Audrey Kathleen Ruston llegó al mundo el 4 de mayo de 1929 en Bruselas, hace hoy 97 años; hija de una baronesa neerlandesa y un banquero británico. La postal aristocrática se rompió pronto: su padre abandonó a la familia cuando ella tenía apenas nueve años, y la Segunda Guerra Mundial la atrapó en los Países Bajos durante la ocupación nazi.
No fue una guerra de película. Pasó penurias, hasta hambre de manea real. En el invierno de 1944, el llamado Hongerwinter —el invierno del hambre—, la joven Audrey sobrevivió comiendo bulbos de tulipán. La desnutrición le dejó marcas físicas permanentes: anemia, edemas, una delgadez que Hollywood luego convertiría en "elegancia" sin preguntarle a ella qué había costado.
Esa misma organización que la ayudó a sobrevivir (el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF), sería, décadas después, el escenario de su acto más radical.
El cuerpo como campo de batalla
Cuando Audrey Hepburn irrumpió en Hollywood en los años 50, el canon de belleza femenina era otro: curvas, sensualidad explícita, el molde Marilyn Monroe. Hepburn era todo lo contrario: delgada, angular, de cuello largo, con una nariz que ella misma consideraba imperfecta. La industria tuvo que reescribir sus propias reglas para acomodarla.
Y ahí está la primera trampa. ¿Fue Hepburn quien redefinió los estándares de belleza femenina, o fue la industria la que simplemente encontró una nueva forma de cosificar a las mujeres, esta vez bajo el rótulo de la "elegancia"?
La respuesta, como casi todo en su historia, es dual: las dos cosas a la vez.
Sus personajes —la princesa rebelde de Vacaciones en Roma (1953), la libre y errática Holly Golightly de Desayuno con diamantes (1961)— representaban mujeres que escapaban de jaulas. Pero esas jaulas las construían guionistas hombres, las filmaban directores hombres y las vendían estudios dirigidos por hombres. Hepburn ponía el cuerpo. Ellos ponían las reglas.
My Fair Lady o el síndrome de Pigmalión
Ninguna película ilustra mejor la tensión entre Hepburn y el sistema que My Fair Lady (1964), hoy la veré por décima vez. Ella interpreta a Eliza Doolittle, una florista de clase baja que es "moldeada" por un lingüista arrogante para convertirse en una dama de sociedad. La veo y la veo por la metáfora brutal en que se fundamenta: una mujer transformada en proyecto de otro. Y así, amiga lectora, se puede aprender a no caer en esa jaula.
Lo que pocos recuerdan es que Hepburn no era la primera opción del estudio —el papel le correspondía a Julie Andrews, quien lo había interpretado en Broadway—, y que la decisión de elegirla fue, en parte, una apuesta comercial por su imagen ya construida como ícono de sofisticación. Ella era, literalmente, el producto terminado que el personaje aspiraba a ser. La vida imitando al arte, o el arte usando a la vida. Usted responsa.
El vestido negro y la trampa de la imagen
La escena de apertura de Desayuno con diamantes —Hepburn frente a la vidriera de Tiffany, con el vestido negro de Givenchy, los guantes largos y el cigarrillo en boquilla— se convirtió en uno de los iconos visuales más reproducidos del siglo XX; de hecho, quién en ese afán de reconocerse no se ha posado frente a esta vitrina en Nueva York. Lo cierto es que auel icono construido hoy aparece en tazas de Ikea, en afiches de dormitorios universitarios, en tatuajes y en miles de productos de consumo masivo.
Esa reproducción infinita es, paradójicamente, la mayor traición a su legado. Vanity Fair lo señaló con precisión: "más que una estrella de la pantalla de mediados de siglo se ha convertido ya en un objeto decorativo". La mujer que sobrevivió la guerra, que renunció a la fama para trabajar en zonas de conflicto, que habló ante la ONU por los derechos de los niños, quedó reducida a una silueta en una pared.
Eso no lo hizo ella. Lo hizo la industria.
La segunda vida: cuando eligió ser otra
A los 58 años, y esto nos demuestra que nunca es tarde, Audrey Hepburn hizo lo que pocas estrellas de su magnitud se atrevieron a hacer: abandonó Hollywood para trabajar como Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF. No fue un gesto simbólico ni una campaña de imagen. Fue trabajo de campo real: viajó a Etiopía, Bangladesh, Vietnam, El Salvador, Somalia y Guatemala, muchas veces en condiciones extremas.
La razón era personal y política al mismo tiempo. "Estuve entre los que recibieron alimentos y ayuda médica justo después de la Segunda Guerra Mundial", declaró a la prensa de su época. Sabía lo que era ser la niña que necesita ayuda. Y eligió ser la mujer, es ahí cuando la frase de la filósofa francesa
Simone de Beauvoir se construye en la realidad: "Una mujer no nace, se hace".
Fundó el Audrey Hepburn Children’s Fund y recibió la Medalla Presidencial de la Libertad —el mayor honor civil de Estados Unidos— en 1993, pocas semanas antes de morir de cáncer de colon a los 63 años.
Esa Audrey —la que cargaba bolsas de arroz en campos de refugiados, la que lloraba frente a las cámaras de la ONU— no aparece en los cuadros de Ikea.
¿Ícono feminista o ícono cosificado?
La pregunta no tiene una respuesta limpia. Hepburn vivió en una industria diseñada para usar a las mujeres, y dentro de esa industria navegó con una inteligencia y una autonomía que pocas de sus contemporáneas pudieron ejercer. Eligió sus papeles con cuidado, negoció sus contratos, rechazó proyectos, se retiró cuando quiso y volvió cuando quiso.
Pero también fue moldeada, empaquetada y vendida. Su cuerpo —marcado por la guerra, por el hambre, por la historia— fue convertido en estándar de belleza sin que nadie le preguntara el precio que había pagado por tenerlo. Su imagen fue reproducida hasta el agotamiento después de su muerte, sin que ella pudiera decir nada al respecto.
Lo que sí podemos decir es esto: Audrey Hepburn fue más grande que la caja en la que la pusieron. Y eso, en el Hollywood de los años 50 y 60, era en sí mismo un acto político.
Cinco frases para entender a Audrey Hepburn
Una declaración directa contra la sexualización como única forma de feminidad:
"El encanto femenino va mucho más allá de las medidas. No necesito un dormitorio para demostrar qué tan mujer soy. Puedo transmitir mi femineidad tanto recogiendo manzanas de un árbol, como estando parada bajo la lluvia".
La actriz que habló desde la experiencia, no desde el privilegio
"Puedo dar testimonio de lo que UNICEF significa para los niños, porque estuve entre los que recibieron alimentos y ayuda médica justo después de la Segunda Guerra Mundial".
Aparentemente simple. Radicalmente subversiva en una industria que premiaba el sufrimiento silencioso
"Las chicas felices son las más guapas".
El optimismo como postura política de una mujer que sobrevivió la ocupación nazi:
"Nada es imposible. La palabra misma dice 'I’m possible'".
Una respuesta directa a una industria obsesionada con la superficie:
"Cuanto más envejezco, más me doy cuenta de que lo que tenemos dentro es lo que hace que seamos lo que somos".
El legado que merecemos leer bien
Audrey Hepburn no fue perfecta ni fue una feminista de manual. Fue una mujer de su tiempo que hizo lo que pudo dentro de las estructuras que le tocaron, y que en la segunda mitad de su vida eligió conscientemente romper con la imagen que el mundo había construido sobre ella.
Su historia no es solo la de una actriz elegante. Es la de una niña que pasó hambre y que nunca olvidó lo que eso significaba. La de una mujer que aprendió a moverse en un sistema diseñado para usarla y que, cuando pudo, lo abandonó para hacer algo que consideraba más importante.
Hoy, 97 años después de su nacimiento, el mejor homenaje que podemos hacerle no es colgar su silueta en una pared. Es recordar que detrás de esa imagen hubo una persona compleja, valiente y, sobre todo, libre.
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