Para Melanie Zaglul y Segundo Imbert Brugal, mis psiquiatras favoritos.

Como el búho de Minerva te sigue iluminando, aquellos cuartos y callejones que serán tu pasado se afectarán por luces explosivas. Lo digo con otras palabras: aprendes lecciones y tu vida ya será otra porque tu pasado será igualmente otra cosa. Lo digo muchísimo más claramente: ahora me explico esa necesidad de llorar que he tenido desde mi infancia. Ahora lloro con más tranquilidad y hasta disciplina y aplomo. Ya no me culpo ni me confundo. Ya tengo mis horarios para las lágrimas y hasta un kit que puntualmente me agencio en el supermercado. ¡Y hasta un escritorio, por si las moscas! ¡O los búhos! Será todo un ejercicio a lo Georges Perec, ¡y de qué clase!

Nacido en los sesenta dentro de una familia cibaeña-sureña, inmigrante, pobre, campesina, obrera, el ver la amplitud y los contrastes de Santo Domingo me permitió acceder de una manera muy curiosa al mundo letrado. Tenía yo cinco años y, al ser copiloto de un chofer de carro público, me acostumbré a ver cosas más allá del entorno familiar: a cruzar el puente Duarte, a saber el significado de «tirarse del puente», a alfabetizarme gracias a deletrear los letreros de colmados y tiendas, aquellos neones que tanto pestañeaban y que luego recuperé en todo su esplendor gracias a los cuentos de René del Risco.

Una cadena de sucesos de aquella intensa infancia comenzó a atenazar mis noches.

Recuerdo mi primera vez en la playa de Boca Chica, a curarme, según Gabina, porque tenía salpullido en la espalda. Aunque me curé al poco tiempo, comenzaron entonces pesadillas que no me dejaron durante mucho tiempo: monstruos que salían del relieve del techo de zinc que me cobijaba.

Recuerdo sueños muy claros que hasta el día de hoy sigo viendo: el puente Duarte tambaleándose, yo cayéndome, alguien advirtiendo desde una esquina, en una coloración que iba del gris al sepia.

Tras la pérdida de mi padre en 1970 comenzó entonces aquella necesidad de llorar. Podía ser en el pasillo de la Escuela Santísima Cruz, en la calle Barahona, donde en algún recreo algo en la garganta como que me cogía y tenía que sacar lágrimas como usted tiene que sacar la basura de la cocina. Siguió en el liceo Estados Unidos, cuando medio curso jugaba baloncesto y el inolvidable Ricardo Arias —Giolibel— trataba de que cambiásemos a voleibol. Me sentaba en la primera butaca del auditorio, guillándome, como que simplemente estaba descansando o pensando en algo, cuando en verdad los lagrimones me ensuciaban aquel uniforme verde claro que tenía.

¿Que qué pensaba? ¿Que por qué? Todavía no tengo respuesta. Pasaba simplemente. Sigue pasando. El día se te aligera, pues. No viajas hacia la semilla, como en el cuento de Alejo Carpentier, pero te pones tan pequeñito como para comprender el zumbido de las mariposas, degustar el agüita dulce de las cayenas, su polen tan ínfimo, como los ojos de las hormigas.

Ahora que he recorrido no sé cuántos kilómetros de teorías, desde Sigmund Freud hasta Rafael Argullol, desde Caspar David Friedrich hasta Maurice Sánchez, que repaso cientos de noches con mis fantasmas preferidos —Tony Capellán, Jorge Pineda—, me tiro entre otros brazos amigos y ya dejo de buscar largas y tensas explicaciones. Pienso en una palabra en plan llave oxidada y la veo funcional, pero no la pruebo: «depresión». Será bueno y no bueno hablar de ella. Tendremos que abrirnos para sanarnos, pero también tanta apertura tendrá sus exactos límites, porque, si no, se convierte en teatralización, en «selbst-darstellung», como dirían Heidegger y sus alemanes, en «mírame aquí, que soy especial», cuando en verdad eres la mismísima vaina, el disparate, algo y alguien más, ningún enviado, un cero en plan marca de fábrica, una piedra más en el muro, si es que debe sonar Pink Floyd a estas horas, que debe, por cierto.

Eso sí, luego de las lágrimas, de cualquier calibre que sean y en todas las circunstancias, favor de no regarlas de manera innecesaria. No utilizar espacios públicos, por ejemplo, porque tus lágrimas no deberían dañarle el café al vecino o al bañista. Mientras menos testigos, mejor. Mientras menos pañuelos, todavía mejor. Tampoco tus lágrimas deben convertirse en residuos sólidos ni estatus, ni siquiera en estatuas de sal. Dejas que salgan y ya.

¡Buen viaje a los lagrimeros del día! ¡Y de la noche! ¡Salud!

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

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