Durante casi medio siglo, una cifra organizó buena parte de lo que creíamos saber sobre la fecundidad: dos hijos. Cuando se preguntaba a las mujeres de países ricos, y también de muchas sociedades de ingreso medio, cuántos hijos les gustaría tener idealmente, la respuesta se mantenía cerca o por encima de 2,1 o 2,2. Era una cifra suficientemente próxima al nivel de reemplazo como para tranquilizar a demógrafos y responsables de política pública.
De esa respuesta nació una interpretación poderosa. Si las personas decían que querían alrededor de dos hijos, pero terminaban teniendo menos, entonces la baja fecundidad podía entenderse como un problema de deseos frustrados. La tarea de la política no era convencer a nadie de tener hijos, sino remover obstáculos: guarderías, licencias parentales, vivienda, empleo compatible con el cuidado, igualdad de género. Era un marco cómodo y éticamente atractivo: ayudar a las personas a realizar la familia que decían querer.
Pero ese marco empieza a mostrar grietas.
La vieja ancla
En 2014, los demógrafos Tomáš Sobotka y Éva Beaujouan publicaron un estudio que se convirtió en referencia obligada. Analizaron 168 encuestas en 37 países europeos durante tres décadas y encontraron una notable persistencia del ideal de dos hijos. Ese ideal parecía haber sobrevivido a cambios enormes: la caída del socialismo de Estado, el aumento de la educación femenina, la expansión del empleo de las mujeres, la secularización, los nuevos arreglos familiares y la Gran Recesión.
El mensaje era claro: las sociedades cambiaban, pero el ideal de familia de dos hijos seguía ahí. La fecundidad caía no porque las personas hubieran dejado de querer hijos, sino porque les resultaba más difícil tenerlos.
Algo similar se observó en Estados Unidos. Karen Benjamin Guzzo y Sarah Hayford mostraron que mujeres nacidas a fines de los años noventa declaraban querer prácticamente el mismo número de hijos que mujeres nacidas en los años sesenta cuando tenían la misma edad. Otra vez, la historia parecía ser la misma: deseos estables, barreras crecientes, nacimientos a la baja.
El problema es que la evidencia más reciente ya no encaja del todo con esa historia.
La grieta no está donde esperábamos
Lo nuevo no es simplemente que todos quieran un poco menos. El patrón parece más sutil. Entre quienes sí quieren tener hijos, el número preferido muchas veces sigue estando cerca de dos. Lo que parece cambiar es la proporción de personas, sobre todo jóvenes, que ya no desean tener hijos en absoluto.
Finlandia ofrece uno de los ejemplos más claros. Su fecundidad total cayó de 1,87 hijos por mujer en 2010 a 1,32 en 2022, a pesar de contar con políticas familiares generosas, alta participación laboral femenina y elevados niveles de igualdad de género. Esto no significa que las políticas no importen, sino que la explicación tradicional de "faltan mejores políticas" ya no basta.
Kateryna Savelieva, Markus Jokela y Anna Rotkirch encontraron que el tamaño ideal de familia había descendido en las generaciones jóvenes finlandesas. Pero lo más importante fue dónde se produjo el cambio: no tanto entre quienes querían hijos, sino en el aumento de quienes declaraban no querer ninguno. En otras palabras, el ideal de dos hijos no se estaba reduciendo de manera uniforme hacia 1,8. Más bien, una minoría creciente estaba saliendo antes del sistema reproductivo, en la etapa misma en que se forman las preferencias.
La evidencia de Estados Unidos va en una dirección parecida, aunque menos nítida. Caroline Sten Hartnett y Alison Gemmill encontraron una caída modesta en el número de hijos previstos, junto con un aumento en las intenciones de no tener hijos. Estudios recientes en Europa también muestran señales de descenso en el tamaño familiar deseado entre mujeres jóvenes en varios países.
La conclusión prudente sería esta: donde la evidencia es más clara, el cambio parece concentrarse menos en cuántos hijos quieren quienes desean ser padres, y más en si la maternidad o la paternidad son deseadas en absoluto.
América Latina también está entrando en esta conversación, aunque con menos datos sobre preferencias. Uruguay pasó de una fecundidad cercana a dos hijos por mujer a 1,27 en solo siete años. Chile ha experimentado una caída igualmente acelerada. La región se movió tan rápido hacia la baja fecundidad que todavía no hemos medido bien si las aspiraciones familiares cambiaron al mismo ritmo que los nacimientos.
El problema de medir un deseo
Parte del debate se debe a que no todas las preguntas miden lo mismo. No es igual preguntar por el "número ideal de hijos" que por el número "esperado", "planeado" o "realista". Las preguntas más abstractas conservan por más tiempo la respuesta socialmente reconocible: dos hijos. Las preguntas más cercanas a la vida concreta tienden a mostrar antes el cambio.
Por eso, el viejo número puede funcionar como una especie de fantasma estadístico. "Dos hijos" sigue siendo una respuesta disponible, heredada, culturalmente legible. Pero no siempre equivale a un deseo activo, capaz de orientar decisiones reales.
Nuevas formas de medición apuntan en la misma dirección. Un estudio publicado en PNAS en 2024, realizado en ocho países de baja fecundidad, pidió a los encuestados evaluar situaciones familiares completas, no solo decir cuántos hijos eran ideales. Cuando la familia se presentaba con más dimensiones (ingresos, relación de pareja, apoyo de abuelos, comunicación, comunidad) las personas no siempre valoraban más las familias con varios hijos que las familias con un solo hijo. Esto sugiere que la pregunta clásica sobre el número ideal puede exagerar la fuerza real del ideal de dos hijos.
Los deseos no flotan en el vacío
Durante mucho tiempo, la demografía trató las preferencias reproductivas como si fueran hechos internos y estables. La encuesta preguntaba, la persona respondía y la respuesta se interpretaba como una preferencia ya formada.
Pero los deseos también se producen. Se forman en un entorno cultural, institucional, económico y narrativo. Las personas deciden bajo incertidumbre: no saben si tendrán una pareja estable, si podrán pagar una vivienda, si su empleo será seguro o si el futuro parece un lugar razonable para criar hijos.
La demógrafa Daniele Vignoli y sus colegas han insistido en esta idea a través del llamado "marco narrativo". Según esta perspectiva, las decisiones reproductivas dependen de las historias que las personas tienen o perciben sobre el futuro. Esas historias vienen de la familia, los amigos, los medios, las instituciones y el clima cultural de la época.
En un experimento realizado en Florencia y Oslo, el equipo de Vignoli mostró que exponer a las personas a relatos económicos positivos o negativos sobre el futuro modificaba sus intenciones de fecundidad en tiempo real. Eso importa porque sugiere que el deseo de tener hijos no es simplemente algo que se descubre en una encuesta. Es algo que se forma en relación con la manera en que el futuro se vuelve imaginable.
La aspiración fantasma
A una parte de este fenómeno la llamo "aspiración fantasma". Es la persistencia del "dos hijos" como guion de vida heredado, más que como deseo activo.
Imaginemos a una mujer joven que responde que idealmente le gustaría tener dos hijos algún día. La respuesta puede ser sincera. Pero quizá no existe una trayectoria real que haga probable esa maternidad: no hay pareja estable, no hay vivienda posible, no hay modelos cercanos de crianza, no hay relatos del futuro en los que tener hijos parezca deseable o coherente. Aun así, cuando llega la pregunta, "dos hijos" aparece como la gramática heredada de una vida normal.
La maternidad está lo suficientemente presente como para aparecer en la encuesta, pero demasiado ausente como para traducirse en comportamiento. Eso es lo que muchas veces llamamos "brecha entre deseos y fecundidad". Pero tal vez, en algunos casos, no sea una brecha entre deseo y obstáculo, sino entre una aspiración fantasma y las condiciones que la habrían vuelto real.
Ese fantasma podría estar empezando a irse. Las nuevas generaciones crecieron en sociedades donde las familias pequeñas son normales, donde hay menos hermanos y primos, donde la vida sin hijos es más visible y donde la maternidad y la paternidad ya no aparecen como destino automático. En ese sentido, puede estar cumpliéndose una versión de la vieja hipótesis de la "trampa de baja fecundidad": vivir durante mucho tiempo en sociedades de pocos hijos termina reduciendo también los ideales de quienes crecen en ellas.
Lo que está desapareciendo quizá no sea solo el deseo de tener hijos, sino la respuesta automática. El genio sigue preguntando cuál es el deseo, pero las nuevas generaciones parecen sentirse menos obligadas a pedir el viejo deseo. Algunas pueden responder, por primera vez con más libertad, que no lo quieren.
¿Y qué pasa en el país? En República Dominicana, hasta 1996, la fecundidad real e ideal estaban bastante alineadas. Desde 1999 en adelante, el ideal comienza a quedar por encima de la fecundidad observada. Esto sugiere una posible aparición de fecundidad no realizada: las mujeres declaran un ideal cercano a tres hijos, pero terminan teniendo menos. Por lo tanto, el ideal de hijos descendió, sí, pero lentamente. Esto indica que durante este período el país se movió hacia familias más pequeñas antes de que el imaginario reproductivo cambiara completamente. Es decir, aún está presente, hasta el 2013 al menos, esa aspiración fantasma de la que hablamos antes.
Lamentablemente, no contamos con encuestas como la ENDESA que midan estos indicadores. Esto significa que carecemos de visibilidad en un momento en el que la demografía dominicana requiere, más que nunca, entender cómo el país está viviendo la transición hacia una fecundidad por debajo del nivel de reemplazo.
Por qué importa
Esto no vuelve irrelevante las políticas familiares. Al contrario: guarderías, licencias, vivienda, horarios compatibles, igualdad de género y seguridad económica siguen siendo indispensables para quienes quieren tener hijos. También son parte de las condiciones que hacen que la maternidad y la paternidad sean posibles, justas e imaginables.
Pero ya no alcanzan para explicar por completo la muy baja fecundidad. Si los deseos mismos están cambiando, entonces la pregunta no puede ser solo por qué las personas no logran tener los hijos que quieren. También debemos preguntarnos por qué menos personas llegan a querer hijos, y por qué la maternidad o la paternidad dejan de convertirse en aspiraciones activas.
Esa pregunta es incómoda. No debe responderse con nostalgia ni con coerción, como si fuera posible restaurar el molde familiar del siglo XX. La historia de las políticas reproductivas nos obliga a ser extremadamente cuidadosos ante cualquier intento de moldear deseos.
Pero evitar la pregunta no la hace desaparecer.
Si los deseos se producen, ¿qué los produce? ¿Qué relaciones, instituciones, relatos y condiciones materiales hacen que tener hijos parezca posible y deseable? ¿Qué lo vuelve imposible, irrelevante o ajeno? Y, sobre todo, ¿cómo podemos pensar estas preguntas sin dañar la infraestructura de derechos de las mujeres que tanto costó construir?
El viejo ancla está cediendo. Y con ella, todo el marco que alguna vez mantuvo firme nuestra comprensión de la fecundidad empieza a moverse.
¿Hacia dónde iremos? ¿Hacia dónde irá el país? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que, si no hacemos encuestas serias, comparables y oportunas, seguiremos sin saberlo. Y entonces la historia nos pasará por encima: desprovistos de conocimiento, sin capacidad de anticipación y con muy pocas herramientas para actuar.
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