Algo interesante comienza a ocurrirle a la República Dominicana.

Durante décadas estuvimos acostumbrados a recibir recomendaciones, estudios, asistencia técnica y modelos elaborados en otros lugares. Ahora empezamos a escuchar otra pregunta:

¿Qué de la experiencia dominicana podría servirles a otros?

No significa que hayamos resuelto nuestros problemas. Basta mirar la educación, la productividad, los salarios, el ordenamiento de nuestras ciudades, la calidad de algunos servicios públicos o las desigualdades que todavía arrastramos para recordar cuánto nos falta.

Precisamente por eso la pregunta resulta interesante.

No nos la hacen porque seamos un país perfecto.

Nos la hacen porque hemos recorrido ciertos caminos, cometido errores, corregido algunos y acumulado experiencias que empiezan a tener valor más allá de nuestras fronteras.

La semana pasada, cuando la República Dominicana asumió en Santiago la presidencia de la CEPAL hasta 2028, su secretario ejecutivo, José Manuel Salazar-Xirinachs, señaló que existen experiencias dominicanas que merecen estudiarse y compartirse con otros países de América Latina y el Caribe.

No es poca cosa.

Durante mucho tiempo nuestra relación con los organismos internacionales consistió, comprensiblemente, en escuchar diagnósticos sobre nosotros mismos. Hoy comienza a producirse también la conversación inversa.

¿Qué hicimos?

¿Qué funcionó?

¿Qué no funcionó?

¿Qué aprendimos?

Y, quizás la pregunta más útil de todas:

¿Qué haríamos diferente si tuviéramos que comenzar otra vez?

Eso ya no es recibir una receta.

Es compartir experiencia.

La diferencia importa.

Una receta pretende decir lo que debe hacerse. Una experiencia cuenta lo que ocurrió cuando alguien intentó hacerlo en determinadas circunstancias, con recursos limitados, instituciones imperfectas y personas que no siempre pensaban igual.

El otro decide después qué parte le sirve.

Hay campos en los cuales la República Dominicana dispone de bastante material para esa conversación.

Nuestro desarrollo turístico, por ejemplo, no siguió un libreto perfectamente diseñado desde el principio. Aprendimos observando otros destinos, adaptando experiencias ajenas y resolviendo problemas propios. Algunas decisiones funcionaron. Otras hubo que cambiarlas.

Hoy lo importante no sería decirle a otro país cómo desarrollar su turismo, sino poder explicarle qué aprendimos durante medio siglo haciéndolo.

Lo mismo puede decirse de las zonas francas, de determinados mecanismos de promoción de inversión, de nuestra conectividad aérea, de algunas experiencias de colaboración entre sectores público y privado o de la manera en que hemos ido construyendo espacios de conversación entre empresarios, trabajadores, Gobierno, universidades y organizaciones sociales.

Nada de eso constituye una fórmula universal.

Mucho menos un motivo para sentirnos superiores a nadie.

Pero sí constituye experiencia.

Y la experiencia tiene valor cuando se estudia con suficiente honestidad para incluir también sus fracasos.

Quizás allí esté una de las diferencias entre un país que solamente imita y otro que comienza a madurar.

Primero aprendemos mirando afuera.

Después adaptamos.

Con el tiempo algunas respuestas adquieren características propias.

Y un día descubrimos que alguien quiere saber cómo llegamos hasta allí.

No porque hayamos llegado al final.

Sino porque recorrimos un trecho que otro apenas comienza.

Esta semana hemos visto otras señales de una República Dominicana que participa con mayor frecuencia en espacios donde no se espera solamente que escuche.

El país fue reelegido para integrar el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas durante el período 2027-2029. El presidente Luis Abinader participó en Praga en conversaciones sobre democracia e instituciones. La presidencia de la CEPAL coloca además a la República Dominicana durante dos años en una posición desde la cual tendrá que contribuir a organizar discusiones regionales y acercar posiciones distintas.

Se pueden tener opiniones diferentes sobre cualquier gobierno y sus políticas.

Eso es normal.

Lo que me interesa trasciende a quienes actualmente ocupan los cargos.

Un país que comienza a ser escuchado adquiere también nuevas obligaciones.

Porque sentarse a la mesa como interlocutor exige algo más que exhibir logros.

Obliga a examinar las propias contradicciones.

No podemos hablar de instituciones si no fortalecemos las nuestras.

No podemos elogiar la capacidad de alcanzar acuerdos si después incumplimos lo convenido.

No podemos presentar el crecimiento como experiencia exitosa si olvidamos preguntarnos quiénes participan de sus beneficios y quiénes todavía esperan.

En cierto sentido, comenzar a enseñar algo obliga a seguir aprendiendo.

Quien alguna vez ha tenido que explicar a otro aquello que cree saber conoce esa sensación. Al ponerlo en palabras descubre vacíos, excepciones y preguntas que antes no había visto.

Me ocurrió muchas veces con los idiomas.

Hay un momento en el aprendizaje en que dejamos de traducir palabra por palabra. Comenzamos a pensar dentro de la nueva lengua. Pero precisamente cuando creemos dominarla aparece una expresión, una variante o una situación que nos recuerda que todavía seguimos aprendiendo.

Los países quizás no sean tan diferentes.

Durante mucho tiempo América Latina recibió soluciones concebidas lejos de nuestras realidades. Algunas nos ayudaron enormemente. Otras funcionaron peor porque habíamos confundido copiar con adaptar.

Una sociedad no es una máquina a la cual pueda cambiarse una pieza esperando siempre el mismo resultado.

Cada país tiene su historia, instituciones, cultura, recursos, contradicciones y maneras de relacionarse.

Por eso me parece saludable que la cooperación internacional vaya dejando de funcionar exclusivamente en una dirección.

No solamente del Norte hacia el Sur.

Ni del grande hacia el pequeño.

Ni del rico hacia quien aspira a enriquecerse.

También entre sociedades que enfrentan problemas semejantes, aunque hayan encontrado respuestas diferentes.

Un país pequeño puede haber aprendido algo antes que uno grande.

Una región pobre puede haber encontrado una solución que interese a otra más rica.

Una institución imperfecta puede haber resuelto bien un problema específico.

Y una experiencia exitosa en determinado contexto puede resultar inútil en otro.

La igualdad entre socios no consiste en fingir que todos tienen las mismas capacidades.

Consiste en reconocer que todos pueden tener algo que aprender y algo que aportar.

Quizás esa sea una posición especialmente interesante para la República Dominicana.

Durante mucho tiempo tuvimos razones para mirar afuera buscando conocimiento, capital, mercados y oportunidades.

Todavía las tenemos.

Sería absurdo dejar de hacerlo.

Pero también sería una forma de inseguridad continuar suponiendo que todo conocimiento importante necesariamente tiene que venir de otra parte.

Hay que estudiar nuestras propias experiencias.

Documentarlas.

Compararlas.

Preguntarnos por qué unas funcionaron y otras quedaron a medio talle.

Separar aquello que dependió de circunstancias excepcionales de lo que verdaderamente puede repetirse.

Y compartirlo sin presentarlo como verdad revelada.

No necesitamos convertirnos en maestros.

Tampoco necesitamos proclamarnos modelo.

Un modelo suele invitar a ser copiado.

Una experiencia invita a ser examinada.

Prefiero lo segundo.

Quizás nuestra mejor contribución pueda ser llegar a una mesa y decir: esto intentamos; aquí nos equivocamos; esto tuvimos que corregir; aquello resultó mejor de lo que esperábamos; esto otro todavía no sabemos resolver.

Después escuchar lo que hicieron los demás.

Porque compartir no debería ser el final del aprendizaje.

Puede ser otra manera de continuarlo.

Tal vez allí comience una relación más madura con el mundo.

No cuando dejamos de necesitar a otros.

Ni cuando suponemos que tenemos respuestas para ellos.

Sino cuando podemos llegar a una conversación con la modestia de quien sabe cuánto le falta todavía por aprender y la tranquilidad de reconocer que también trae consigo alguna experiencia que puede ser útil.

Quizás eso sea comenzar a relacionarnos con el mundo verdaderamente entre iguales.

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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