Cada año, el primer día de mayo el mundo se divide: mientras sindicatos y movimientos obreros marchan en las calles recordando a los Mártires de Chicago, los católicos celebran a San José Obrero, el padre adoptivo de Jesús. ¿Casualidad? Para nada.
Un Papa con un mensaje claro
En 1955, el Papa Pío XII creó oficialmente la festividad de San José Obrero y la ubicó, deliberadamente, el 1ro. de mayo. El contexto era la Guerra Fría y la fecha tenía una fuerte carga marxista y socialista desde 1889, cuando la Segunda Internacional la declaró Día Internacional del Trabajo en homenaje a los obreros ejecutados en Chicago tras exigir la jornada de 8 horas.
La Iglesia no quiso ignorar la fecha. Decidió resignificarla.

¿Y por qué José?
Porque es el único personaje del Evangelio descrito explícitamente como artesano, téktōn en griego, que se traduce como carpintero o constructor. Un hombre que vivió del trabajo de sus manos, en silencio y sin protagonismo. Para la Iglesia, el modelo perfecto del trabajador digno.
José ya tenía su fiesta el 19 de marzo. Pero Pío XII le creó una segunda celebración con el perfil del obrero.
Dos fiestas, una misma fecha
Así quedaron conviviendo en el calendario dos celebraciones que parten de lugares muy distintos pero comparten una misma preocupación: la dignidad de quien trabaja. Una lo hace desde la lucha sindical; la otra, desde la espiritualidad cristiana.
Un carpintero de Nazaret y los mártires de Chicago, juntos cada 1ro de mayo.
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