El yaniqueque es una modalidad criolla de comida rápida, elaborada con una masa de harina de trigo, agua y sal, extendida en forma de disco y frita en aceite. Es frecuente encontrarlo en las esquinas de los barrios, las paradas de transporte, los alrededores de los lugares de trabajo y las playas dominicanas. Su aparente sencillez contrasta con la complejidad de las relaciones sociales que intervienen en su producción, comercialización y consumo. Detrás de esta preparación alimentaria convergen procesos históricos de migración, intercambios culturales, apropiaciones colectivas, estrategias económicas y distintas maneras de organizar la vida cotidiana. Su estudio permite comprender cómo un mismo alimento puede expresar pertenencia cultural, necesidad material o disfrute, dependiendo de las circunstancias sociales en que se consume.
El nombre yaniqueque procede del inglés Johnny cake, denominación conocida en Norteamérica desde el siglo XVIII y posteriormente difundida en diferentes territorios del Caribe. Su origen etimológico no está definitivamente establecido. Una interpretación lo relaciona con journey cake, expresión asociada a un alimento fácil de transportar durante los viajes; otra lo vincula con Shawnee cake, en referencia al pueblo indígena shawnee, mientras algunos estudios lingüísticos señalan su posible relación con la antigua voz inglesa jannock, utilizada para designar una variedad de pan. No existe evidencia histórica suficiente para afirmar que Johnny fuera una persona determinada. Estas interpretaciones aparecen recogidas en fuentes como el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos y el American Heritage Dictionary. En la República Dominicana, la denominación inglesa experimentó una adaptación fonética hasta convertirse en yaniqueque, palabra incorporada al español dominicano (ASALE, Diccionario de americanismos).
La historia del yaniqueque remite a una geografía caribeña cuyas fronteras coloniales nunca consiguieron impedir la circulación de personas, mercancías y prácticas culturales. Durante el último cuarto del siglo XIX y las primeras décadas del XX, la expansión de la industria azucarera dominicana atrajo trabajadores afrocaribeños procedentes de Saint Kitts, Nevis, Antigua, Anguila, Montserrat, Tórtola y otras islas de las Antillas Menores. Estos inmigrantes, conocidos como cocolos, se establecieron especialmente en San Pedro de Macorís, uno de los principales centros de producción azucarera. Su desplazamiento formaba parte de una reorganización regional del trabajo, mediante la cual el capital azucarero articulaba territorios sometidos a diferentes dominios coloniales.
Aquellos trabajadores no transportaban solamente su fuerza de trabajo. Llevaban consigo maneras de hablar, cocinar, creer, celebrar y organizar la vida. La circulación de prácticas alimentarias formaba parte de ese movimiento más amplio de poblaciones y culturas. El yaniqueque puede leerse como una evidencia material de aquellos desplazamientos, aunque su incorporación a la alimentación dominicana no debe confundirse con la simple reproducción de una receta extranjera. Las preparaciones conocidas como Johnny cake presentan diferencias entre territorios, tanto en sus ingredientes como en sus formas de elaboración. La versión dominicana constituye una expresión particular de esa tradición alimentaria caribeña.
Pero las culturas no reciben pasivamente lo que llega desde fuera. Seleccionan, reinterpretan, modifican y terminan haciendo propio aquello que inicialmente era ajeno. El Johnny cake se convirtió lingüísticamente en yaniqueque y la preparación encontró un lugar dentro de los circuitos dominicanos de alimentación. La adaptación fonética de una palabra, sin embargo, no equivale por sí misma a la criollización cultural. Esta última supone un proceso más amplio de apropiación y transformación, mediante el cual una práctica adquiere nuevos usos, significados y formas de pertenencia dentro de otra sociedad.
La criollización constituye uno de los rasgos característicos de la identidad de las sociedades caribeñas, cuya formación histórica ha estado marcada por encuentros, desencuentros, intercambios culturales y relaciones desiguales de poder. En estos procesos, las prácticas culturales no permanecen necesariamente vinculadas a los grupos que las introducen, sino que circulan, atraviesan fronteras, se transforman y adquieren nuevos significados al ser incorporadas por otras poblaciones. Así ocurrió con el yaniqueque, que progresivamente dejó de identificarse con sus portadores originales para integrarse a la cultura alimentaria dominicana. La paradoja consiste en que, mientras el yaniqueque adquiría arraigo en la identidad nacional, se diluía en la memoria popular sus raíces afrocaribeñas. Su historia revela así una dimensión de la criollización dominicana, en la que los aportes culturales de otros pueblos permanecen vivos en las prácticas cotidianas, aunque su procedencia haya quedado relegada de la memoria colectiva.
El interés antropológico del yaniqueque comienza precisamente donde termina la explicación de su receta y de su procedencia. Los alimentos no solamente proporcionan nutrientes. También clasifican ocasiones, expresan identidades, acompañan determinadas actividades y responden a condiciones materiales de existencia. No se come lo mismo, de la misma manera, en todos los grupos sociales ni en todos los momentos. Comer es una necesidad biológica, pero las maneras de satisfacerla son construcciones sociales. Por eso, un alimento no posee un significado único, independiente de las relaciones sociales en las que participa.
Desde esta perspectiva, el yaniqueque ocupa un lugar particular. En determinados contextos barriales puede asociarse con la pobreza, la precariedad y las estrategias de sobrevivencia. En las playas, por el contrario, forma parte de la experiencia recreativa, del disfrute de lo criollo y de la posibilidad de darse un gusto. El alimento puede ser esencialmente el mismo, pero su valoración cambia con el lugar, la ocasión y las condiciones de quien lo consume. La pobreza no reside en el yaniqueque, sino en determinadas relaciones sociales que condicionan su consumo. Lo que para una persona representa una solución frente a la escasez, para otra puede constituir una elección vinculada al placer y al tiempo libre.
Su condición de comida rápida permite examinar otra dimensión de la vida cotidiana. No requiere mesa, cubiertos ni una ceremonia alimentaria. Puede comprarse por unidad y consumirse mientras se camina, se espera un pasajero o se realiza una breve pausa durante el trabajo. Para el obrero que comienza temprano su jornada, el motoconchista, el estudiante o el vendedor ambulante, puede constituir una alternativa cuando no existe tiempo para preparar el desayuno, cuando los recursos económicos son insuficientes o cuando ambas circunstancias coinciden. Su tiempo de consumo corresponde al ritmo de una cotidianidad donde detenerse a comer puede significar dejar de producir ingresos.
El tiempo disponible para alimentarse no se distribuye de manera independiente de las condiciones sociales. Las jornadas laborales, los desplazamientos, las responsabilidades domésticas y la organización del transporte condicionan las posibilidades de preparar y consumir alimentos. En determinadas circunstancias, la rapidez se convierte en una necesidad económica. El tiempo también forma parte del costo de alimentarse, aunque no aparezca expresado en el precio del producto. La elección de una comida rápida puede responder menos a una preferencia gastronómica que a la necesidad de compatibilizar alimentación, reducción del gasto familiar, trabajo y movilidad.
El yaniqueque permite observar, además, las estrategias mediante las cuales las personas administran la escasez. Los hogares no son receptores pasivos de sus ingresos. Distribuyen, sustituyen, aplazan, combinan consumos y establecen prioridades frente a necesidades que compiten por recursos limitados. Comprar pequeñas cantidades o recurrir a alimentos de menor precio constituye una forma de adaptación económica. Estas decisiones no eliminan la insuficiencia del ingreso, pero permiten gestionarla cotidianamente y responder a necesidades que no pueden esperar.
La Encuesta Nacional de Gastos e Ingresos de los Hogares mostró que los alimentos y las bebidas no alcohólicas representaban el 21.1 % del gasto de consumo de los hogares dominicanos en 2018. También reveló que el 20 % de los hogares de menores ingresos registraba gastos superiores a sus ingresos promedio (Banco Central de la República Dominicana, 2018). Estas cifras adquieren otro significado cuando se observan desde la vida cotidiana. Cada decisión sobre qué comer implica considerar simultáneamente cuánto dinero queda para transportarse, pagar servicios, comprar medicamentos o responder a otras necesidades familiares.
El sacerdote jesuita Jorge Cela recurría a la expresión «economía del chicle» para ilustrar la capacidad de las familias pobres de estirar sus ingresos y hacerlos rendir frente a necesidades que superan sus posibilidades económicas. Como el chicle que se estira, el presupuesto familiar debe alcanzar para la alimentación, el transporte, los servicios, los medicamentos y otras obligaciones cotidianas. Esta práctica supone una racionalidad económica construida desde la escasez, mediante la cual los hogares establecen prioridades, sustituyen consumos, fraccionan gastos y aplazan necesidades.
El yaniqueque forma parte de esa economía del chicle, pues permite resolver momentáneamente el hambre mediante un desembolso reducido, sin comprometer de inmediato una mayor proporción del dinero disponible para otras necesidades. Su compra por unidades expresa una manera de distribuir recursos insuficientes, aunque no garantice una alimentación nutricionalmente adecuada ni un menor gasto acumulado. La metáfora de Cela revela así tanto la creatividad de las familias para administrar la escasez como las desigualdades estructurales que las obligan a estirar permanentemente sus ingresos.
Esta modalidad de consumo permite amortiguar el gasto inmediato de bolsillo, pero también pone de manifiesto una contradicción de las economías de bajos ingresos. Lo que resulta accesible en una compra aislada no necesariamente representa la alternativa más económica cuando se considera el gasto acumulado. La administración cotidiana de la escasez permite atender necesidades urgentes, pero no resuelve la insuficiencia estructural de los ingresos.
Hay otra relación menos visible. La fuerza de trabajo necesita reproducirse diariamente. El cuerpo que trabaja consume energía y necesita recuperarla para continuar produciendo. La alimentación forma parte de esa reproducción material. En este punto, el yaniqueque adquiere un valor de uso concreto. Por su contenido de carbohidratos y grasas, puede proporcionar calorías, producir saciedad y contribuir a sostener temporalmente las actividades de quien lo consume. Su función inmediata puede ser calmar el hambre y permitir la continuación de una jornada de trabajo, estudio o desplazamiento.
Pero precisamente ahí aparece una contradicción. Reproducir la capacidad inmediata de trabajar no equivale a garantizar una nutrición adecuada. Harina y aceite pueden proporcionar calorías y saciedad sin aportar por sí solos la diversidad nutricional requerida por el organismo. Una alimentación basada frecuentemente en harinas refinadas y frituras puede resultar insuficiente en proteínas, fibras, vitaminas y minerales. La distancia entre comer, saciarse y nutrirse no es solamente una cuestión dietética. También expresa desigualdades en las posibilidades sociales de acceder a una alimentación variada y suficiente.
El mismo yaniqueque cambia de significado cuando se observa desde el otro lado de la transacción. Para quien lo vende deja de ser fundamentalmente un alimento destinado al consumo propio y se convierte en mercancía. Una cantidad relativamente pequeña de harina, aceite, combustible y trabajo puede transformarse en unidades comercializables. El valor de uso para quien tiene hambre se encuentra así con el valor de cambio para quien necesita producir ingresos. Ambas funciones forman parte de la economía popular, donde pequeñas operaciones comerciales contribuyen al sostenimiento cotidiano de numerosos hogares.
Ese encuentro ocurre en espacios donde circulan trabajadores, estudiantes, pasajeros y bañistas. La esquina, la parada, los alrededores de una obra o la playa no son únicamente lugares físicos. Son territorios económicos y culturales construidos por los flujos cotidianos de personas. El vendedor aprende horarios, identifica movimientos y reconoce dónde puede aparecer la demanda. Existe allí un conocimiento práctico del territorio, construido mediante la experiencia, que rara vez aparece en las estadísticas económicas. La calle se convierte en un espacio de producción e intercambio, donde el trabajo informal responde tanto a oportunidades como a restricciones estructurales del mercado laboral.
Esta capacidad de convertir recursos limitados en soluciones alimentarias y medios de subsistencia no es exclusiva de la sociedad dominicana. En Brasil, el acarajé, de raíces africanas, ha sido durante generaciones alimento popular y fuente de ingresos para las mujeres que lo comercializan en las calles de Bahía. En Perú, el anticucho expresa la transformación de las vísceras, históricamente asociadas a la alimentación de poblaciones esclavizadas, en un plato de identidad nacional. En Venezuela, la arepa; en Guatemala, las dobladas; y en México, los tlacoyos, muestran otras formas de aprovechar ingredientes básicos para resolver necesidades alimentarias y sostener pequeños emprendimientos familiares.
Aunque sus trayectorias históricas son diferentes, estas prácticas revelan una dimensión compartida de las economías populares latinoamericanas, donde la alimentación constituye simultáneamente una respuesta a las necesidades cotidianas, una estrategia de generación de ingresos y una expresión de identidad cultural.
Compartir esta nota