Hablar hoy de una “tendencia” en el arte contemporáneo dominicano es aceptar, de entrada, una paradoja: convivimos entre una producción cada vez más visible y una reflexión crítica que aún llega tarde o llega con miedo. Hay obra, hay imagen, hay circulación; lo que a veces falta es fricción intelectual. En ese contexto, nombrar lo que está pasando no es un ejercicio académico sino un gesto político.
Durante los últimos años se ha consolidado una estética reconocible —cómodamente reconocible— que gira en torno al retorno simbólico a lo identitario, al uso reiterado de referentes afrocaribeños, taínos, populares y rituales, envueltos en una fuerte carga sensorial. Algunos la han llamado “arte neoétnico”, otros, con más lirismo que precisión, han querido ver un “neorromanticismo caribeño”. Desde mi perspectiva, ambas etiquetas se quedan cortas, y en ciertos casos funcionan más como estrategias de mercado que como categorías críticas reales.
Lo que estamos viendo no es un regreso al pasado, sino una instrumentalización contemporánea del pasado. El símbolo no aparece como archivo ni como estudio antropológico, sino como gesto visual potente: el cuerpo negro, el tambor, la máscara, el rito, la tierra, el trance. Todo entra en escena no para ser explicado, sino para ser sentido. Es una estética que privilegia la experiencia inmediata, el impacto visual y la identificación emocional antes que la complejidad conceptual. A esto prefiero llamarlo identitarismo sensorial contemporáneo.
El arte institucional: identidad con certificado
En el ámbito institucional —museos oficiales, bienales, programas estatales, grandes centros culturales— esta tendencia se manifiesta de manera pulida, controlada y, muchas veces, neutralizada. Aquí la identidad funciona como discurso de consenso, no como conflicto.
En las artes plásticas, vemos artistas cuya obra ha logrado insertarse con éxito en el circuito institucional precisamente porque maneja los códigos identitarios de forma elegante y legible. Hay uso de símbolos afro y taínos, referencias a lo popular, cuerpos racializados, pero todo cuidadosamente enmarcado en narrativas de “rescate cultural”, “memoria” o “celebración de la diversidad”.
No se trata de negar el valor estético o técnico de estas propuestas —muchas son sólidas y necesarias—, sino de señalar que el conflicto suele aparecer amortiguado. La obra dialoga con el poder cultural sin incomodarlo demasiado. La identidad se vuelve patrimonio, y el patrimonio rara vez grita.
En la música pasa algo similar. Artistas como Vicente García, Rita Indiana (en su etapa más institucionalizada) o ciertos proyectos de fusión afrocaribeña han logrado posicionar una dominicanidad “exportable”, reconocible y digerible para festivales, playlists globales y políticas culturales. La raíz está ahí, pero estilizada, pulida, casi curada para el consumo internacional.
No es un pecado. Es una estrategia. Pero no es donde tiembla el suelo.
Lo emergente: búsqueda, intuición y riesgo desigual
En el terreno emergente la cosa se vuelve más interesante y más caótica. Aquí la identidad no siempre está clara, ni bien resuelta, ni del todo pensada, pero está viva. Se experimenta con materiales, con lenguajes híbridos, con performance, con sonido, con cuerpo y con precariedad.
En la plástica emergente dominicana hay jóvenes artistas que utilizan símbolos ancestrales sin pedir permiso a la academia, mezclándolos con cultura pop, con estéticas digitales, con violencia urbana, con ironía. A veces el resultado es desigual, a veces excesivo, pero ahí aparece algo clave: la identidad como pregunta, no como respuesta.
En la música, el dembow alternativo, el rap local, el spoken word y ciertas corrientes del experimental caribeño funcionan como laboratorios identitarios. Proyectos que no buscan “representar” al país, sino habitarlo críticamente. Aquí la raíz no se embellece: se retuerce, se exagera, se politiza o se vuelve ruido.
Este campo es inestable, y precisamente por eso fértil. No todo lo emergente es bueno, pero casi todo lo interesante empieza ahí.
Lo verdaderamente incómodo: cuando el símbolo sangra
Y luego está lo que realmente importa: el arte que incomoda. Ese que no cabe fácilmente en la institución, que no siempre es celebrado, que genera silencios, rechazos o lecturas defensivas.
Aquí el símbolo deja de ser decorativo y se vuelve herida. La identidad no aparece como orgullo, sino como carga, como conflicto racial, de clase, de género, de territorio. El cuerpo ya no es emblema, sino campo de batalla.
En la plástica, este tipo de trabajo suele aparecer en performances no documentados, en instalaciones efímeras, en obras que incomodan al espectador porque no ofrecen belleza inmediata ni discurso tranquilizador. Son propuestas que cuestionan la folklorización de lo afro, la romantización de lo taíno, el uso superficial de la espiritualidad caribeña.
En la música, lo incómodo aparece cuando el sonido deja de ser “representativo” y se vuelve agresivo, político o incómodamente honesto. Letras que hablan de violencia estructural, de racismo internalizado, de precariedad, de cuerpo y deseo sin filtro. No es música para actos oficiales. Es música para espacios donde el país se reconoce sin maquillaje.
El problema central: símbolo vs pensamiento
El gran riesgo de la tendencia actual no es el uso de lo identitario, sino su automatización. Cuando el símbolo se repite sin pensamiento crítico, se convierte en fórmula. Y cuando se convierte en fórmula, el mercado lo agradece… y el arte se debilita.
No todo lo que parece dominicano está pensando lo dominicano. No todo lo afro es político. No todo lo ritual es profundo. A veces solo estamos frente a una estética eficaz, bien producida, pero conceptualmente cómoda.
Una apuesta necesaria
El arte contemporáneo dominicano está en un momento clave. Tiene visibilidad, tiene lenguajes propios y tiene una identidad potente. Lo que necesita ahora es radicalizar su pensamiento, no su iconografía.
Menos símbolo bonito.
Más conflicto real.
Menos identidad como marca.
Más identidad como problema.
Porque cuando el arte deja de tranquilizar y empieza a incomodar, deja de ser decoración cultural y se convierte en lo que siempre debió ser: una forma de pensar el país desde la herida, no desde el souvenir.
Y ahí, Robert, es donde de verdad empieza la historia.
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