¿Les ha merecido la pena pensar en los últimos años de personas que admiran o cuyos nombres les resultan familiares? La investigación que me ocupa en estos meses me ha obligado a releer y a leer por primera vez algunas obras de Sartre. En esa actividad encuentro muchos Sartres ocultos detrás de La náusea y de la Crítica de la razón dialéctica, para señalar solamente dos obras muy diferentes entre sí: Sartres desconocidos por mí y por personas que lo aman o lo adversan. Al menos yo tanto lo teorizo como lo vivo, pues su filosofía te inocula de vida humana. La libertad, la mala fe, lo práctico-inerte y la pérdida del significado habitual de las cosas al captar su contingencia adquieren para mí una fuerza distinta cuando los siento sanguíneamente en el movimiento corporal diario.

Las entrevistas, sobre todo las últimas, muestran algo de lo que acabo de decir: una buena filosofía tiene olor a cotidianidad. El drama humano, las búsquedas del otro, las resistencias a quedar convertida en objeto, el éxtasis musical y la interrogación al tiempo revelan la existencia en lo que parece nimio. En esas conversaciones aparece el Sartre de los últimos años, que habla de la vejez, el dinero, la música, sus amistades, la política, Simone de Beauvoir y la proximidad de la muerte. No abandona sus problemas filosóficos: los encontramos atravesando una vida concreta.

Ese Sartre aparece especialmente en Autorretrato a los setenta años, las conversaciones con Michel Contat que leo en la edición de 1977. Me interesa porque aquí el filósofo no está concentrado solamente en construir sus teorías, en ajustar esos «zapaticos» conceptuales que discutía con su compañera. Mira hacia atrás y habla de sí mismo con una franqueza que permite reconocer, en una vida extraordinaria, preocupaciones bastante comunes.

Durante décadas había ocupado un lugar central en la intelectualidad francesa. Sin embargo, Contat le plantea en la página 68 algo difícil de recibir para un pensador entrado en años: el escenario intelectual ya no era el mismo; Deleuze y Foucault podían estar siendo más leídos que él entre las nuevas generaciones. Sartre estaba vivo y podía presenciar el desplazamiento de su propia influencia. Me inquieta más que a él, al parecer, pensar que parte de la juventud ya no lo leía. Unos años antes su filosofía se enseñoreaba entre políticos y jóvenes contestatarios y había dominado buena parte de la discusión filosófica francesa de la posguerra.

Pero Sartre seguía ahí, incluso en las discusiones que buscaban apartarse de él. Su pensamiento permanecía como interlocutor, a veces declarado y otras veces implícito, mientras nuevos nombres y teorías ocupaban el primer plano. Así se ha mantenido durante años, entre adhesiones y rechazos, en esa relación de amor y odio que tantas obras decisivas provocan. No considero que su vigencia dependa de conservar intacto el lugar que tuvo en otro momento: también se reconoce en la necesidad de seguir discutiéndolo.

En 2024 se publicó precisamente Volver a Sartre: 80 años de El ser y la nada, volumen colectivo editado por Alan Patricio Savignano y Thaís de Sá Oliveira. Por los trabajos de Savignano siento una admiración que me entusiasma expresar. La riqueza conceptual de este estudio, que examina con seriedad la actualidad y diversidad del pensamiento sartreano, no tiene precio. Las filosofías también tienen eclipses y regresos. Y volver a una filosofía exige volver a preguntarnos qué permite comprender hoy, sin convertir el regreso en obediencia.

Esa pregunta me devuelve a la entrevista, donde el filósofo se enfrenta a problemas muy concretos. Su visión estaba gravemente deteriorada. Había perdido casi toda la del ojo derecho desde la infancia y, en sus últimos años, el daño en el izquierdo le impedía leer y trabajar como antes. Reconoce que ya no puede escribir en las condiciones que exige su oficio, aunque todavía puede hablar. La conversación sustituye parcialmente a la escritura. Discute y trabaja con personas más jóvenes, entre ellas Pierre Victor y Philippe Gavi, cuya presencia lo pone en contacto con otras experiencias y preguntas.

Sartre sigue pensando, pero sería injusto presentar ese cambio como una adaptación sin pérdidas. Para alguien que había construido una obra inmensa escribiendo, no poder leer ni corregir sus textos alteraba profundamente el trabajo intelectual. La palabra hablada no le proporcionaba el mismo dominio sobre la frase, la revisión y el ritmo del pensamiento. En La ceremonia del adiós, Simone de Beauvoir permite acercarnos también a esa tensión entre el deterioro corporal y el deseo de continuar una actividad intelectual. Cambia la forma de trabajar, y el cambio tiene un costo.

Me lo imagino muerto de risa ante la pasión rosa que envuelve algunos discursos sobre las personas mayores. Sartre necesita asumir la facticidad del cuerpo, pero no embellece la vejez. No encontramos el discurso fácil según el cual envejecer es necesariamente una etapa maravillosa, llena de serenidad y sabiduría. Habla de las pérdidas, de las limitaciones y de un porvenir que se estrecha. Y, sin embargo, en estas conversaciones no parece vivir obsesionado ni atormentado por la muerte. Lo dice sin grandes ceremonias, reconociendo también que una obra puede quedar inconclusa. Querer seguir pensando no cancela el cuerpo que envejece.

Me sorprende encontrar, además, a un Sartre melómano, mucho más cercano a experiencias cotidianas de lo que suele imaginarse. Sus gustos no consistían simplemente en obedecer el prestigio de los grandes nombres. Habla del jazz y expresa opiniones provocadoras sobre la música clásica. En la página 81 cuestiona la sinfonía, y ni Beethoven queda protegido de su juicio. Pero esto no significa que desconociera o rechazara toda su música: había tocado sus sonatas al piano. Me interesa esa libertad de gusto, que no parece sentirse obligada a admirar una obra solamente porque la cultura hubiera establecido que debía admirarse.

También he encontrado referencias al entusiasmo que despertó en él La Lupe, nuestra conocida Yiyiyi. No afirmaría, sin una fuente más precisa, que fuera una de sus cantantes preferidas. Pero el encuentro entre ese filósofo y una intérprete tan poco dócil a las convenciones resulta sugerente. No quiero convertir una preferencia o una ocurrencia en una teoría estética sartreana: quiero reconocer que su vida musical tenía matices que no caben en la imagen solemne del autor de El ser y la nada.

Recuerden su crítica al espíritu de seriedad: esa actitud que trata los valores como si estuvieran dados en las cosas, al margen de la libertad humana. Sus gustos musicales no demuestran esa teoría, pero me invitan a pensar en ella. En las conversaciones aparece asimismo su relación con los conciertos, las visitas y la sociabilidad. En los últimos años apenas visitaba a nadie fuera de sus amistades próximas. Su pasión por comprender a las personas no lo convertía necesariamente en alguien deseoso de multiplicar los encuentros sociales.

Desde la juventud, Sartre y Simone habían formado lo que llamaban «la familia», un círculo de amistades entrañables. En ese mundo Simone de Beauvoir ocupa un lugar único hasta el final de la vida de Sartre. Él no explica su importancia solamente por una formación filosófica comparable a la suya. Fue su interlocutora privilegiada. Antes de que El ser y la nada estuviera escrito, discutía con ella las ideas que iba elaborando. Poder someterlas a una conversación exigente constituía una suerte excepcional.

A mí me entusiasma aclararlo porque durante demasiado tiempo se presentó a Beauvoir casi como acompañante del gran filósofo, como su musa o su discípula. Por suerte, esa imagen se sostiene cada vez menos a medida que se estudia su pensamiento propio. Da risa evocar la expresión tan repetida en suelo dominicano: «Detrás de un gran hombre hay una gran mujer». Beauvoir fue una filósofa y, además, la interlocutora con la que Sartre puso a prueba muchas ideas, confrontándolas con preguntas y elaboraciones de ella. Para reparar ese error histórico, esa violencia epistémica, hay que colocar a Simone a su lado y no detrás de él, y leerla también por sí misma.

También aparece algo que a primera vista parece mucho menos filosófico: el dinero. John Huston le pidió trabajar en un proyecto cinematográfico sobre Freud. En la página 110 le preguntan si aceptó porque necesitaba dinero. Su respuesta deja ver una situación bastante cotidiana: había descubierto que no disponía de la cantidad que suponía tener. Me divierte encontrar al gran filósofo de la libertad haciendo cuentas y ocupándose de un saldo bancario. El desapego no lo eximía de necesitar dinero.

Sartre tuvo una relación poco posesiva con él. Gastaba, ayudaba y daba a otras personas, aunque eso no significa que entregara todo lo que recibía ni que jamás comprara cosas para sí. La acumulación material no parece haber sido una de sus grandes preocupaciones. Me asombra también leer acerca de la ayuda económica que mantuvo con mujeres con quienes había tenido relaciones amorosas, incluso después de terminadas esas relaciones. Esa generosidad forma parte de su vida, aunque no baste para juzgar todas sus relaciones ni para convertirlas en modelos intachables.

La política aparece inevitablemente. Sartre intervino durante muchos años en conflictos como los de Argelia y Cuba, y frente a la invasión de Checoslovaquia. No todo fueron aciertos: cometió errores y revisó posiciones. En la página 195 le preguntan si había sido siempre sincero políticamente. Su respuesta distingue, según la leo, entre equivocarse y sostener conscientemente algo contrario a lo que se piensa. Reconoce dudas y vacilaciones, pero niega haber defendido deliberadamente una posición en la que no creyera. Esa afirmación sobre sí mismo no lo absuelve de sus errores, pero obliga a distinguir entre el error político y la mentira consciente.

Tampoco conviene identificar automáticamente esa mentira con la mala fe sartreana, que plantea un problema más complejo: la posibilidad de ocultarnos a nosotras mismas algo de nuestra libertad o de nuestra situación. En relación con mayo de 1968, reconoce que al principio no había comprendido del todo qué querían las personas jóvenes ni cuál podría ser el papel de las generaciones mayores. No es una confesión insignificante en un intelectual que había opinado intensamente sobre los acontecimientos de su tiempo. También él tuvo que aprender a escuchar lo que no había anticipado.

Conmueve oírlo sopesar la dureza o la liviandad de su vida. En la página 129 le preguntan si la vida había sido buena con él, y responde afirmativamente. No encuentra demasiado que reprocharle. Le permitió conseguir muchas cosas que había querido, pero también descubrir que algunas no eran finalmente tan importantes como había pensado. Me interesa esa ironía sobre el valor poco sólido que encontramos a veces en personas o cosas después de haber perseguido, incluso con mucho trabajo, nuestros deseos. Obtener al fin algo o los afectos de alguien puede hacernos descubrir que la promesa del deseo era mayor que la experiencia de alcanzarlo.

Esa respuesta me recuerda a Proust y a Swann, cuando comprende que había sufrido por una mujer que ni siquiera era su tipo. Conseguir lo que deseamos puede servir también para descubrir el valor real de nuestros deseos. No por eso todo deseo es inútil ni toda relación termina en decepción. Pero la filosofía se vuelve cotidiana cuando nos permite reconocer esa distancia entre lo que esperábamos de algo y lo que vivimos al obtenerlo.

Finalmente, asombra a quien desconoce la mina ética que contiene el pensamiento de Sartre encontrar, detrás de estas pequeñas escenas, una preocupación persistente por las demás personas. La frase «el infierno son los otros» no significa que toda relación humana sea infernal: permite interrogar aquellas relaciones en las que quedamos atrapadas en una mirada ajena. Esa cuestión no anula su pasión por comprender a las personas. La atraviesan su psicoanálisis existencial y sus grandes estudios sobre Baudelaire, Genet y Flaubert. Quería comprender qué hace una persona con aquello que su infancia, su cuerpo, su clase, su época y las demás personas han hecho de ella.

En julio de 2024 estuve en París con mi hija y fui al cementerio de Montparnasse. Visité la tumba compartida de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Yo había pasado una parte importante de mi vida leyendo, enseñando, aceptando, discutiendo y hasta peleando intelectualmente con esos dos pensamientos. Al regresar ahora al Sartre viejo, casi ciego, todavía polémico, hablando de Beethoven, del dinero, de política, de la juventud, de Simone, de la vejez y de la muerte, comprendo de otra manera aquella visita.

Volver a Sartre no consiste en convertirlo otra vez en autoridad ni en ocultar sus errores. Significa leerlo desde nuestro tiempo, con lo que hoy sabemos, y volver también a Simone. En lo que me queda de vida seguiré regresando a Sartre, porque en su filosofía nunca vi la promesa de una existencia sin límites ni fracasos. Hasta el final me acompañará una interrogación sartreana, pesada pero vigente: ¿qué hago con aquello que la vida ha hecho y hace de mí?

Referencias

Beauvoir, S. de. La ceremonia del adiós. [Edición utilizada por la autora; datos bibliográficos incompletos].

Sartre, J.-P. (1977). Autorretrato a los setenta años: Situations X (J. Schvartzman, trad.). Losada.

Savignano, A. P., & de Sá Oliveira, T. (Eds.). (2024). Volver a Sartre: 80 años de El ser y la nada. RAGIF Ediciones.