En noviembre de 1980 viajé a Nueva York para reuniones en las Naciones Unidas junto a Juan Bosch.
Era la primera vez desde 1965 que Bosch pisaba suelo de los Estados Unidos después de la invasión de tropas extranjeras a la República Dominicana. A partir de entonces, sus viajes a Norteamérica se hicieron frecuentes, pues en las principales ciudades de la patria de George Washington y Abraham Lincoln estaba presente el Partido de la Liberación Dominicana.
El registro del PLD como organización extranjera ante el Ministerio de Justicia de los Estados Unidos figuraba a nombre de un dominicano nacido en Santo Domingo, ciudadano estadounidense, declarado abiertamente anticomunista y antitrujillista, amigo personal de Juan Bosch y de su misma edad.
Evoco hoy ese recuerdo a la luz de la crisis abierta entre los Estados Unidos y Venezuela en enero de 2026, una crisis que no es un episodio aislado ni una simple confrontación coyuntural entre dos gobiernos, sino la manifestación extrema de un proceso histórico largo, cargado de errores acumulados, decisiones ideológicas mal calculadas y lecturas equivocadas de la geopolítica continental.
Vista desde la República Dominicana, esa crisis ha funcionado como un espejo incómodo. Refleja con crudeza el destino que pudo habernos alcanzado y que fue evitado a tiempo gracias a una decisión estratégica de Juan Bosch que, aún hoy, sigue siendo poco comprendida y escasamente reconocida.
Para entender el alcance de esa decisión es indispensable situarse en el largo arco histórico del Caribe y de América Latina, donde las trayectorias de Cuba, Venezuela y la República Dominicana se han entrelazado durante décadas por exilios, solidaridades políticas, aventuras armadas y fracasos compartidos. No se trata de historias paralelas, sino de vasos comunicantes que explican por qué ciertos errores se repiten cuando las lecciones del pasado son ignoradas.
Mi primer contacto con Venezuela ocurrió en 1972, cuando conocí Caracas apenas por una noche, de regreso a Santo Domingo tras un curso de periodismo en Quito, organizado por la UNESCO y la OEA.
Bastó ese breve paso para percibir una ciudad vibrante, segura de sí misma, llena de actividad económica y de confianza en el futuro. Era la Venezuela democrática y petrolera, abierta al mundo, la misma que había acogido a miles de dominicanos exiliados durante la dictadura de Trujillo y que durante décadas fue referencia regional de estabilidad política.
Después aprendí escuchando a Juan Bosch hablando de Venezuela, y cada vez que viajaba él a Caracas me traía revistas de actualidad y Libros de Historia de Venezuela. Por él conocí a Miguel Otero Silva, fundador de El Nacional, quien me autografió uno de sus libros.
Esa imagen inicial que tuve de Venezuela contrasta violentamente con la Venezuela que muchos años después aparece en los titulares internacionales, convertida en escenario de confrontación militar indirecta, dependencia externa y colapso institucional.
Ese contraste no ha sido casual. Tiene raíces profundas en una historia marcada por lo que puede llamarse el doble fracaso guerrillero del Caribe: primero contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y luego contra el gobierno democrático de Rómulo Betancourt.
Ambos episodios, separados por pocos años, revelan una lección central que Juan Bosch comprendió tempranamente y que otros se negaron a aceptar: las revoluciones importadas y las aventuras armadas externas no sustituyen los procesos políticos internos ni generan legitimidad duradera.
En enero de 1959, apenas un mes después de asumir la presidencia venezolana, Rómulo Betancourt recibió en Caracas a Fidel Castro, recién victorioso en Cuba. El clima regional estaba impregnado de una euforia revolucionaria que hacía parecer inevitable la exportación del modelo cubano. En ese contexto, ambos impulsaron una recaudación de fondos destinada a financiar una expedición armada contra Trujillo, que culminaría en la incursión de junio de 1959 por Constanza, Maimón y Estero Hondo.
Los hombres que desembarcaron entonces no fueron aventureros ni mercenarios. Fueron dominicanos convencidos, dispuestos a ofrecer su vida por la libertad de su país. Su sacrificio forma parte del patrimonio moral de la lucha antitrujillista y merece respeto histórico. Sin embargo, la expedición nació marcada por un error de origen: la creencia de que una dictadura profundamente arraigada podía ser derribada mediante una incursión armada externa, sin una base política, social y militar sólida dentro del país. Ese error fue advertido con claridad por Juan Bosch, entonces líder del Partido Revolucionario Dominicano. Bosch no solo se negó a apoyar la expedición, sino que evitó incluso reunirse con Fidel Castro en Caracas.
Su posición, compartida por Ángel Miolán, era categórica: a Trujillo no se le derrocaba desde fuera. Esa convicción no era teórica; Bosch la había adquirido tras el fracaso de Cayo Confites en 1947, experiencia que cerró definitivamente para él el debate sobre la vía guerrillera externa.
La tragedia de 1959 confirmó su diagnóstico. Los combatientes fueron aniquilados, Trujillo reforzó su aparato represivo y el resultado político fue nulo. Poco después, la paradoja se profundizó cuando Castro rompió con Betancourt y comenzó a respaldar movimientos guerrilleros contra el propio gobierno democrático venezolano. La insurgencia armada, inspirada en el modelo cubano, pasó así a combatir no dictaduras, sino regímenes electos.
Mientras tanto, Bosch regresó a la República Dominicana tras la muerte de Trujillo, ganó las elecciones de 1962 con cerca del sesenta por ciento de los votos y asumió la presidencia en febrero de 1963. Fue el primer gobierno democrático real tras más de tres décadas de tiranía. Sin embargo, incluso entonces, sectores de la izquierda dominicana se preparaban para la lucha armada, inspirados por Cuba y por los focos insurgentes activos en Venezuela.
Los militares incluso intentaron que Bosch reprimiera al Partido Movimiento Revolucionario 14 de Junio, pero Bosch se limitó a permitir que continuaran los entrenamientos de las Fuerzas Armadas antiinsurgentes y llegó a declarar, en una ocasión, que “el comunismo es hambre, odio, muerte y destrucción”.
El golpe de Estado de septiembre de 1963 interrumpió brutalmente el proceso democrático, y el daño político ya estaba hecho.
Ese trasfondo histórico explica por qué Bosch desarrolló una desconfianza profunda tanto hacia las aventuras ideológicas como hacia los tutelajes externos. Esa desconfianza reaparecería con fuerza décadas más tarde, cuando, tras el crecimiento electoral del Partido de la Liberación Dominicana en 1982 y 1986 comenzaron a incorporarse al PLD grupos de izquierda radical, muchos con formación política en Cuba y Nicaragua. Esos sectores presionaban para declarar al partido socialista y lograron incluso actos públicos con figuras como Daniel Ortega.
La reacción interna fue decisiva. Dirigentes como Euclides Gutiérrez Félix, junto a otros cuadros históricos del partido, convencieron a Bosch de que el futuro del PLD no estaba en imitar modelos externos, sino en afirmar el boschismo como teoría política propia, compatible con la democracia representativa y la economía moderna. Tras evaluar la conducta de esos grupos después de las elecciones de 1990, Bosch tomó una decisión drástica entre 1991 y 1992: expulsarlos. No fue un gesto sectario ni una querella menor. Fue una definición estratégica de fondo. Bosch llegó a calificarlos públicamente de traidores, no por animadversión personal, sino por incompatibilidad histórica. Con esa decisión, el PLD cerró cualquier ambigüedad ideológica que pudiera arrastrarlo hacia una confrontación estructural con los Estados Unidos.
Bosch conocía bien los riesgos. Ya en los años setenta hablaba en privado con profunda desconfianza del aparato de inteligencia cubano y de sus métodos de penetración política. Esa experiencia acumulada le permitió anticipar escenarios que otros preferían ignorar. La historia reciente de Venezuela confirma cuán fundadas eran esas preocupaciones.
El 5 de enero de 2026, el gobierno cubano admitió públicamente que treinta y dos de sus ciudadanos habían muerto en ataques estadounidenses en territorio venezolano.
El presidente Miguel Díaz-Canel reconoció que se trataba de personal militar y de inteligencia enviado oficialmente a solicitud del gobierno de Nicolás Maduro. Fue una admisión excepcional que confirmó la profundidad de la dependencia venezolana respecto a Cuba en materia de seguridad e inteligencia.
Durante años, miles de cubanos han sido enviados a Venezuela a cambio de petróleo. Muchos son médicos y profesores, pero otros han sido agentes de inteligencia y asesores militares.
Informes recientes revelaron que Maduro había reforzado su seguridad personal con guardaespaldas cubanos y ampliado la presencia de contrainteligencia cubana dentro de las Fuerzas Armadas para prevenir un golpe de Estado. Los ataques estadounidenses, que dejaron decenas de muertos, expusieron el costo real de esa dependencia.
Ese es el escenario del que el PLD se apartó conscientemente a comienzos de los años noventa. De haberse mantenido dentro del partido aquellos sectores, un eventual gobierno peledeísta habría quedado bajo sospecha permanente en Washington. La relación bilateral habría estado marcada por la desconfianza, la vigilancia y, eventualmente, la confrontación.
Bosch entendió que la República Dominicana no tenía ni la posición geopolítica de Cuba ni los recursos energéticos de Venezuela para sostener un pulso prolongado con los Estados Unidos.
Por eso, en 1989 viajó a Washington junto a Euclides Gutiérrez Félix y Leonel Fernández para reunirse con Bernard Aronson en el Departamento de Estado, durante la administración de George Bush padre. Posteriormente, Bosch aseguró ante la Cámara Americana de Comercio políticas claras a favor del sector privado y de la economía de mercado.
Al depurar el PLD, Bosch no solo protegió al partido: protegió al país. Permitió que, años más tarde, un gobierno encabezado por Leonel Fernández naciera con legitimidad internacional, sin sospechas de tutelaje extranjero ni alineamientos ocultos. Evitó que la República Dominicana quedara atrapada en redes de dependencia política, militar o de inteligencia como las que hoy resultan evidentes en Venezuela.
Visto en perspectiva, a partir de 1990 la República Dominicana tomó una decisión histórica. Se descartó el camino de la radicalización ideológica y se optó por una democracia imperfecta, pero funcional, compatible con la alternancia, las libertades públicas y el marco del Occidente democrático. No fue producto del azar, sino de decisiones políticas concretas tomadas en el momento justo.
La crisis entre Estados Unidos y Venezuela nos recuerda, con crudeza, lo que se evitó. Juan Bosch lo entendió a tiempo. Otros países, cegados por el espejismo revolucionario, tardaron décadas en admitirlo, cuando el costo humano, institucional y nacional ya era irreversible.
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