El origen del poema en prosa se remonta –según Charles Baudelaire —al poeta francés Aloysius Bertrand (1807-1841), como el iniciador de esta forma poética. Este hecho acontece durante el inicio del romanticismo: supone la destrucción de su forma poética tradicional. De ese modo, la esencia poética se libera de la forma –es decir: de la expresión–, al poner en entredicho, la distinción entre prosa y poesía, verso y prosa. Posterior al movimiento romántico, la lírica francesa inicia un proceso de apertura a nuevos registros expresivos: clausura de la métrica y de la rima, producto del imperio de la horma tradicional. Tanto en Baudelaire como en Bertrand hay, en efecto, una búsqueda de un lenguaje poético personal, y de ahí la génesis y el desarrollo como subgénero. Podría deducirse que Bertrand es el precursor de esta vertiente poética, constituyéndose en inspirador de Baudelaire, antes de que el simbolismo hiciera del poema en prosa una forma expresiva ideal, con estatuto propio y autónomo. Solo que Bertrand no tuvo la fortuna de ver publicado su libro Gaspar de la noche. Fantasías a la manera de Rembrandt y de Callot (Gaspar de la nuit, 1842) –pues murió a los 34 años–, contrario a Baudelaire (1821-1867), que sí vio la publicación de sus obras, y en especial, de sus Pequeños poemas en prosa o el Spleen de París, en 1869. Por lo que a Bertrand se le puede considerar el precursor de este estilo de escribir poesía en prosa y a Baudelaire su artífice, al consagrarlo y cristalizarlo con conciencia estética. Con Bertrand se inicia el verso libre, del cual surgen artífices del poema en prosa como Gustav Kanh (quien se autodenominó como el creador del verso libre) y Arthur Rimbaud (1854-1891). Kanh (1859-1936) rompió con el verso alejandrino y buscó una prosodia más libre, a fin de hacer que el “ritmo poético dependiera más del movimiento interno del poema”. Así pues, Bertrand escribió el libro fundacional del poema en prosa en Francia, quien usó “la balada de corte medieval para evocar escenas oníricas o fantásticas en prosa, privilegiando las impresiones del relato”. Sin embargo, para Baudelaire, Bertrand es un poeta anticuado, que pinta un paisaje poético antiguo, y él quiere escenificar poéticamente la vida de la ciudad moderna, el París de la segunda mitad del siglo XIX, como lo hace en sus Pequeños poemas en prosa (1869). Walter Benjamín (1892-1940)–el iluminado y malogrado pensador alemán– estudia esta relación entre Baudelaire y la ciudad en su libro Las iluminaciones –y fue quien bautizó a París como la “capital cultural del siglo XIX”. Pese a su regaño a Bertrand, el descubrimiento de este poeta se debe al propio Baudelaire: le sirvió de inspiración para desarrollar el poema en prosa con el Spleen de París, el cual le confiere su consagración histórica. Baudelaire tenía la convicción de que no era el verso sino la prosa la que posee la potencia para transmitir –o transcribir—la sensibilidad de la vida moderna y urbana, del espíritu citadino, que será el alimento o el impulso (o spleen) preferido del poema en prosa. Sin dudas, fue esta expresión poética la que le abrió las puertas a la escritura del verso libre. El poema en prosa es difícil de definir, pues se presenta como relato, aunque se distancia de éste en que no posee personajes, y su lenguaje es más pulido, imaginativo, evocador y sonoro.
En la dedicatoria que hace Baudelaire a Bertrand, se lee esta célebre frase: ¿“Quién de nosotros no ha soñado, en sus días ambiciosos, con el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo ni rima, lo suficientemente flexible y dura como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño y a los sobresaltos de la conciencia?”. En estas palabras está, evidentemente, la poética del poema en prosa, su estética y su filosofía retórica. Asimismo, la hegemonía de la música, en la que el acento rítmico determina la fundación de un nuevo aliento lírico. Y todos sabemos que, con Baudelaire, nace la modernidad y la crítica de arte, al fundar una nueva sensibilidad poética, desde Las flores del mal (1857) y desde sus ensayos y críticas. La prosa poética adquiere en él, libertad expresiva, liberándose de la dictadura de la rima, alcanzando flexibilidad formal: creando un registro –o repertorio—de símbolos y metáforas, que tuvo enorme influencia posterior. Es decir, la frase sinuosa, ondulante, entrecortada y, a ratos, larga. En su prosa no hay rima; pero hay simetría, cadencia tonal, densidad prosódica.
En la carta de 1862, de Baudelaire a su editor, Arsene Houssaye, el poeta afirma: “Tengo una confesión que hacer. Y es que fue hojeando, por la vigésima vez al menos, el famoso Gaspar de la nuit de Aloysius Bertrand…que me vino la idea de intentar algo análogo, aplicando a la descripción de la vida moderna abstracta, el proceder que él aplicó a la pintura de la vida antigua, tan extrañamente pintoresca”.
Los poemas en prosa (o Petits poemes en prose ) de Baudelaire son un canto a la ciudad y una plegaria urbana. Es decir: fundan la ciudad en el poema. Y en cada uno está la respiración de la ciudad, el aliento que despide, y que describe con sus escenas decadentes: un mundo de un paisaje minado por el tedio vitae cotidiano, del voyerista y el flaneur de la vida nocturna. Láudano, alucinógenos, hachís, opio, ajenjo: conforman su entorno existencial. Aceptemos que Bertrand escribió antes que Baudelaire, poemas en prosa; pero también hay que decir que es Baudelaire el primero en tener conciencia crítica de un lirismo moderno y de dicha forma poética (“Se poeta siempre, hasta en prosa”, dijo). De ahí la conciencia de estar haciendo una obra, que marca una ruptura en la tradición poética: tenía la visión de estar creando una obra distinta a la precedente.
El poema en verso, que se caracteriza por la concentración, la síntesis y la condensación, se diferencia del poema en prosa, el cual se distingue por su largo aliento, la amplitud y la digresión. La lección de Francia durante el siglo XVIII con el poema en prosa –a la manera de Baudelaire– tendría un antecedente en Telémaco (1699), de Fenelon, según José Olivio Jiménez y Carlos Javier Morales, en el libro La prosa modernista hispanoamericana (1999), al ser “la primera rebelión manifiesta de la poesía contra la tiranía del verso”.
Para el siglo XIX, el poema en prosa se afianza como género poético, con las peculiaridades formales de la brevedad, la síntesis, la intensidad, la economía expresiva y el tono lírico. Se define con Baudelaire y el simbolismo, y de este pasa al parnasianismo con Judith Gautier (1846-1917), Leconte de Lisle (1818-1872), Auguste Villiers de L´isle –Adam (1838-1889), Theodore de Banville (1823-1891), Francoise Copee (1842-1908), Jules Laforgue (1860-1887), Sully Prudhomme (1839-1907) y Catulle Mendez (1841-1909), luego a los “poetas malditos” con el Conde de Lautreamont o Isidore Ducasse (1846-1870) y Los cantos de maldoror (1869) y con Arthur Rimbaud (1854-1891) con Las iluminaciones (1886). Posteriormente, se consolida durante el simbolismo con Stephane Mallarme (1842-1898) –quien “traduce” del verso a la prosa los poemas de Poe — y con Tristán Corbiere (1845-1875). De modo que simbolismo y parnasianismo –y antes el romanticismo– conforman las dos corrientes poéticas que habrán de influir en la configuración imaginativa del poema en prosa, y que le inyectarán aliento, irradiación, energía, misterio y simbología. El poema en prosa suele asociarse –o emparentarse– a la prosa poética (término más abarcador), a la prosa poemática y a la prosa artística, todas expresiones líricas que tienen un mismo eje estético: sirven de apoyo y constituyen formas de liberación del verso. Cabe citarse, a Poe, Bécquer, Wilde, Gabrielle D´Annunzio; en Hispanoamérica, a Juan Montalvo, considerado como “el primer creador de una prosa dotada de conciencia artística”, al decir de Olivio Jiménez y Javier Morales. También a José Martí, quien, en los albores del modernismo, fue “capaz de realizar, en toda su plenitud, el programa de una prosa musical y cromática, que tan tenazmente defendiera, y el cual constituye el fundamento estético último de la prosa artística del modernismo”. Detrás de Martí están, en el cultivo de la prosa artística, no del poema en prosa: Julián del Casals, con su prosa preciosista; Amado Nervo, Leopoldo Lugones y Rubén Darío: la cúspide del genio poético modernista, en lo que a búsqueda formal, rítmica y expresiva se trata. El nicaragüense llevó el género del poema en prosa a la máxima expresión estética, como se puede comprobar en su libro Azul, de 1888. Otros poetas modernistas –Gutiérrez Nájera, Ricardo Jaime Freyres, Luis G. Urbina, M. José Othón, José Juan Tablada o Efrén Rebolledo—también orillaron algunas vertientes de la prosa artística, cargadas de preciosismo y colorido, rasgos de la época. El poema en prosa simbolista tiene pues sus antecedentes egregios en la estética romántica, liberándose de la rima y la métrica del verso.
La influencia en Hispanoamérica de la prosa poética y del poema en prosa, en prosa simbolista, tiene sus figuras emblemáticas y sus epígonos. También, en la prosa surrealista, asimismo, posee sus expresiones ilustres en Octavio Paz, en su libro más surrealista, ¿Águila o sol? (1951), obra que tiene sus antecedentes en Nadja (1928) de Breton. De igual modo, en Artaud, Leonora Carrington o Rene Crevel, así como en el libro La inmaculada concepción (1929), de Breton y Paul Eluard, quienes realizaron lo que podría llamarse, experimentos surrealistas, logrando textos que bien podrían ser relatos poéticos, prosa poética y, en ocasiones, poemas en prosa. Se valieron de elucubraciones oníricas, utilizando la técnica del “automatismo psíquico” bretoniano, el “cadáver exquisito” o usando sustancias alucinógenas, para lograr una escritura alejada de la razón y de la lógica: una escritura arrebatada, lúdica, al azar, incandescente y de alta temperatura de la ensoñación. Estos textos en prosa –o en prosa poética– tienen una atmósfera delirante y onírica: se diferencian del poema en prosa, en que este tiene como telón de fondo un aliento urbano y, generalmente, es más breve que los textos surrealistas. Breton, con el poema en prosa en forma de prosa poética, y Baudelaire, con el poema en prosa propiamente dicho, constituyen dos polos que, aparentemente, se distancian pero que, en gran medida, se reconcilian. En todo caso, ambos son textos poéticos. El simbolismo y el surrealismo, dos tendencias poéticas, encarnadas en dos figuras paradigmáticas de la poesía francesa –Baudelaire y Breton—se enfrentan en la definición de un género poético, de un hecho poético. El primero, representa la encarnación de la modernidad, en el amplio sentido de la palabra, y el segundo, la más grande revolución del lenguaje poético de la vanguardia del siglo XX.
El poema en prosa colinda en un extremo con el relato, y en el otro, con el microrrelato. Se distancia de ambos en su intensidad, y que no cuenta sino que canta. Y sobre todo, en la carga lírica que conlleva, en su esencia y naturaleza. Carece de rima, pero la lleva consigo en su interior: transmite emociones, impresiones, estados de espíritu y sensaciones. Poesía en prosa, poema en prosa: texto orgánico y a la vez híbrido. Hace de la prosa poética romántica y se robustece con el simbolismo y se vuelve onírico con el surrealismo.
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