Lo que siguen son notas sueltas, seguramente con lagunas o cráteres, o con ambas cosas.

La idea es provocar pensamientos en torno a qué pasa con el libro, las librerías, la lectura, “lo dominicano”, el devenir posmoderno del acto de leer.

Comencemos pensando que el ecosistema del libro dominicano continúa en una dinámica cada vez más agónica.

Si en 1980 Santo Domingo contaba con 19 librerías formales y poco más de 1.241.131 habitantes, en el 2025, con 2.201.941 de habitantes, ahora disponemos apenas de dos librerías que bien podrían llevar ese nombre, tres “especializadas” en libros de Derecho y un número todavía no especificado de literatura cristiana.

¿Cómo es posible que el paisaje cultural dominicano esté marcado por la ausencia de bibliotecas, los desmanes editoriales del Estado, la carencia de una política para consolidar el libro como objeto, recurso, material de estudio, trabajo, archivo?

En verdad que son muchas las preguntas, a veces tan tontas, como esas que me hago desde que fui un estudiante en Los Mina: ¿Por qué cuando cruzas el Puente Duarte no hay una sola librería para tantos millones de habitantes en Santo Domingo Este y en el mismísimo Este? ¡Ni siquiera en Punta Cana un chin de libros que ilumine las noches tantos italianísimos y Vida Loca!

Pero comencemos con estas ráfagas en tiempos donde ya le cogimos el gusto a los destellos y sálvese quien pueda.

Apuntes caóticos sobre la situación del libro en el país dominicano

1.- LA ACADEMIA Y EL LIBRO

La única institución oficial que combina investigación y publicación es el Archivo General de la Nación. Otras, como la Academia Dominicana de la Historia y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, recuperan el legado histórico e igualmente publican obras de gran valor. El Banco Central ofrece un programa de publicaciones que pasan por un filtro de sabios pero que luego circulan solamente a partir de la iniciativa de sus autores, combinando todos los géneros literarios. Fundaciones como la de Santo Domingo, ha publicado básicamente la de su presidente, Bernardo Vega, mientras una histórica, como la de Corripio, habiendo dejado un excelente legado como su Colección de Clásicos, ha aparcado desde hace decenios sus proyectos editoriales.

De las universidades, mejor ni hablar. La histórica Editorial de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, luego de haber sido dirigida por figuras colosales como Aída Cartagena Portalatín y Emilio Cordero Michel entre los Setenta y Ochenta, duerme los sueños de Pilarín, mientras el milenario profesorado uasdiano se ha decantado desde hace ya más 35 años por la educación en base a… fotocopias. La época editorial de la UNPHU, con figuras como Manuel Rueda y Juan Jacobo de Lara, igualmente es cosa de pura historia. El ISFODOSU, que comenzó con una valiosa biblioteca de clásicos, impulsada por el inolvidable Julio Mariñez, igualmente editada por primeras figuras del pensamiento, no logró conectar ese producto editorial con las necesidades y sus eficaces en el aula. Intec, de gran vocación humanista, al menos puede salvarse dentro de ese desolador panorama, aunque su revista indexada no llegue al papel y la tinta, o al menos, no se hace visible en tal caso. Una estrella, sin embargo, refulge en este escenario: el Centro Bonó, que gracias a la genial concepción del Dr. Pablo Mella, ha logrado integrar la producción de la dominicanidad diaspórica, traduciéndola en la mayoría de los casos al español, en consistentes ediciones.

¿Cuántas obras produce la Academia, cuál impacto tiene en su/la población estudiantil, con qué manuales se manejan las distintas disciplinas, cuántos libros consume el estudiante por año? Ante estas y muchísimas más preguntas valdría la pena encontrar sólidas respuestas. Ojalá y la Serlac se entere.

2.- INVERSIÓN E INVESTIGACIÓN

Sería bueno pensar y determinar el aporte de la Academia dominicana al ecosistema del libro científico. También, el vínculo entre investigación y publicación, o lo que sería: pensar, discutir, divulgar.

¿Cuántos recursos se aportan a la investigación y cuántos de ellos alcanzan el formato libro?

3.- PAPEL DEL MINISTERIO DE CULTURA

Cultura dispone de todo un entramado que debería estar a disposición del fomento del libro y la lectura. Sin embargo, ¿cuántos libros salen del Ministerio? ¿Qué proporción hay entre los millones que se destinan a la Feria del Libro y al cero peso a la investigación y al apoyo a las editoriales independientes? Esa obsesión centralizadora ha conllevado a un constreñimiento del ecosistema del libro. Las políticas del libro en Cultura han sido en su historia como avanzadas de cápsulas espaciales donde unos capitanes con sus equipos han capitalizado viajes, publicaciones, apariciones en antologías, charlas personales, etc. Sin en una cápsula estuvieron montadas mis inigualables León Felix Batista, Pedro Antonio Valdez y Basilio Belliard, como los capitanes América, ahora vemos a los Generales Pastor de Moya y Rey Andújar como los nuevos paladines, sin dejar al adorado soldado Rubén Lamarche, que bien se merecería al menos ser invitado a la Feria del Libro de Miami.

La Feria Internacional del Libro se lleva más de 100 millones de pesos. Luego, están las ferias regionales. Pero entre unas y otras, ¿cómo gerencia Cultura su producción de libros? ¿Por qué sigue dejando sumergida en las ruinas la Librería de Cultura en la calle La Atarazana? ¿Por qué no existe un medio en que el lector simple pueda dirigirse a un despacho de Cultura para adquirir determinado título?

4.- PAPEL DEL MINISTERIO DE TURISMO

Una de las grandes curiosidades es que el Ministerio que ha resultado más efectivo a la hora de apoyar al libro dominicano fuera del país ha sido el Ministerio de Turismo. Debido a una inexistencia de una “Política Cultural en Relaciones Exteriores”, ha sido Turismo la única institución que ha posibilitado los viajes hacia el extranjero de buena parte de los escritores que internacionalmente se mueven desde República Dominicana.

5.- PAPEL DEL MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES

La institución que debería velar por proyectar una buena imagen de la “marca país dominicano” sería el Ministerio de Relaciones Exteriores. Sin embargo, hasta el día de hoy (7 de enero del 2026), Exteriores no tiene claro qué significa exportar “cultura” dominicana. Aparte de las celebraciones obligatorias de los 27 de febrero en embajadas donde el embajador de turno se rasca los bolsillos y hace su aporte para que no se nos vea tan miserables, la “cultura” dominicana brilla sólo cuando Turismo enciende las consolas.

De revisar la prensa y ver qué han hecho las embajadas en este sentido, sacaríamos un balance más que calamitoso: sólo dos embajadores en los últimos seis años han hecho aportes significativos a la difusión del libro dominicano fuera del país, incluyendo traducciones particulares. No los menciono porque sé que eso lo han hecho ellos de todo corazón, y mejor dejarlos así, en los principios de bondad.

6.- PAPEL DE LOS FESTIVALES, SEMANAS, CONFERENCIAS Y SEMINARIOS

Miguel D. Mena y Virtudes Uribe, la foto fue tomada en 2005. (Archivos del autor).

Cada evento implica una inversión particular. Cada poema, palabra, discurso, cuento, anécdota, que te refiere un “invitado internacional”, igualmente se podría contabilizar en los gastos correspondientes de pasaje, transporte, viáticos, estadía. A principio del decenio del 2000 me puse a estudiar cuánto nos costaba los 20 minutos que se había gastado un famoso poeta en leer su poema y llegué que a la friolera suma de 300 dólares por minuto. Para leer sólo esos 20 minutos el poeta había viajado en primera clase, se había alojado cinco días en un hotel de 200 dólares -entonces- la noche-, disponiendo de edecán particular y cenas y almuerzos todo pago en Pata de Palo y Mesón de Bari. En total: seis mil dólares que salieron de los contribuyentes locales para oír 20 minutos de poesía que ni siquiera fue grabada ni registrada y que se perdió, como tantos barcos en Cartago.

Estos eventos igualmente son necesarios en nuestro país, porque estimulan la curiosidad, aumentan los lectores, nos permiten un necesario contacto con un mundo en el que también buscaremos nuestras palabras. Ahora bien, ¿por qué no conectar las inversiones en esos actos con la idea de que algo debe de quedar? Al menos es importante registrarlos, compartirlos, ¡multiciplicarlos!, para que se queden como material educativo.

¿Tenemos los videos de un Carlos Fuentes hablando en el Teatro Nacional? ¿Algo de Sergio Pitol, de Saramago, de Edouard Glissant? ¡Nada de esos tenemos? A veces contamos con la gran sensibilidad y la visión de comunicadores sociales, como Fausto Rosario Adames, por lo demás, gran y fino lector, que desde sus posibilidades en lo personal y lo laboral, siempre tuvo esa conciencia de archivo, pero después de ahí, quizás sólo nos quede Cachicha.

7.- CIERRAN LAS LIBRERÍAS, ¿QUE VIVA EL LIBRO?

Una nueva raza de empresarios-autores ha emergido en el universo cultural dominicano: los editores-impresores-distribuidores. Junto a ellos, disponemos de un nuevo ejército: los autores auto-editados. Por aquí y por allá, los amazónicos, en los que lamentablemente yo mismo tengo que incluirme. En cierta medida, todos, con nuestros manejos particulares del libro, no pensamos con la suficiente consistencia la importancia de las librerías. Si bien nos funciona el menudeo del libro -venderlo a los amigos, relacionados y a veces hasta rifarlos-, ese libro que lanzamos no se conecta con la dinámica librera.

La emergencia de los clubes de lectura igualmente nos ha creado la ilusión de que al fin, sí, el libro estará socializándose. El problema de la mayoría de esos clubes es que sus miembros prefieren recibir los materiales por Amazon Prime, continuando en los hechos una práctica lamentable: el obviar la buena y gran literatura dominicana. Y nos es que se tenga que leer “en dominicano”, pero igualmente el desconocernos y el profundizar esa cultura de auto desprecio en la que nos socializamos va en desmedro de una conciencia sólida de lo que “somos”.

En eso también tienen la culpa los mismos “influencers”: asumiendo un gusto pretendidamente cosmopolita y muy cool, oh vaya, y apostando por oscuros genios y geniales escandinavos mientras a joyas locales como Melba Marrero de Munné,  Antonio Lockward Artiles y Miguel Alfonseca los siguen incluyendo en las bóvedas perdidas del naufragio.

Pero esto de los “influencers” es lo demás. Peor será hasta el mismo Ministro de Cultura Su Excelencia Salcedo, de quien no sabemos todavía ni su playlist ni mucho menos su Booklist, que de eso dependerá que lo subamos a un altar.

8.- PAPEL DE LA EMPRESA PRIVADA

En materia editorial, quien ha salvado al libro dominicano en términos de calidad, belleza y amplios formatos ha sido la empresa privada: las colecciones del Banco Popular, Inicia, el BHD, Grupo SM, Tropigas, entre otros. El único problema es que estos libros, por tratarse en su mayoría de publicaciones corporativas, no se integran en las redes de las bibliotecas extranjeras, si no es por alguna donación particular. Para un estudioso particular de este tema sería bueno pensar cuáles títulos de esta “Biblioteca empresarial” estaría disponible en bibliotecas de tan importancia como las del Congreso, Harvard, Princeton, el Instituto Iberoamericano de Berlín y la Biblioteca Nacional de Francia, entre otras instituciones de gran prestancia. Así tal vez podamos ver el escaso espacio de los valores culturales dominicanos representados por el libro, presentes en esos primeros espacios de la cultura contemporánea.

El ecosistema del libro dominicano está natimuerto: Santo Domingo tiene dos millones de habitantes y apenas dos librerías más o menos consistentes; ¿cuántas bibliotecas? El Estado no incluye en ninguna de sus instituciones la adquisición de libros y si quieres vender un solo ejemplar, por curiosidad, te piden que estés registrado con ochenta mil exigencias de impuestos. No hay espacio académico para la investigación y cero apoyo de ningún tipo; Cultura se inventó la "Ley de Mecenazgo", que fue desmontada como un demonio por el mismo Estado.

Pero ya vendrán tiempos mejores, porque como diría algún filósofo mexicano en Guadalajara: “¡jalisco, no te rajes!”

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

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