Hay una forma ingenua de contar la historia: como una sucesión de inventos, guerras, cifras económicas y dominios imperiales. Y hay otra, mucho más incómoda, que insiste en que el motor último de la historia no es el hambre y la necesidad, sino el orgullo. No la necesidad de sobrevivir, sino la exigencia de ser visto, ser contado, ser reconocido e incluso temido.
Esa segunda forma de narrar la historia es la que propone Hegel y es también la que, dos siglos después, Francis Fukuyama rescata para anunciar —con escándalo y cientos de malentendidos— el llamado fin de la Historia.
La concepción. Hegel parte de una intuición devastadora: el ser humano no se basta a sí mismo. La autoconciencia no nace en el silencio de la introspección, sino en el espejo que ofrece otro ser humano. No soy plenamente “yo” hasta que otro no me reconozca como tal. El reconocimiento no es un adorno moral: es una condición ontológica que trastorna las épocas históricas. Sin él, la identidad queda incompleta, suspendida, casi irreal.
Pero esa necesidad encierra una trampa. Si necesito al otro para afirmarme, y el otro me necesita del mismo modo, el encuentro no es armonioso. Es conflictivo. Así emerge la célebre lucha por el reconocimiento, el momento inaugural de la historia humana según Hegel. Éste –aun cuando no lo reconoce– sigue en este punto a san Agustín de Hipona y su olvidada Ciudad de Dios, en la que se advierte el surgimiento de la historia humana tras el primer derramamiento de sangre escenificdo, no por bestias, sino por seres humanos.
Esa lucha no es un desacuerdo civilizado. Es una confrontación radical en la que cada conciencia exige ser reconocida como superiora, como independiente, como libre, como gestora de cultura. Y, puesto que la libertad se prueba en la disposición a arriesgar la vida, la lucha es, en su origen, una lucha a muerte. Quien retrocede ante el miedo se somete. Quien persiste se convierte en amo.
Así nace la famosa dialéctica del amo y el esclavo, modelo original de lo que escenificarán posteriormente a nivel objetivo, no subjetivo, los más diversos estados hegemónicos.
El desenlace. A primera vista, el desenlace parece claro: el amo vence. Recibe obediencia, reconocimiento, privilegios. El esclavo trabaja, obedece, calla. Sin embargo, Hegel introduce aquí una torsión magistral. El reconocimiento que recibe el amo es defectuoso, porque proviene de alguien que no es libre. El esclavo reconoce por temor, no por autonomía. Es un reconocimiento vacío, teatral, sin sustancia.
El esclavo, en cambio, transforma el mundo con su trabajo. Al hacerlo, se transforma a sí mismo. Aprende disciplina, demora, técnica. Gana una relación activa con la realidad. El amo, mientras tanto, se vuelve dependiente, improductivo, frágil. La paradoja es cruel: quien parecía libre no lo es; quien parecía sometido comienza a serlo. La lección hegeliana es clara y profundamente subversiva: no hay libertad sin reconocimiento entre iguales.
Estamos de vuelta, en cierto sentido, al devenir de Heráclito. Pero enriquecido y constituído en la civilización que conserva su fluir siempre limitado por el tiempo y el subsecuente reconocimiento generación tras generación.
III. La historia humana. Desde dicho punto de vista, la historia universal puede leerse como una lenta y dolorosa expansión del reconocimiento. Durante siglos, solo unos pocos fueron reconocidos como plenamente humanos: guerreros, nobles, ciudadanos, propietarios. El resto —esclavos, siervos, mujeres, extranjeros— quedaba fuera.
Cada revolución, cada movimiento emancipatorio, cada sacudida social no es sino una exigencia: ¡reconócenos! No como objetos útiles, sino como sujetos libres. Es aquí donde entra en escena Francis Fukuyama. A finales del siglo XX, tras la caída del bloque soviético, Fukuyama retoma explícitamente a Hegel —vía Kojève— para formular una tesis provocadora: la democracia liberal representa el punto en el que la lucha por el reconocimiento se satisface de forma universal. No promete heroísmo, ni grandeza épica, ni gloria inmortal. Promete algo más modesto y más profundo: dignidad jurídica y política para todos.
Fukuyama llama a este impulso “Thymos” (o “Thumos”), el deseo de ser reconocido como valioso. Mientras existan sociedades que nieguen ese reconocimiento, la historia seguirá produciendo conflictos ideológicos. Pero cuando un orden político reconoce a todos como ciudadanos iguales ante la ley, la gran lucha histórica —no los acontecimientos, sino su motor— se agota. A eso llama Fukuyama el fin de la Historia.
La tesis fue malinterpretada como triunfalismo ingenuo. Pero leída con atención, contiene una advertencia silenciosa. El reconocimiento puede ser formal y, aun así, fallido. Puede volverse burocrático, abstracto, humillante. Cuando la promesa de igualdad se vacía, el deseo de reconocimiento regresa con fuerza —no ya como lucha por derechos universales, sino como reivindicación identitaria, resentida, a veces violenta.
Hegel ya lo sabía: la historia no elimina el conflicto; lo refina. Cuando el reconocimiento no es real, sino simulado, la herida permanece abierta. Tal vez por eso Hegel sigue incomodando. Porque nos recuerda que el verdadero drama histórico no es quién produce más, sino quién es visto como alguien poderoso. Esto nos obliga a aceptar una verdad incómoda: mientras haya seres humanos que no se sientan reconocidos como libres y dignos, la historia —por muy moderna que se crea— no habrá terminado.
Epílogo. Cuando el reconocimiento se fractura es el momento en el que la tesis de Fukuyama comienza a crujir, no tanto por ingenua, como por incompleta. El problema no es haber entendido mal a Hegel, sino haberlo entendido demasiado bien y, a la vez, demasiado pronto.
Hegel jamás sostuvo que el reconocimiento pudiera estabilizarse de una vez y para siempre. Al contrario: el reconocimiento es una relación viva, conflictiva, expuesta al deterioro. No basta con inscribirlo en una constitución o garantizarlo mediante derechos formales. El reconocimiento debe experimentarse como real, no como una abstracción legal. Ha de ser ganado por cada generación histórica. Y es precisamente aquí donde el mundo posterior al “fin de la Historia” muestra sus fisuras.
Las democracias liberales reconocen jurídicamente a todos, pero no reconocen existencialmente a todos. Reconocen al ciudadano, pero no siempre a la persona concreta, singular. Reconocen derechos, pero no necesariamente valor. Reconocen igualdad, pero producen jerarquías simbólicas, económicas y culturales cada vez más visibles y estructuradas. El resultado es una paradoja hegeliana contemporánea: sociedades formalmente igualitarias pobladas por individuos que no se sienten reconocidos.
Desde esa grieta emerge lo que Fukuyama subestimó: el retorno del Thymos en formas deformadas. Nacionalismos, populismos, políticas identitarias, resentimientos colectivos. No son simples errores del sistema ni meras manipulaciones ideológicas. Son síntomas de un reconocimiento fallido. Cuando el individuo y sus respectivos grupos de convivencia y relaciones no se sienten vistos como dignos, buscan reconocimiento en la pertenencia: a una nación, a una etnia, a un género, a una causa o creencia. La igualdad abstracta ya no basta; se exige singularidad afirmada. Eso es lo que, con razón, vuelve a aparecer, tras el indiscutible fin del penúltimo de los capítulos ya vividos de la historia universal.
Desde un punto de vista hegeliano estricto, esto no es una anomalía, sino una consecuencia lógica. El reconocimiento que no pasa por una relación viva entre iguales degenera en formalismo. Y el formalismo, lejos de pacificar, acumula tensión y conflictos históricos. Por eso la historia no “terminó”, sino que cambió de escenario. La lucha ya no se da entre grandes ideologías universales, sino entre y dentro de las propias sociedades que creyeron haberla superado. Ya no es una lucha por ser reconocido como ciudadano —eso está dado—, sino por ser reconocido como alguien cuya vida cuenta, cuya voz importa, cuya existencia no es intercambiable.
Hegel habría visto en esto no un fracaso accidental, sino una confirmación de su tesis más profunda: el reconocimiento no es un estado, sino un proceso. Y todo proceso histórico que se declara concluido comienza, inevitablemente, a producir sus propias negaciones. Tal vez el error de Fukuyama no fue anunciar el fin de la Historia, sino creer que el reconocimiento podía clausurarse sin resto. Hegel, más lúcido y más cruel, nos habría recordado que mientras haya seres humanos que se sientan invisibles, humillados o superfluos, la historia seguirá encontrando la manera de volver. No como tragedia épica, quizás, pero sí como malestar persistente y sempiterno entre naciones e individuos desiguales en su condición de desconocidos hostiles.
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