Hay una diferencia entre equivocarse y no saber corregirse.

La primera es humana. La segunda puede convertirse en una enfermedad institucional.

Una política puede ser razonable al diseñarse y dejar de serlo cuando cambia el contexto. Una institución creada para resolver un problema puede terminar creando otro.

Lo preocupante comienza cuando la evidencia cambia y la conducta no.

El capítulo anterior llegó a una conclusión fundamental: una República aprende cuando convierte la experiencia en conocimiento y lo pone a disposición de decisiones futuras.

Recordar tampoco basta. Puede saber que una política no funciona y mantenerla intacta.

Aprender carece de sentido si aquello aprendido no modifica la conducta.

Cambiar no es corregir

Los gobiernos cambian ministros, leyes, instituciones, programas y presupuestos. Pero cambiar no demuestra progreso.

Una política puede cambiar por una elección, una crisis, una presión o nueva evidencia. Sólo en este último caso estamos cerca del concepto que interesa.

Cambiar significa hacer algo diferente. Corregir significa hacerlo diferente porque hemos aprendido que lo anterior debía cambiar.

No todo cambio es aprendizaje. Corregir exige conocimiento.

Primero hay que localizar el fracaso

Cuando un tratamiento fracasa, el médico pregunta qué ocurrió: ¿era correcto el diagnóstico?, ¿falló el diseño, la implementación o la medición?, ¿cambió el contexto?

La política pública debería preguntar lo mismo.

Un programa puede fracasar por un diagnóstico equivocado, un mal diseño, una ejecución insuficiente, falta de capacidad o una medición inadecuada.

No basta saber que una política falló. Hay que saber dónde y por qué.

Una reforma no es una verdad revelada.

Es una hipótesis puesta a prueba por la realidad.

El Estado dominicano ya mide

La República Dominicana posee instrumentos de monitoreo y evaluación. El Ministerio de Economía los ha definido como herramientas para identificar desafíos de implementación y oportunidades de mejora.

La pregunta no es si el Estado evalúa, sino:

¿En qué medida la evaluación modifica las decisiones posteriores?

Entre evaluación y corrección pasan intereses, incentivos, burocracia, restricciones presupuestarias y costos políticos.

Puede saber que algo funciona mal y no corregirlo.

La corrección deja de ser sólo conocimiento y se convierte en poder.

El costo de admitir que uno se equivocó

Corregir tiene un costo político. Modificar una política por nueva evidencia puede ser presentado como inconsistencia; reconocer una reforma fallida, como fracaso.

Así nace un enemigo del aprendizaje:

el incentivo a ocultar las malas noticias.

Si reconocer una equivocación significa convertirse automáticamente en culpable, los funcionarios tendrán razones para protegerse antes que informar.

Responsabilidad y aprendizaje no son enemigos. Hay que distinguir error de buena fe, negligencia y corrupción.

El corrupto debe responder. El negligente también.

Pero quien decidió razonablemente con la información disponible y obtuvo un resultado adverso puede proporcionar información esencial para mejorar.

Un hospital que oculta una complicación no se vuelve más seguro.

Se vuelve menos capaz de aprender.

La estabilidad no consiste en no cambiar

Una República necesita continuidad. Pero continuidad no significa inmovilidad.

Una institución saludable debe conservar lo que funciona, modificar lo que falla y abandonar lo que dejó de servir.

La estabilidad mantiene los principios y modifica los instrumentos cuando la evidencia lo exige.

Un Estado rígido parece estable hasta que la realidad cambia más rápido que él. Entonces la estabilidad se convierte en fragilidad.

Corregir puede significar cambiar un procedimiento, modificar un incentivo, reasignar recursos o abandonar una política.

Puede ser:

¿Qué es lo mínimo que debemos cambiar para producir la mejora necesaria?

La corrección también puede enfermar

Una corrección puede producir un nuevo daño. Puede modificarse una política con buena intención y ejecutarse mal. Puede resolverse un problema y crear otro.

Por eso el ciclo no termina en la corrección.

Después de corregir hay que volver a evaluar.

El fracaso puede exigir un nuevo diagnóstico; la nueva evidencia, un nuevo juicio; y el nuevo juicio, una nueva decisión.

Así, el proceso completo puede representarse como:

observar → interpretar → diagnosticar → decidir → intervenir → ejecutar → evaluar → aprender → recordar → corregir → volver a decidir.

La nueva decisión parte de experiencia y evidencia nueva.

El derecho a cambiar de opinión

Existe una idea política que merece mayor respeto:

cambiar de opinión cuando cambia la evidencia.

En una cultura inmadura puede parecer debilidad; en una institución madura es inteligencia.

Una autoridad debería poder decir:

Esto creíamos. Esto ocurrió. Ésta es la evidencia nueva. Por tanto, debemos cambiar.

Eso no es inconsistencia.

Es aprendizaje.

La inconsistencia es conocer que la realidad contradice nuestra hipótesis y actuar como si no lo hiciera. Una República que no puede cambiar de opinión queda prisionera de sus declaraciones. El pasado se convierte en mandato.

¿Qué impide corregir?

Saber qué debe cambiar no garantiza que pueda cambiarse.

La corrección redistribuye dinero, poder, privilegios, responsabilidades y oportunidades; de ahí que instituciones, grupos o gobiernos puedan resistirse.

Por eso la pregunta decisiva es:

¿Qué fuerzas tienen interés en que aquello que sabemos no cambie nada?

La prueba definitiva

Para saber si una institución aprendió, hay que formular una pregunta incómoda:

¿Qué decisión posterior fue diferente porque una decisión anterior produjo conocimiento?

Ésa es la prueba.

Si no podemos identificar ninguna, quizá hubo información, evaluación o memoria. Pero no podemos demostrar aprendizaje con consecuencias.

Si una decisión posterior cambió por una experiencia anterior, la institución aprende de sí misma.

La verdadera madurez republicana

Aquí se completa el movimiento de los capítulos anteriores.

La República observa, interpreta, diagnostica, decide e interviene. La realidad responde. Luego evalúa, aprende, recuerda y corrige.

Corregir no significa terminar.

Significa volver al principio con mejor información.

Una República madura conserva continuidad sin conservar errores. Puede respetar el pasado y cambiar de rumbo sin fingir que nunca estuvo equivocada.

Porque recordar sin cambiar es archivar.

Cambiar sin aprender es improvisar.

Y corregir sin evaluar puede producir una nueva enfermedad.

Una República no demuestra que aprendió cuando reconoce su error. Lo demuestra cuando hace algo diferente porque aprendió.

Y ésta es una prueba exigente de madurez política:

no si una República puede gobernar, sino si puede corregirse sin destruirse.

Víctor Garrido Peralta

Médico

El Dr. Víctor Garrido Peralta es un destacado médico dominicano con una impresionante trayectoria internacional en cirugía hepatobiliar y trasplante de órganos. Formado en prestigiosas instituciones de España, Francia, Estados Unidos, Corea y Taiwán, ha liderado divisiones de cirugía y realizado investigaciones en el ámbito de los trasplantes. Además de su labor médica, el Dr. Garrido ha sido docente en la Universidad de Pittsburgh, EE.UU., Cónsul General Honorífico de la República Dominicana en Pittsburgh, EE.UU., y es un prolífico autor de artículos sobre temas sociales y médicos en diversas revistas y periódicos nacionales e internacionales.

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