta era una de las incógnitas de cara al proceso electoral de 2028 que marcaría positiva o negativamente las posibilidades de esa organización de continuar gobernando.
No obstante, es oportuno precisar algunas cuestiones alrededor de este tema y sus implicaciones para la propia organización y el sistema político dominicano.
En primer lugar, colocar a Luis Abinader, presidente de la República, como presidente del partido lo coloca en la misma línea de los partidos dominantes, en la cual el mayor liderazgo de la organización lo ocupa quien haya sido o sea actualmente el presidente del país. De una u otra forma, se busca transferir la autoridad de quien ocupa el Poder Ejecutivo para lidiar con la complicada situación interna, de cara a las elecciones del 2028. Una de las posibles consecuencias de esta decisión es que se establece un nexo indisoluble entre las ejecutorias del gobierno y las acciones del partido, de forma tal que los errores y aciertos de uno se traspasarán al otro con suma facilidad.
En segundo lugar, esta decisión establece, sin lugar a dudas, una relación gobierno/partido oficial, en la cual el primero juega el papel dirigente. En el caso del ciclo político peledeísta, el partido gobernante tenía una clara hegemonía política sobre el gobierno, a través de un Comité Político que establecía el rumbo fundamental del gobierno y donde se consensuaban las políticas entre las diversas fracciones partidarias. Por el contrario, en el caso del modelo actual, el gobierno siempre ha tenido una real autoridad sobre el partido; eso se ratifica y fortalece con la asunción de la presidencia del partido por parte del presidente de la República. Parecería que más que una estructura independiente, el PRM llega a ser un aparato estatal de los existentes; la separación entre uno y otro aparece como meramente formal.
Recordemos que en los gobiernos del PRD (1978-1986), el partido, encabezado por Peña Gómez, en sentido general, poseía una relativa independencia de los gobiernos perredeístas; una veces estaba cerca de ellos, pero otras veces se distanciaba.
El tercer aspecto que llama la atención es que este proceso interno del PRM se realizó, más que como una búsqueda de consenso, como un reparto (ver la edición digital del periódico El Caribe del lunes 10 de agosto) de las posiciones, en el cual, más que discutir y acordar puntos comunes en relación a un proyecto estratégico o a un programa de gobierno, se centró en la repartición de posiciones entre los diferentes grupos internos, lo que se podría llamar una aritmética para distribuir los espacios de poder entre las diversas fracciones partidarias.
La discusión de planes estratégicos y de políticas de gobierno entre las diversas instancias de una organización aporta consenso y fortalece la cohesión interna, mientras que la repartición de posiciones de dirección proporciona un equilibrio temporal. En este sentido, la elección de la dirección perremeísta podría no ser el desenlace, sino el comienzo de un proceso que se pondría a prueba cuando llegue el momento de definir las candidaturas, sobre todo la presidencial.
El caso de las candidaturas para posiciones de elección mediante el voto ciudadano es mucho más complejo que lo realizado hasta ahora. El quid del asunto es la definición de la candidatura presidencial, que no se puede dividir por cuotas, sino que es una sola; ahí las matemáticas del reparto cambian completamente. El proceso realizado hasta ahora resultó exitoso para distribuir cuotas de poder a lo interno, pero es más complicado aplicar este criterio para definir quién encabezará la boleta presidencial.
Superada esta primera prueba, con los señalamientos de lugar, la pregunta obligada es si el cálculo político que estuvo en la base de las decisiones que se adoptaron el pasado domingo pasarán la prueba de la definición de la candidatura presidencial.
Ese es el reto que les espera.
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