Entre el dolor y la vergüenza histórica que provoca una nueva intervención militar estadounidense en la región, y el alivio —incómodo, pero real— de ver truncada una autocracia que se burló del voto popular, Venezuela vuelve a colocarnos frente a una tensión moral sin salidas limpias. En esta coyuntura, ninguna decisión —ni siquiera la inacción— está libre de costos éticos, políticos e históricos.
El “trilema venezolano”, planteado meses atrás en este espacio, deja de ser un marco analítico para convertirse en realidad. Aquello que se formuló como advertencia hoy se impone como hecho consumado: el país quedó atrapado entre tres opciones defectuosas, con daños distintos, pero inevitables.
En el artículo El trilema venezolano: dictadura, intervención o pasividad (4 de septiembre de 2025) se sostuvo que, ante el agotamiento del régimen liderado desde 2013 por Nicolás Maduro —lo percibí de primera mano en 2016; estuve allí—, Venezuela parecía condenada a elegir entre la continuidad autoritaria, una pasividad internacional reprochable por omisión, o una intervención militar externa. No había opciones virtuosas: sólo caminos con costos.
Esta lectura se inscribe en una comprensión más amplia del entorno geopolítico caribeño, desarrollada después en El bravucón del vecindario, el forastero y la nueva geopolítica en el Caribe (13 de octubre de 2025). La crisis venezolana no puede leerse únicamente desde adentro: también es pieza de un tablero regional marcado por asimetrías de poder, lógicas hegemónicas reactivadas e intereses estratégicos que tienden a imponerse sobre cualquier narrativa moral.
En la madrugada del primer sábado del año, el trilema dejó de ser teoría. Los hechos empujaron la historia hacia uno de sus vértices: la intervención militar estadounidense en Venezuela. No necesariamente porque sea la mejor vía, ni mucho menos la más justa, sino porque las otras dos quedaron clausuradas: la autocracia se cerró, anuló correcciones internas y degradó la vía electoral; la comunidad internacional agotó mediaciones, presiones y salidas diplomáticas sin resultados. Lo que quedó fue, simplemente, lo posible.
1. El trilema deja de ser teoría
El editorial reciente del New York Times, publicado el mismo día del ataque, reconoce que Nicolás Maduro era ya un gobernante aislado, con legitimidad erosionada y creciente repudio externo. Pero subraya, con razón, que ese dato no convierte la intervención en una acción moralmente aceptable ni jurídicamente incontestable.
Ahí se instala la tensión central. Para América Latina, una intervención militar estadounidense nunca es un episodio más: activa una memoria histórica de humillación, tutela y pérdida de soberanía. La región conoce esa experiencia por ocupaciones, invasiones y operaciones de fuerza a lo largo del último siglo —de Haití a Nicaragua, de República Dominicana a Panamá—, y sabe que su huella política suele ser más larga que el hecho militar que la inaugura.
Por eso, la reacción inicial es casi instintiva: rechazo, condena, incomodidad moral. La intervención no se celebra; se tolera con dolor, acaso como mal menor. En ese sentido, el periódico acierta al advertir que, aun si se invocan razones humanitarias, democráticas o de lucha contra el narcotráfico, se vulneran principios básicos del derecho internacional y se abren precedentes peligrosos.
Pero esa no es toda la historia.
2. La intervención y la memoria histórica
Junto a la condena aparece otro sentimiento, menos confesable pero real: el alivio. El alivio de ver truncado un proyecto político que acabó siendo oprobioso no solo por su deriva autoritaria, sino por la burla abierta al principio democrático. El régimen cruzó una línea que no es ideológica, sino civilizatoria: desconocer el voto popular.
La vía democrática fue intentada. Hubo elecciones, observación internacional y compromisos de respetar resultados. Y cuando esos resultados fueron adversos, bastaba un gesto elemental: mostrar las actas. No ocurrió. En su lugar, se desconoció la voluntad mayoritaria, se anuló a la oposición y se pretendió que el mundo aceptara el fraude como normalidad. En ese acto, el régimen se burló del pueblo venezolano y de la comunidad internacional.
Ese punto marcó un quiebre: nadie puede gobernar legítimamente burlándose del voto. Cuando esa línea se cruza de forma flagrante, la autocracia pierde incluso la defensa moral de la soberanía. El trilema ya lo sugería: la pasividad frente a esa burla también es una forma de complicidad.
De ahí la paradoja latinoamericana: se rechaza la intervención porque humilla y revive una historia de dominación externa; pero se rechaza la autocracia porque degrada, empobrece y deshumaniza. Entre ambos males no hay elecciones cómodas, sóo decisiones trágicas.
3. Entre el alivio y el riesgo
El New York Times añade un elemento decisivo: el riesgo de que la intervención, aun logrando capturar o neutralizar al liderazgo autoritario, no venga acompañada de una hoja de ruta clara hacia una transición democrática. Derrocar no es democratizar. Capturar no es institucionalizar. Sin reglas, instituciones y apropiación venezolana del proceso político, la intervención puede derivar en tutela prolongada.
Ese temor no es nuevo. La sospecha histórica acompaña a toda intervención externa: “vienen por el petróleo”, se repite en el imaginario regional. En el caso venezolano, esa sospecha se alimenta de un dato estructural: recursos estratégicos y control geopolítico suelen ir de la mano, aunque se presenten como causa secundaria o efecto colateral.
Esa sospecha no es paranoia; es memoria. Por eso, la intervención no puede ser punto de llegada. Su única justificación posible sería operar como puente breve y claramente delimitado hacia una democracia verificable, autónoma y soberana. Si se prolonga o se traduce en control económico o rediseño político impuesto desde fuera, el trilema no se resolverá: mutará.
Tal vez la pregunta relevante hoy no sea si la intervención fue justa —difícilmente lo es en términos absolutos—, sino qué se hará con esta salida forzada: si abrirá un camino, aunque precario, hacia la reconstrucción institucional venezolana, o si confirmará, una vez más, que la región sigue atrapada entre autócratas internos y salvadores externos.
El trilema venezolano no ofrecía consuelos ni soluciones heroicas. Ofrecía lucidez. Esa lucidez sigue siendo necesaria: no para celebrar la intervención, pero tampoco para romantizar la pasividad frente a la burla electoral y la autocracia consolidada. En el espacio incómodo entre el dolor y el alivio se juega, otra vez, el destino político de Venezuela y, en parte, el de toda la región.
La intervención no es una solución: es una salida por las malas a un problema que no se resolvió —o no se quiso resolver— por las buenas. Su única justificación histórica será que no clausure, sino que abra, con rapidez y sin tutela, el camino hacia una democracia venezolana verificable y soberana.
Lo malo es que, por las malas nada es bueno.
Compartir esta nota