En una de sus primeras declaraciones públicas después de haber sido elegido presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano, hace menos de dos semanas, el obispo Ramón Alfredo de la Cruz Baldera, conocido por sus feligreses como Freddy de la Cruz, ofreció unas declaraciones llenas de respeto y aprecio sobre la necesidad de que la Iglesia católica dominicana ofrezca mayor apoyo a las mujeres en situación de fragilidad.
Hoy, día de San Ignacio de Loyola, quise profundizar en el tratamiento que se da en esta orden religiosa a las mujeres. Encontré que el impulso ofrecido por el papa Francisco a la mayor participación de las mujeres dentro de la administración de la Iglesia católica probablemente no obedece, como yo pensaba, a una valoración positiva que le mereciera su primera supervisora a Mario Jorge Bergoglio, sino a la mezcla de esa experiencia personal con la asunción consciente de una decisión de la Compañía de Jesús que ya tiene más de treinta años de antigüedad.
Los jesuitas toman sus decisiones de importancia a través de Congregaciones Generales, organizadas para decidir cuáles serán las prioridades de la orden en los años por venir y también para definir el relevo institucional. Así, a la par de muchos otros decretos, en la CG 34 del año 1995, convocada por Peter-Hans Kolvenbach, se aprobó el decreto 14, que, entre otras cosas, reconocía que los miembros de esta orden: “Aun sin percatarnos, hemos sido cómplices de una forma de clericalismo que ha respaldado el dominio convencional del varón con una sanción presuntamente divina. Con esta declaración queremos reaccionar personal y corporativamente y hacer lo que podamos para cambiar esta lamentable situación”.
La lectura del decreto revela, adicionalmente, que desde por lo menos dos ediciones anteriores —la CG 32, iniciada en 1974 y convocada por Pedro Arrupe, y la CG 33— los jesuitas habían empezado a llamar la atención sobre esta situación. Y es que, aunque en el mismo siglo XVI hubo una mujer, Isabel Roser, que colaboró con su persona, vida y bienes a la creación de esta orden religiosa, los usos y costumbres de la época incidieron en que el papa Pablo III le revocara el permiso que le había otorgado para la institucionalización de una rama femenina. Poco tiempo después, se necesitó ser hija, viuda y madre de reyes europeos para que una mujer pudiera ser aceptada dentro de la orden. Durante unos breves años posteriores a su viudez, Juana de Austria —hija de Carlos V de Alemania, cuñada de Juana la Loca, viuda de Juan Manuel y madre de Sebastián I de Portugal— tuvo permiso para entrar en la orden de su predilección bajo el nombre falso de Mateo Sánchez. Hasta ahora ella es la única mujer jesuita de la historia. Estoy segura de que habrá espacio para otras.
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