Aquel nueve de septiembre de mil novecientos setenta y siete, la geopolítica mundial registraba la partida física de Mao Tse-Tung; sin embargo, en los rincones más profundos de nuestra patria, lejos de las grandes crónicas internacionales, la historia se escribía con el pulso tembloroso de la represión, pero también con la entereza inquebrantable de la dignidad magisterial. Aquel día aciago, la providencia quiso que cayera privado de libertad en la comunidad de Canca la Piedra, junto a mi hermano y compañero de luchas Celio Guerrero, en un episodio de arbitrariedad que marcaría a fuego nuestro compromiso con la justicia y la educación pública.

La asamblea que nos congregaba no guardaba afán subversivo ni conspiración alguna. Nuestro único e inexcusable «delito» a los ojos del régimen era haber fundado, bajo la guía del padre Clemente y el liderazgo de figuras admirables como la maestra Miriam de la Rosa —quien años más tarde me acompañaría como diputada y subsecretaria de Educación—, el Liceo Secundario de Canca la Piedra. Diecinueve educadores abnegados impartían docencia de manera voluntaria para abrir horizontes de luz a la juventud de aquella comunidad. No obstante, la creación de ese templo del saber despertó la ira intolerante de estamentos autoritarios, representados por la temida figura del general Rafael Neit Nicasio, quien no toleraba que la iniciativa popular erigiera aulas allí donde el poder prefería el silencio.

Al concluir la reunión, frente al propio destacamento policial, la violencia del Estado mostró su rostro más despiadado. Un emisario se me acercó bajo la falsa premisa de que el comandante requería mi presencia. Al cruzar la calle, fuimos inmediatamente encadenados con esposas, arrojados a la parte trasera de un Jeep Willys y encañonados a la cabeza con fusiles de guerra. Durante el angustioso trayecto hacia San Cristóbal —cuarenta y cinco minutos de terror agónico bajo la amenaza constante de ser fusilados «por comunistas»—, dos guardias aplastaban con sus botas mi cabeza contra el metal del vehículo. Sobre mi oreja derecha quedó impresa, durante largo tiempo, la marca física de aquel pisotón; pero con los años comprendí que aquel soldado era tan prisionero como yo: preso del miedo, del sistema y de la doctrina del terror, incapaz de advertir que golpeaba a quien bien pudo haber sido el maestro de sus propios hijos.

Para preservar la vida y lograr salir de la celada en Canca la Piedra, apelé a la astucia de la supervivencia e identifiqué mi persona mediante mi segundo nombre y segundo apellido: Evaristo Badía. Revelar la identidad completa en aquel primer instante habría significado la ejecución sumaria antes de abandonar el poblado. Horas más tarde, ante el coronel Sergioín —un temido comandante de oscuro historial que pretendió ultrajarme acusándome de impostor y amenazándome con golpizas—, sostuve con hidalguía que jamás había mentido, pues mi cédula de identidad consigna con orgullo el nombre de Rafael Evaristo Santos Badía.

Aquel intento de desaparición se vio frustrado por el milagro de la solidaridad cívica. Gracias a la valentía de los corresponsales Valentín de Arismendy de la Rosa y los reporteros de Radio Comercial, la noticia del apresamiento corrió como reguero de pólvora. Hacia la una de la tarde, el pueblo de San Cristóbal y la clase magisterial habían tomado el parque central, rodeando el recinto policial y levantando un muro de protección humana que nos salvó de un destino trágico. Aquella multitud veló en vigilia durante toda la noche, dispuesta a impedir que la tiranía borrara nuestros nombres.

Incluso en la penumbra de las celdas, entre la inmundicia y la bajeza de custodios que pretendieron humillarnos, la dignidad no se doblegó. Limpiamos con nuestras propias manos el calabozo y encontramos serenidad en el consejo fraterno del prisionero político Cástulo Tiusén García, quien desde su propio cautiverio en la Fortaleza de San Cristóbal nos infundió temple y aplomo a los dos jóvenes dirigentes de la Asociación Dominicana de Profesores. Días después, al ser conducidos esposados ante el Palacio de Justicia y obtener la libertad bajo fianza, caminamos con la cabeza en alto, sabiendo que la verdad estaba de nuestro lado.

Hoy, al repasar aquellos episodios a la luz de los años, me descubro contemplando el pasado sin una sola gota de odio, rencor o amargura. Aquellos hombres que nos persiguieron, el coronel mulato y los generales del régimen, reposan ya en el juicio de la historia. A Celio Guerrero Linares y a mi propia trayectoria nos quedó el honor de haber servido a la patria desde las aulas y la representación democrática. Entendí para siempre que la violencia de las botas jamás podrá apagar la luz de un libro, y que las experiencias más dolorosas no se guardan para alimentar agravios, sino para legar a las futuras generaciones la certeza de que la justicia prevalece. Como bien escribió el maestro Gabriel García Márquez, esta no fue más que una prueba de la vida: una historia sagrada que fue preciso vivir para poder contarla.

Rafael Santos Badía

Ministro Educación Superior

Ministro de Mescyt Político, abogado y maestro. Licenciado en Derecho. Maestrías en Diplomacia y Derecho Internacional y Derecho Administrativo. Especialista Economía Política y Derecho Laboral y Sindical. Experiencia y conocimientos sobre el sector sindical, el tripartismo y el sistema político, le han permitido participar activamente en la formulación de políticas educativas y laborales de la República Dominicana

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