En artículos anteriores me he referido a la importancia de la cultura en el debate sobre la transición autoritaria y neopopulista que actualmente está afectando a América Latina. Este artículo —el primero de una serie que cubrirá el período 1996-2026— propongo indagar sobre el efecto de la cultura en la transición democrática dominicana.

Con esa intención, partimos de  una hipótesis central: mientras el sistema de partidos dominicano desarrolló, a partir de 1996, un pragmatismo-conservador pactista capaz de resolver los traumas económicos e institucionales mediante pactos y acuerdos entre élites políticas, la cultura política de la sociedad civil se ha polarizado en identidades binarias y esencialistas que pone bajo presión la democracia dominicana.

A esta tensión: trauma social, estabilidad en el relevo político y polarización cultural de la sociedad civil, la llamaremos aquí la paradoja de la democracia dominicana, y será el hilo conductor de esta serie de artículos.

Sin embargo, antes de entrar en el caso dominicano, conviene situar el argumento en su contexto regional y precisar los conceptos que se usarán en el artículo.

Democracia bajo presión: el contexto regional

Los analistas, las encuestas de cultura política y organismos internacionales como el PNUD coinciden en señalar que la democracia en América Latina y el Caribe está bajo presión. Estudios de opinión pública como Latinobarómetro han documentado de forma consistente la pérdida de confianza ciudadana en las instituciones políticas y una caída significativa del apoyo a la democracia.

Como ha destacado el informe del PNUD y diversos analistas, la democracia latinoamericana está siendo amenazada por el déficit de desarrollo humano, la centralización del poder político, la corrupción, el clientelismo, el neopatrimonialismo y la falta de reconocimiento de los derechos de las minorías culturales.

Este terreno de desigualdad social, desconfianza en las instituciones políticas, fragmentación social y polarización cultural en la democracia de la región, ha resultado fértil para que líderes ajenos al sistema (outsiders), movimientos conservadores (religiosos y/o nacionalistas) y ciudadanos indignados por los traumas sociales busquen respuesta en proyectos políticos neopopulistas.

Sin embargo, frente a los autores que han puesto el acento en las crisis económicas y la desconfianza institucional, nos proponemos subrayar la mediación de la cultura: de los discursos de polarización en la transición política entre 1996 y 2026, acentuando las amenazas para la democracia dominicana.

La cultura política como código binario

Este análisis parte de la sociología cultural de Jeffrey Alexander, para quien la cultura política —el conjunto de mitos, rituales, valores, utopías, performances y discursos que comparte una sociedad —no es un telón de fondo pasivo, sino un dispositivo activo de poder que organiza la integración y/o la polarización de la sociedad civil.

De forma que, desde esta perspectiva toda esfera civil se estructura discursivamente a partir de pares de opuestos —lo puro y lo impuro, lo racional y lo irracional, el ciudadano digno de confianza y el que no lo es—. En momentos de estabilidad democrática, estos códigos permiten distinguir entre adversarios legítimos dentro de un mismo juego político. Pero cuando la democracia entra en crisis, el código binario se profundiza, se polariza: el adversario deja de ser un interlocutor válido y pasa a representar el enemigo a destruir.

Esta dinámica es, según nuestra hipótesis, la que ha operado en la sociedad civil dominicana desde 1996: caracterizada por una identidad binaria esencialista —hoy exacerbada por las plataformas y el tribalismo digital —que se expresa sin matices en al menos cuatro registros:

Identidad tribal: "nosotros" contra "ellos".

Identidad étnica: dominicanos frente a haitianos.

Identidad moral: conservadores frente a progresistas.

Identidad política: neoliberales frente a neopopulistas.

En la medida en que el discurso político presenta al oponente no como un rival legítimo, sino como un "enemigo" hace posible que grupos sociales y ciudadanos particulares respalden prácticas autoritarias que erosionan las instituciones democráticas.

La transición democrática de 1996

A partir de 1996 se produce en la República Dominicana la tercera transición democrática después de la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo. Esta ocurre en una coyuntura particular, marcada por cuatro factores: primero, la crisis institucional derivada del fraude electoral de 1994; segundo, la fragmentación social; tercero, el auge del discurso nacionalista-antihaitiano; y cuarto, la alianza del "Frente Patriótico" entre el PRSC y el PLD.

El trauma del fraude electoral de 1994

En el proceso electoral de 1994, el candidato oficialista Joaquín Balaguer (Partido Reformista Social Cristiano) buscaba la reelección tras años en el poder, enfrentando a José Francisco Peña Gómez (PRD), un candidato de origen humilde y ascendencia haitiana.

En ese proceso se produjo un fraude electoral de gran escala, con múltiples irregularidades que incluyeron el cambio de mesas de votación sin previo aviso a miles de militantes y simpatizantes del PRD. El fraude fue confirmado por observadores internacionales, incluido el jefe de la misión de observación de la OEA.

Según investigaciones periodísticas de la época, hubo fallas deliberadamente provocadas en el sistema de conteo de votos: el fraude se caracterizó por la manipulación de las votaciones en el centro de cómputos y por fallas de programación que permitieron la pérdida de resúmenes de actas enviadas por las juntas municipales en complicidad con autoridades de la Junta Central Electoral.

Crisis institucional, fragmentación social y polarización cultural

Como consecuencia del fraude electoral del 94, se produjo una profunda crisis institucional, una fragmentación social y un crecimiento de la polarización cultural que, según crónicas periodísticas del momento, amenazaba con desembocar en protestas masivas y una revuelta civil.

Balaguer contaba con el respaldo de la cúpula militar, la élite empresarial, un sector de la clase media y el campesinado. Peña Gómez, por su parte, se apoyaba fundamentalmente en los trabajadores y los sectores populares urbanos.

El movimiento conservador que respaldaba a Balaguer construyó su estrategia discursiva sobre el nacionalismo/antihaitianismo y la supuesta amenaza que representaba su opositor para la nación: Durante toda la campaña se intensificó una retórica del miedo que buscaba descalificar a Peña Gómez apelando a la agitación de las emociones anti-haitianas. Peña Gómez, en cambio, sostenía una retórica socialdemócrata-progresista que apelaba a la justicia y la democracia social.

Pese a la crisis institucional, la fragmentación social y la polarización cultural, la clase política logró una salida negociada: un pacto que reconoció a Balaguer como ganador, acortó su mandato a dos años —en lugar de cuatro— y convocó nuevas elecciones para 1996.

El Frente Patriótico y las elecciones de 1996

Como resultado directo de ese pacto, en 1996 se celebraron nuevas elecciones. Peña Gómez (PRD) obtuvo el 46% de los votos en primera vuelta, Leonel Fernández (PLD) el 39%, y Jacinto Peynado (PRSC) el 15%.

En la segunda vuelta se selló la alianza entre el PLD (centroizquierda) y el PRSC (extrema derecha), bautizada, no sin ironía, como el "Frente Patriótico". Este pacto se articuló sobre una retórica binaria: Patriotas (nacionalista) y antipatriotas (pro haitiano). Leonel Fernández, respaldado por Joaquín Balaguer, obtuvo el 51.25% de los votos y derrotó a Peña Gómez.

A partir de esta tercera transición democrática, la clase política dominicana estableció —sin necesidad de escribirlo— un acuerdo tácito para resolver los traumas económicos e institucionales a través de los procesos electorales y los pactos entre élites. Ese mismo momento fundacional, sin embargo, consolidó también un pacto cultural conservador que ha limitado la participación ciudadana, la igualdad de las mujeres y los derechos de las minorías culturales en la sociedad dominicana.

Esta es la paradoja de la democracia dominicana: un sistema de partidos que aprendió a pactar y pagar para sobrevivir, y una cultura política que aprendió a polarizar para movilizar a los ciudadanos. En próximos artículos, examinaremos cómo esta paradoja se reprodujo —y se transformó— en los ciclos electorales posteriores.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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