Llegamos este sábado 5 de abril a otro Día Nacional del Periodista bajo la trampa de un asfixiante esnobismo tecnológico y una implícita lucha intergeneracional que allana el camino a los mitos y contribuye al ocultamiento de la sola verdad: una grave crisis ética y de calidad en los contenidos puestos en escena a contracorriente de los preceptos de la profesión y del derecho de la sociedad a recibir información veraz y oportuna para adoptar decisiones en la cotidianeidad.

La queja permanente sobre cualquierización y desdibujamiento del periodismo es muy real, pero no nos libra de culpas por cuanto un segmento importante de  profesionales del área –conscientes o no-  ha optado por seguir el coro del poder montándose en el carrito de la superficialidad bajo la falsa premisa de que a los públicos de hoy no les gusta leer y, por tanto, deben ofrecerles la basura mediática al gusto.

Se ha olvidado de repente una máxima fundamental de la carrera de comunicación: “A la gente no hay que darle lo que le gusta, sino aquello que necesita para cambiar”.

El emplazamiento irresponsable de unos cuantos que han optado por presentarse como protagonistas de las noticias en vez de acogerse al pensamiento crítico y servir a los demás, se ha convertido en un bumerán que afecta a la totalidad en tanto en cuanto la credibilidad ha sido herida de gravedad.

Como resultado de esa situación a tono con un burdo ejercicio de manipulación, tenemos la devaluación de la profesión con la intrusión disciplinas afines enmascaradas (propaganda, relaciones públicas, promoción y publicidad); las opiniones encubiertas en el declaracionismo, el denuncismo y las notas de prensa en espacios pretendidamente informativos; la exclusión de la agenda de los subgéneros que obligan a la investigación, documentación, explicación y puesta en perspectiva de los hechos; y la imposición de una narrativa sosa, monótona, poco atractiva, donde las comunidades no se ven reflejadas.

Y, como lo ligero y rutinario es la norma y lo extraño la contextualización de los hechos, cualquiera puede ser actor y hasta protagonista de una profesión que, empero, dada la complejidad del mundo de hoy, requiere sólida formación académica.

Así han propiciado la incursión de cualquier cantidad de advenedizos, pero también con títulos, hambrientos de enriquecimiento y sin una pizca de responsabilidad social respecto de las necesidades de los “sin voz”, los “nadie”.

Con esa apuesta a la enajenación colectiva también ha venido una presión a los salarios hacia abajo, la incertidumbre en cuanto a empleabilidad y, como consecuencia, un derrumbe en la matrícula de discentes en la carrera universitaria.

Quienes llegan a lo digital desde lo análogo en el mundo de la comunicación han podido aquilatar el valor de los cambios tecnológicos en cada momento, pero sin emborracharse y caer en la tentación del endiosamiento (tecnofilia), ni en la condición de apocalípticos (tecnofobia).

El ser humano, desde de su génesis, ha creado tecnologías para facilitar la realización de sus actividades conforme las circunstancias. Cada tecnología ha sido “de última” en cada época.

Solo piense en el roce de piedras para producir candela, el cuerno para comunicar mensajes y en las varas usadas por los nativos para pescar.

Cuando en Pedernales asistía día tras día al instituto Santo Tomás de Aquino (de los hijos de Pérez Rocha y Evarista) para agotar una hora de mecanografía en viejas maquinillas Olympia y Remington, hasta pasar un examen con las letras de las teclas tapadas con tape y sentir orgullo de escribir 60 y hasta 70 palabras por minuto, usando todos los dedos y sin mirar el teclado, me desbordé en emociones. ¡Cuánto me ha servido en el uso de la “maquinilla moderna” (computadora)!

Igual alegría cuando la exigente profesora de segundo grado Firgia Maritza Méndez Fernández (Tismary), fallecida luego junto a su esposo en un accidente en la carretera Duarte, me presentaba como modelo de mejor caligrafía del curso.

Y cuando recibía aplausos y halagos desde que, 1977, hice mis pinitos en Radio Pedernales, primera emisora del pueblo, que en cabina tenía dos platos y sus brazos para tocar discos en 33 y 45 revoluciones por minuto (RPM), los carretes y las caseteras para los anuncios y algunas canciones.

En la capital, seguí emocionándome en cada estación donde laboraba (Radio-Radio, HIZ, Radio Cristal, Cadena Brea Peña, Onda Musical, RPQ, Radio Unión, Eco (hoy Estrella 90), Radio Mil, Radio Popular, Radio UASD) al trabajar con la tecnología análoga y luego ver los cambios hacia lo digital.

Y lo mismo en cada periódico, desde el Hoy (1988), tecleando en la Olympia para terminar semblanzas y crónicas para la sección Temas, hasta cruzar a la fundación del diario El Siglo, pionero de la digitalización de la información periodística en la República Dominicana, pasar por Última Hora, Listín Diario, volver a Hoy, dirigir uno de los primeros multimedios, Opción Final (ya desaparecido).

La industria ha seguido creando tecnologías de la información y la comunicación para resolver necesidades cada vez demandantes del mundo globalizado.

En las cabinas de radio se nota el minimalismo. Ya no hay platos ni casetes ni las grandes discotecas con 3 mil y 4 discos long play y pequeños, ni  los grandes transmisores de tubos. En  la TV, las cámaras y los estudios están lejos del gigantismo de antes. En los periódicos todo está digitalizado. Radio, televisión y periódicos convergen en la Internet, conviven con redes sociales (RRSS) y demás.

Nos repiten hasta el cansancio que hoy estamos hipercomunicados gracias a los avances gigantescos de las tecnologías. ¿No será hiperinfoxicados?

Por lo pronto, resulta cuestionable el mito de que los periodistas de antes eran “santos” y mucho mejores que los de ahora. Antes hubo corruptos “buscavida”, farsantes, calieses, negreros, socialmente indolentes y escribemalo; ahora también. Antes, hubo estrellas, aunque no muchas; ahora también, tal vez más. Basta con una mirada a textos en los archivos. Abunda mucha basura y escasez de manejo decoroso de los géneros periodísticos.

Reprochable la guerrita sistemática de muchos noveles frente a los “viejos” y la idea de que la tecnología es equivalente automático de calidad de los contenidos mediáticos, como si bastara con poseerla y no usarla para beneficio de la profesión y de la sociedad. En el fondo, esa actitud deviene en apuesta a perder el tiempo.

Con tantas facilidades para investigar y realizar excelentes trabajos, ¿es mejor la producción periodística puesta en escena en los diferentes medios de información? ¿Qué tal el abordaje de los subgéneros periodísticos de segundo nivel, como reportaje, relato interpretativo, análisis, perspectiva? ¿Qué tal la ética, la narrativa, la responsabilidad social y la sensibilidad respecto de los “hijos de Machepa en suburbios y comunidades segregadas del país? ¿Qué nivel de visibilización tienen y cuáles temas predominan?

El día nos halla con muchos desafíos. En los medios tradicionales aún hay brechas aprovechables, y en  el ciberespacio, las oportunidades son enormes.

Desde la profesión se puede hacer negocio y servir a la comunidad, si la profesionalidad, el pensamiento crítico y la ética nos guían. La autocrítica y la unidad no caen mal en esta circunstancia de erosión de la credibilidad.

La sociedad urge del periodismo responsable generalizado, que no soez como la moda. Experimentemos. No sobra tiempo para nimiedades.

EN ESTA NOTA

Tony Pérez

Periodista

Periodista y locutor, catedrático de comunicación. Fue director y locutor de Radio Mil Informando y de Noticiario Popular.

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