Muchos lectores tuvimos que consultar varios medios informativos para convencernos de que la noticia que circulaba en las redes sociales no era un bulo: el secretario de Guerra de los Estados Unidos anunciaba la transmisión en directo de una ejecución. 

El condenado es Nidal Hasan, psiquiatra militar responsable de la matanza de trece personas en Fort Hood, Texas, en 2009. Su ejecución está prevista para el 3 de diciembre de 2026. Aunque el Pentágono anunció sus planes de transmitirla y el presidente Donald Trump declaró inicialmente haberla aprobado, posteriormente afirmó que todavía tomaría una decisión definitiva sobre la transmisión, reconociendo que existían argumentos a favor y en contra. Al momento de escribir este artículo, la transmisión sigue sin estar confirmada definitivamente. 

La sola posibilidad me resultó difícil de asimilar. Imaginé la escena: estamos en nuestras oficinas, frente a la computadora, y la imagen aparece en la pantalla. Podemos verla, guardarla, enviarla. Quizás venga acompañada de un anuncio publicitario de Temu. Después contestamos un correo electrónico o felicitamos a un amigo de Facebook por su cumpleaños. 

Sentí el impulso de regresar a las páginas de Vigilar y castigar (1975), de Michel Foucault. Recordaba el suplicio de Damiens con el que comienza el ensayo. Es una de esas páginas que cuesta leer y que, sin embargo, resulta difícil olvidar. En ella, el cuerpo del condenado se convierte en el escenario donde la autoridad exhibe su fuerza. La muerte había que mostrarla. 

Foucault examina el sentido de aquellas ceremonias públicas. Ante una multitud, el castigo debía producir temor, obediencia y la certeza de que el soberano conservaba el derecho de disponer de la vida de sus súbditos. El condenado recibía el castigo; los espectadores, una advertencia. 

Pero aquellas ceremonias encerraban una contradicción. La multitud congregada para reconocer la autoridad podía volverse contra ella. El condenado podía despertar compasión; el verdugo, provocar indignación. El espectáculo destinado a confirmar el orden podía terminar convertido en una manifestación de rechazo. El poder organizaba la ejecución, pero no podía disponer de la conciencia de todos los que acudían a verla. 

Esa advertencia me hizo pensar en nosotros, los espectadores del siglo XXI. La multitud estaría dispersa por el mundo, contemplando una ejecución desde sus dispositivos. Podríamos compartir la indignación, organizarnos para protestar, exigir explicaciones. También podríamos cerrar el video, seguir con lo nuestro y verlo más tarde. Tendríamos la posibilidad de interrumpir la imagen y regresar a ella, aunque la muerte que muestra sea irreversible. 

Lo que ocurre una sola vez en el cuerpo de una persona quedaría disponible para innumerables reproducciones. Podríamos recortarlo, comentarlo, incorporarlo a otras imágenes. Me inquieta esa distancia entre la gravedad del hecho y la facilidad con que podríamos manejar su representación. 

Mientras leía a Foucault, otra imagen se abrió paso en mi memoria: el Muro de El cuento de la criada (1985), de Margaret Atwood. La novela transcurre en Gilead, una dictadura teocrática instalada en los Estados Unidos del futuro. Su narradora, Defred, vive sometida a un régimen que dispone de su cuerpo y restringe su libertad. 

En el Muro, las autoridades dejan expuestos los cuerpos de los ejecutados, con el rostro cubierto y carteles que indican los delitos que les atribuyen. Allí permanecen, a la vista de quienes pasan. Los muertos se convierten en advertencias para los vivos. 

Defred nos acerca a la incertidumbre de quien mira y teme, de quien intenta reconocer algo y, al mismo tiempo, protegerse de lo que podría encontrar. Aquellos cuerpos forman parte del mundo por el que no le queda más remedio que moverse. La amenaza permanece mientras la vida continúa. 

Es ahí donde descubrimos la fuerza de la literatura: A pesar haber cerrado ese libro hace años, aquel Muro se quedó conmigo. Esta noticia me devolvió a él y me hizo advertir algo a lo que no le había prestado suficiente atención: el poder de la exhibición también está en su permanencia, en la obligación de aprender a convivir con ella. 

La ejecución termina, pero la exposición continúa. En nuestras pantallas, las imágenes podrían circular mucho después de la muerte del condenado. La plaza pública se multiplicaría, aunque ya no compartiríamos necesariamente un lugar ni una misma experiencia de lo que vemos. 

¿Qué ocurre cuando esa imagen encuentra su sitio entre todas las demás? No hace falta que dejemos de sentir horror para que se vuelva cotidiana. Podemos desaprobarla y acostumbrarnos a que esté disponible. Podemos conmovernos y continuar. Quizás la banalización comience en esa convivencia: cuando aceptamos que la muerte de una persona pueda circular bajo las mismas condiciones que cualquier otro contenido. 

Foucault me obliga, sin embargo, a desconfiar de una conclusión demasiado sencilla. Hacer visible la violencia también permite denunciarla. Una imagen puede contradecir la versión de quien ejerce el poder, despertar solidaridad o convertirse en una prueba contra él. La exposición no tiene asegurada la obediencia de sus espectadores. 

Pero tampoco nuestra indignación tiene asegurado su efecto. En La sociedad de la transparencia, Byung-Chul Han describe al habitante del panóptico digital como víctima y actor a la vez. Su reflexión me incomoda: mi rechazo también puede convertirse en información para las plataformas. Y, si comparto las imágenes para denunciarlas, puedo contribuir a ampliar su audiencia. Nuestra intención importa, pero no determina por completo lo que ocurrirá con aquello que ponemos a circular. 

Volvamos entonces al principio. Si la sentencia ya establece el castigo, ¿qué añadiría la decisión de transmitirlo? ¿Qué se esperaría de nuestra presencia? Hacer visible la actuación del Estado puede permitir su escrutinio; organizar una ejecución para una audiencia también puede convertir esa visibilidad en una demostración de fuerza. La cuestión exige examinar quién muestra, con qué propósito y qué lugar nos ofrece como espectadores. 

Matar a trece personas es un crimen atroz que debe ser castigado. Reconocerlo no resuelve la pregunta por los límites del castigo. La culpabilidad de una persona no convierte cualquier trato hacia ella en legítimo. Cuando hablo de dignidad, pienso en ese límite: en lo que una sociedad se impide hacer incluso frente a quien ha cometido los crímenes más graves. Ese hombre también puede tener padres, hermanos, una esposa, hijos. ¿Acaso ellos también merecen la humillación de saber que la muerte de un ser querido se ofrece como espectáculo? 

La dignidad perdería su sentido si dependiera de nuestra simpatía por quien la reclama. Su exigencia resulta especialmente difícil cuando se trata de alguien que nos provoca repulsión. Independientemente de nuestra posición ante la pena de muerte, queda por responder qué autoriza a convertir los últimos momentos de una persona en un espectáculo. 

A las sociedades les cuesta generaciones establecer límites al ejercicio del poder. Me inquieta que podamos debilitarlos mientras creemos estar simplemente mirando un contenido de las redes sociales. 

Lecturas recomendadas 

Foucault, Michel. Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Publicada originalmente en 1975.  

Especialmente la primera parte, «Suplicio». 

Atwood, Margaret. El cuento de la criada. Publicada originalmente en 1985. 

Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Publicada originalmente en alemán en 2012; edición en español de 2013. 

Yulissa Álvarez Caro

Escritora

Yulissa Álvarez Caro es escritora y gestora cultural dominicana, cofundadora y directora ejecutiva del Festival Internacional de Literatura Mar de Palabras. Promueve programas de mediación lectora y apreciación literaria que fomentan la sensibilidad y el pensamiento crítico. Sus cuentos, publicados en antologías y revistas literarias, exploran la memoria, la fragilidad de los afectos y las fisuras de la vida cotidiana.

Ver más