Se nos cayó el techo.

Se nos cayó, y no hubo reparo al daño.

Nos dejaron vulnerables,

con la sien expuesta

y la comisura de los labios a medio besar,

a medio aliento.

Se nos cayó el techo.

Se nos cayó a media velada,

con música y corpiños puestos,

con los mejores polvos y peinados,

con lo mejor de todo…

excepto el techo.

¿Se nos cayó el techo?

¿O se lo llevaron?

No es claro el panorama desde arriba.

El tiempo siguió su cauce,

el duelo cívico menguó

y la impotencia cambió papeles con la indiferencia.

Se monetizó el silencio,

se ocultó la nostalgia

y se sacó a pasear a la ceguera.

Pasamos semanas cuantificando

heridas, lágrimas, sangre.

Contando lo incontable.

Rogándole a Cronos que pise,

apretuje o muerda el tiempo.

Que haga lo que fuere,

pero que haga.

Hubiésemos preferido una bala perdida,

un sicario con metralleta,

un demente sin fortuna.

Cualquier cosa…

menos el techo.

Nos arrebataron el techo.

Nos dejaron desnudos

y nos pidieron compasión.

El colectivo vio y sintió,

y no fue suficiente.

Quedaron 236 almas a la deriva,

a la espera de que pusieran el techo

y todo fuera un sueño.

Pero no hubo despertador.

No vino el Estado,

ni llegó la justicia,

ni se sostuvo la memoria.

Solo quedó el eco,

un eco con nombre, con sangre,

un eco que grita desde el suelo:

"No se cayó el techo. Lo arrancaron."

EN ESTA NOTA

Galmary Santos Montero

Estudiante

Escritora emergente y estudiante de Biología orientada a la educación secundaria en el Instituto de Formación Docente Salomé Ureña, en República Dominicana. Le interesa cuestionar lo que se da por hecho y poner en palabras lo que muchos prefieren callar. Considera que aquello que genera incomodidad es, precisamente, lo que merece ser enaltecido. profegalmarysantomontero@gmail.com

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