La universidad a bolinas
Vivimos una época en la que las transformaciones tecnológicas, económicas y culturales obligan a replantear el sentido de instituciones que durante siglos sirvieron para transmitir conocimientos, formar profesionales y orientar la vida pública.
La universidad dominicana no escapa a ese proceso.
Más aún: enfrenta el desafío adicional de no haber completado todavía la transición hacia un modelo sustentado en la investigación, la innovación y la producción de conocimiento.La amenaza de la fábrica de títulos
En ese contexto, resulta pertinente recuperar las reflexiones de José Ortega y Gasset en Misión de la Universidad (1930). Aunque escrita hace casi un siglo, la obra conserva una sorprendente actualidad.
Ortega y Gasset advertía que la universidad podía degradarse hasta convertirse en una simple maquinaria de formación profesional, digamos con sentido criollo: una fábrica de títulos académicos, olvidando su misión cultural y ciudadana.
¡Dicho y hecho! La advertencia sigue siendo válida.
Paradoja del sistema dominicano
Durante las últimas décadas, el sistema universitario dominicano experimentó una expansión significativa.
Aumentaron las matrículas, se ampliaron las oportunidades de acceso y miles de familias encontraron en la educación superior un vehículo de movilidad social.
Desde el punto de vista de la democratización educativa, se trata de un logro indiscutible.
Pero el crecimiento cuantitativo no siempre estuvo acompañado por una mejora equivalente de la calidad académica, la investigación científica o la formación intelectual.
El resultado actual es una paradoja difícil de ignorar: el país posee hoy más graduados universitarios que nunca, pero persisten dudas razonables sobre la capacidad del sistema para formar ciudadanos críticos, generar conocimiento relevante y contribuir de manera decisiva al desarrollo nacional y a la inserción y contribución del dominicano a la problemática contemporánea del quehacer científico y social.
Cultura y el riesgo del ‘sabio ignorante’
Como ha de saberse, para el castizo pensador español, la función esencial de la universidad consistía en transmitir cultura.
Cultura, es decir, nada que ver con la simple acumulación de datos, sino como el conjunto de ideas y marcos de comprensión que permiten orientarse en el mundo y entender la propia circunstancia histórica.
¿Qué acontece cuando la especialización desplaza esa misión?
Aparece la figura del “sabio ignorante”: un profesional competente en su área de titulación, pero incapaz de comprender las dimensiones sociales, éticas, históricas o políticas de los problemas que enfrenta.
De ahí el problema.
Universidad y democracia
La función universitaria no puede reducirse a la formación profesional y ni siquiera a la transmisión cultural. En las sociedades democráticas contemporáneas desempeña una responsabilidad adicional de enorme relevancia: contribuye a la construcción de un espacio público sustentado en la argumentación racional y la deliberación informada.
En ese punto resulta pertinente incorporar las reflexiones de Jürgen Habermas.
El filósofo alemán sostuvo que las democracias modernas dependen de la existencia de instituciones capaces de promover el debate informado, el intercambio crítico de ideas y la deliberación sobre los asuntos colectivos.
Desde esa perspectiva, la universidad no constituye únicamente un lugar donde se adquieren conocimientos especializados; es también un espacio donde una sociedad aprende a discutir consigo misma.
Dicha función adquiere especial importancia en una época marcada por la polarización política, la desinformación, la velocidad de las redes sociales y la creciente influencia de liderazgos construidos más sobre emociones inmediatas que sobre argumentos rigurosos.
Por tanto, en un entorno saturado de opiniones, la universidad debería seguir siendo uno de los pocos ámbitos donde resulta posible distinguir entre información y conocimiento, entre persuasión y argumentación, entre popularidad y verdad.
Sin embargo, cuando las universidades renuncian a esa responsabilidad, el empobrecimiento intelectual termina proyectándose sobre el conjunto de la esfera pública.
La calidad del debate democrático guarda una relación mucho más estrecha de lo que suele admitirse con la calidad intelectual de las instituciones de educación superior.
Diagnóstico del caso dominicano
Las consideraciones preliminares adquieren una dimensión particularmente relevante en el caso dominicano.
La discusión sobre las limitaciones actuales de la universidad no debe interpretarse como una descalificación de la institución, sino como un reconocimiento de su importancia estratégica para el futuro nacional.
A ciencia cierta, resulta difícil ignorar las debilidades estructurales que continúan afectando al sistema.
La gran mayoría de las instituciones nacionales de educación superior, públicas y/o privadas, operan con una reducida dedicación académica de docentes y estudiantes a tiempo completo, infraestructura insuficiente para la investigación, laboratorios limitados para personal extraño y una producción científica todavía modesta en áreas tecnológicas, científicas y sociales.
Las consecuencias de tal rosario de limitaciones son previsibles.
Una universidad que dispone de escasos recursos para investigar, innovar y consolidar comunidades académicas estables encuentra dificultades para cumplir plenamente sus funciones de formación, creación de conocimiento y contribución al debate público.
La crítica, por mordaz que sea, no busca desacreditar a la universidad dominicana, sino llamar la atención sobre la necesidad de fortalecerla para que pueda desempeñar cabalmente las responsabilidades que el desarrollo nacional le exige.
Entre la mercantilización…
Aquel riesgo no es ajeno a la realidad social que la aúpa y sostiene.
Con frecuencia, la educación superior dominicana aparece reducida a la obtención de una credencial laboral. El estudiante se convierte en cliente, la carrera en producto y el título en mercancía.
Ninguna universidad puede ignorar las demandas del mercado de trabajo, pero cuando la rentabilidad sustituye a la formación intelectual, la institución pierde parte esencial de su razón de ser.
A esa tendencia se suma la creciente burocratización de la calidad. A menudo se confunde excelencia académica con acreditaciones, indicadores administrativos o actividades diseñadas principalmente para satisfacer requisitos institucionales. Tales instrumentos son necesarios, pero no constituyen un fin en sí mismos. La verdadera calidad universitaria se expresa en la capacidad de formar pensamiento crítico, generar conocimiento relevante y contribuir a la comprensión de los problemas nacionales.
La investigación científica continúa siendo una de las grandes asignaturas pendientes.
Aunque existen avances valiosos, la producción de conocimiento sigue concentrada en pocas instituciones y dispone de recursos insuficientes. Una universidad que no investiga termina dependiendo intelectualmente de respuestas producidas en otros contextos y limita su capacidad para impulsar la innovación.
Esta situación resulta particularmente preocupante en una economía como la dominicana que aspira a competir en sectores cada vez más intensivos en conocimiento. El desarrollo sostenible exige investigación, innovación y profesionales capaces de producir soluciones originales.
Ninguna nación puede sostener su progreso si sus universidades se limitan a transmitir conocimientos generados por otros.
Las limitaciones institucionales tienen expresiones concretas en la vida universitaria cotidiana.
Muchos docentes deben distribuir su tiempo entre varias instituciones para garantizar ingresos suficientes, reduciendo así las oportunidades para investigar, actualizarse y participar plenamente en la vida académica.
Del lado estudiantil también se observa una creciente orientación pragmática: la obtención rápida del título suele imponerse sobre el interés por la lectura rigurosa, la reflexión intelectual y la inagotable curiosidad por el conocimiento.
Cuando profesores y estudiantes conciben la educación exclusivamente como un medio para alcanzar objetivos utilitarios, por legítimos que estos sean, la universidad corre el riesgo de perder la misión histórica que justificó su existencia.
Las consecuencias trascienden los campus. Las universidades forman buena parte de las futuras élites profesionales, empresariales, políticas y culturales del país. La calidad de la vida pública depende, en gran medida, de la calidad intelectual y moral de quienes asumen responsabilidades de liderazgo.
Una sociedad que reduce las exigencias de su educación superior termina recibiendo profesionales certificados, pero insuficientemente preparados para comprender la complejidad de los asuntos colectivos.
Por ello, la discusión sobre el futuro universitario dominicano debe ampliarse hacia el conjunto de la educación superior.
Durante décadas operamos bajo el supuesto de que toda formación avanzada debía adoptar forma universitaria. Sin embargo, las necesidades contemporáneas son mucho más diversas. El país necesita universidades orientadas a la investigación y la formación integral, pero también institutos tecnológicos, centros especializados y mecanismos flexibles de actualización profesional.
La universidad no debe intentar absorber todas las funciones del sistema. Su fortaleza radica precisamente en aquello que ninguna otra institución puede desempeñar plenamente: la formación cultural, la investigación rigurosa, la deliberación crítica y la construcción de ciudadanía.
… y la inteligencia artificial
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) refuerza esa necesidad.
Paradójicamente, cuanto más sofisticados se vuelven los sistemas capaces de producir información y respuestas, más importantes resultan aquellas capacidades específicamente humanas que no pueden automatizarse por completo: el juicio prudencial, la responsabilidad ética, la comprensión histórica, la imaginación moral y la deliberación sobre fines colectivos.
La IA puede organizar información, sintetizar contenidos e incluso producir textos complejos. Pero no puede sustituir la responsabilidad política, el discernimiento moral ni la reflexión sobre el bien común. En un mundo saturado de respuestas, la educación tendrá que concentrarse cada vez más en enseñar a formular las preguntas correctas.
Por ello, la crisis de la universidad dominicana es, ante todo, una crisis de sentido.
Muchas instituciones parecen haber olvidado que educar no equivale simplemente a titular. Su legitimidad histórica descansa en la capacidad de formar personas que comprendan su tiempo, ejerzan juicio propio y asuman responsabilidades públicas.
La solución tampoco consiste en regresar nostálgicamente a modelos del pasado. El desafío consiste en construir una educación superior más diversa, innovadora y exigente; capaz de articular formación humanista, investigación científica, innovación tecnológica y compromiso democrático.
La República Dominicana necesitará en las próximas décadas profesionales capaces de innovar, investigar, crear conocimiento y ejercer liderazgo en un mundo atravesado por la IA, la competencia global y los desafíos ambientales. Ninguna de esas capacidades surgirá espontáneamente. Todas dependerán, en gran medida, de la calidad de nuestras instituciones de educación superior.
El futuro
La pregunta decisiva, por ende, no es únicamente qué universidad queremos construir. Es qué sistema de educación superior necesita el país para afrontar los desafíos científicos, tecnológicos, económicos, sociales y culturales del siglo XXI.
De la respuesta dependerá, en buena medida, la calidad de la sociedad que seremos capaces de construir y legar. Porque ninguna nación progresa únicamente por la acumulación de títulos, edificios o tecnologías.
Las sociedades avanzan cuando forman personas capaces de pensar con rigor, actuar con responsabilidad y participar conscientemente en la construcción de su porvenir colectivo.
Solo entonces la aspiración de convertirnos en una auténtica Atenas del Nuevo Mundo dejará de ser una evocación culta para transformarse en un proyecto nacional sustentado en el conocimiento, la ciudadanía y la libertad intelectual.
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