La relación entre la religión, la ciencia ciencia y la tecnología ha sido tradicionalmente interpretada bajo el paradigma del conflicto. En esa narrativa dominante, la religión aparece como una fuerza oscurantista, opuesta al progreso racional y al desarrollo científico.
Sin embargo, investigaciones históricas y filosóficas más matizadas han mostrado que dicha lectura resulta empobrecedora. El ensayo de Carlos Muro –De Dios a los robots: la extraña historia entre religión y tecnología– se inscribe en esta revisión crítica. El mismo propone una genealogía cultural compleja donde ciertas matrices religiosas, no solo no obstaculizaron el surgimiento de la ciencia moderna, sino que contribuyeron decisivamente a su posibilidad.
El texto plantea una doble tesis de notable fecundidad teórica. Por un lado, sostiene que el monoteísmo occidental, al desacralizar la naturaleza y concebir el cosmos como un orden racional, creó las condiciones simbólicas para el desarrollo de la actitud científica. Si la naturaleza no es Dios, puede ser objetivada y analizada, milímetro a milímetro. Por añadidura, muestra cómo formas persistentes de animismo cultural reaparecen hoy en nuestra relación con la tecnología, especialmente en el ámbito de la robótica social y la inteligencia artificial.
Ese doble movimiento —desencantamiento y reencantamiento— obliga a repensar la modernidad no como una simple sustitución del mito por la razón, sino como un proceso histórico más ambivalente y paradójico.
A seguidas esbozo esa paradoja, articulándola con aportes fundamentales de Max Weber (1864-1920), Charles Taylor (n. 1931), Marcel Gauchet (n. 1946), Michel Foucault (1926-1984) y Yuk Hui (n.1982), para ofrecer una interpretación filosófica amplia de la genealogía cultural que conecta religión, ciencia y tecnología.
Por medio de esa exposición quisiera pensar en estos días de cuaresma, saturados de conflictos bélicos y de contrapuestos recogimiento en varias de las grandes religiones del mundo civilizado, que la modernidad técnica no puede comprenderse sin atender a sus raíces teológicas y sin reconocer la persistencia de estructuras simbólicas arcaicas reconfiguradas en clave tecnológica.
El monoteísmo como matriz cultural de la ciencia moderna
Uno de los aportes más sugerentes del texto de Muro consiste en señalar que el monoteísmo no solo no impidió el desarrollo científico, sino que, en determinados contextos históricos, lo favoreció decisivamente.
Esa afirmación se apoya en una intuición compartida por numerosos historiadores de la ciencia: la emergencia del pensamiento científico moderno presupuso una concepción del mundo como orden racional, estable y comprensible.
La idea de un Dios único, trascendente y racional permitió pensar la naturaleza como creación y no como divinidad. En términos teológicos, ese desplazamiento supuso una desacralización del mundo y esta abrió el espacio para la observación empírica y la investigación sistemática. Como señala Charles Taylor:
“El cristianismo contribuyó decisivamente a la emergencia de un universo desencantado, gobernado por leyes impersonales, accesibles al conocimiento humano”.
Ese giro cultural fue decisivo.
Allí donde el mundo es concebido como un entramado de fuerzas divinas caprichosas, la búsqueda de regularidades pierde sentido. En cambio, si el cosmos es obra de una inteligencia racional, se vuelve plausible suponer que la naturaleza obedece a leyes estables susceptibles de ser descubiertas. Tal presupuesto, aunque no científico en sentido estricto, constituye una precondición epistemológica de la ciencia moderna.
Max Weber formuló ese proceso bajo la categoría del desencanto del mundo (Entzauberung der Welt). En su análisis, la racionalización progresiva de Occidente implica la sustitución de explicaciones mágicas por interpretaciones técnico-científicas: “El destino de nuestro tiempo se caracteriza por la racionalización, la intelectualización y, sobre todo, por el desencanto del mundo”.
Tal desencantamiento no surge ex nihilo, sino que se apoya paradójicamente en transformaciones religiosas previas. El protestantismo ascético, al eliminar los sacramentos como mediación mágica y enfatizar la relación directa entre individuo y Dios, profundizó esta lógica de racionalización.
Desde otra perspectiva, Marcel Gauchet ha sostenido que el cristianismo es, en sentido histórico, “la religión de la salida de la religión”, pues inaugura un proceso interno de secularización que culmina en la autonomía moderna: “El cristianismo ha sido la matriz espiritual de la emancipación moderna, al separar radicalmente lo divino y lo mundano”.
He ahí la tesis que refuerza el argumento central de Muro: la ciencia moderna no surge contra la religión, sino en gran medida desde su interior, como transformación cultural de largo aliento.
Desencanto y razón instrumental: la ambivalencia moderna
No obstante, el desencanto del mundo tiene consecuencias ambivalentes. Si bien permite el desarrollo científico y tecnológico, también inaugura una relación instrumental con la naturaleza, concebida ahora como objeto de dominio, control y explotación. Weber advirtió tempranamente esta deriva, al señalar que la racionalidad moderna tiende a cristalizar en estructuras impersonales de dominación:
“El ascetismo se propuso actuar sobre el mundo, pero terminó por construir un cosmos económico que hoy determina con fuerza irresistible el estilo de vida de todos los individuos”.
Ese diagnóstico puede extenderse al ámbito tecnológico. La naturaleza, reducida a mecanismo, se convierte en mero recurso. La ciencia deja de ser contemplación del orden cósmico para transformarse en instrumento de control técnico. Como señala Martin Heidegger: “La esencia de la técnica moderna no es algo técnico, sino un modo de desocultamiento que convierte a la naturaleza en fondo disponible”.
En ese punto, el desencanto weberiano revela su rostro problemático: al liberar al mundo de lo sagrado, lo expone a una racionalidad puramente funcional, capaz de reducir toda realidad a cálculo y eficiencia. Este proceso culmina en lo que Horkheimer y Adorno denominaron la razón instrumental, donde la racionalidad se vacía de fines sustantivos: “La razón se convierte en instrumento de dominación cuando pierde su capacidad crítica y reflexiva”.
Así, la modernidad aparece atravesada por una tensión estructural: la emancipación respecto del mito conduce, paradójicamente, a nuevas formas de sometimiento.
Reencantamiento tecnológico y persistencia del animismo
Contra la narrativa lineal del desencanto progresivo, la relación contemporánea con la tecnología revela la persistencia de disposiciones animistas profundamente arraigadas.
La tendencia a atribuir intenciones, emociones y personalidad a máquinas —asistentes virtuales, robots sociales, algoritmos conversacionales— pone de manifiesto una dimensión simbólica que desborda la racionalidad técnica. Como observa Sherry Turkle en su investigación etnográfica sobre la interacción humano-robot: “Las personas no solo utilizan los robots; establecen con ellos relaciones afectivas, proyectando expectativas emocionales que transforman el vínculo tecnológico”.
El fenómeno de referencia adquiere una intensidad particular en el contexto japonés, donde tradiciones sintoístas y animistas configuran una sensibilidad cultural favorable a la personificación de artefactos. Yuk Hui ha mostrado cómo esta cosmotécnica específica genera una relación menos conflictiva con la robótica:
“Las culturas animistas no trazan una frontera rígida entre lo vivo y lo no vivo, lo que facilita la integración simbólica de los robots en la vida social”.
En contraste, el imaginario occidental, profundamente marcado por la tradición judeocristiana y por la ontología dualista moderna, tiende a representar la autonomía artificial como amenaza. Desde Frankenstein hasta la inteligencia artificial apocalíptica del cine contemporáneo, la criatura tecnológica aparece como monstruo, como transgresión del orden natural.
Ese contraste cultural confirma que la tecnología no es culturalmente neutra. Su recepción social depende de imaginarios históricos profundamente sedimentados. En ese sentido, el animismo, lejos de ser un residuo arcaico, reaparece –también hoy– como estructura simbólica capaz de modelar nuestras relaciones con máquinas cada vez más sofisticadas.
Hacia una genealogía cultural compleja
La narrativa ilustrada, al concebir la historia como progreso lineal hacia la razón, tiende a reducir las creencias del pasado a simples supersticiones y errores superados. Sin e, esta lectura ignora la función cultural compleja de las creencias, incluso cuando carecen de validez epistémica estricta.
Hans Blumenberg ha mostrado que los mitos y las narraciones simbólicas cumplen funciones antropológicas fundamentales: “El mito no explica el mundo, sino que lo hace habitable”.
Desde esa perspectiva, tanto el monoteísmo, como el animismo, pueden ser comprendidos no como meros errores, sino como dispositivos culturales de sentido, capaces de modelar actitudes, emociones y disposiciones prácticas que luego se transforman históricamente.
Esa mirada genealógica permite superar la oposición simplista entre razón y mito, ciencia y religión, mostrando que la modernidad técnica es el resultado de una compleja sedimentación cultural.
Como advierte Bruno Latour: “Nunca hemos sido completamente modernos, porque nunca hemos logrado separar del todo naturaleza y cultura, hechos y valores, técnica y simbolismo”.
Conclusión
Carlos Muro ofrece una contribución valiosa para comprender la compleja genealogía cultural que une religión, ciencia y tecnología. Su análisis muestra que el monoteísmo contribuyó decisivamente al surgimiento de la racionalidad científica, mientras que persistencias animistas reaparecen hoy en nuestra relación con la tecnología avanzada.
Lejos de una narrativa lineal de progreso, emerge una historia marcada por tensiones, ambivalencias y retornos simbólicos. El desencantamiento weberiano no suprime el encantamiento, sino que lo transforma. En la era de la inteligencia artificial y la robótica social, esta ambigüedad se vuelve especialmente visible.
Comprender tales mudanzas no es un ejercicio erudito, sino una tarea urgente. De ellas depende nuestra capacidad para construir una relación con la tecnología que no sea puramente instrumental, sino culturalmente consciente, éticamente reflexiva y humanamente habitable porque Dios y los algoritmos no son ajenos ni contrarios entre sí.
Bibliografía
Blumenberg, H. (2003). Trabajo sobre el mito. Barcelona: Paidós.
Foucault, M. (1975). Surveiller et punir. Naissance de la prison. Paris: Gallimard.
Gauchet, M. (2005). El desencantamiento del mundo: una historia política de la religión. Madrid: Trotta.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
Heidegger, M. (1994). Conferencias y artículos. Barcelona: Serbal.
Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (2002). Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta.
Hui, Y. (2016). The Question Concerning Technology in China: An Essay in Cosmotechnics. Falmouth: Urbanomic.
Latour, B. (2007). Nunca fuimos modernos. Buenos Aires: Siglo XXI.
Muro, C. (2026, 2 de febrero). De Dios a los robots: la extraña historia entre religión y tecnología. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2026/02/dios-robots-religion-tecnologia
Taylor, C. (2007). A Secular Age. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Turkle, S. (2011). Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. New York: Basic Books.
Weber, M. (2010). Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus. Ed. Dirk Kaesler. München: C.H. Beck.
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