La República Dominicana conmemora este 24 de enero el Día Internacional de la Educación en medio de un panorama que revela más preguntas que respuestas. El país ha invertido recursos significativos en el sector, amparado en la Ley 66-97 que garantiza estabilidad presupuestaria, pero los resultados siguen siendo insuficientes, de acuerdo a las mediciones internacionales y en lo palpable de la cotidianidad.

La estrategia Meta RD 2036 y el objetivo de que 400,000 estudiantes dominen el inglés para 2028 son metas loables. El respaldo del PNUD y programas como English for a Better Life muestran que existe voluntad de conectar la educación con las demandas del mercado global. Sin embargo, el verdadero desafío no está en fijar metas ambiciosas, sino en transformar la práctica pedagógica y la gobernanza del sistema.

El problema ya no es el presupuesto, sino la incapacidad de traducir esa inversión en aprendizajes reales y en equidad dentro de las aulas. Décadas de huelgas han vulnerado el derecho fundamental de los estudiantes a recibir clases, generando una cultura de pérdida que erosiona la confianza en la escuela pública.

La conmemoración del Día Internacional de la Educación debería ser un llamado urgente: no basta con celebrar metas futuras, hay que garantizar que cada estudiante reciba hoy la enseñanza que merece.

La evidencias demuestran que no se necesitan más fondos para mejorar, pues la conquista del 4% no llega nunca a concretarse ni en presupuesto ni en acciones de avance, sino que es perenne el liderazgo pedagógico, acompañamiento docente y uso sistemático de datos. El modelo de Centros Educativos de Innovación confirma que el rendimiento escolar puede elevarse sin gastos adicionales, siempre que exista gestión eficaz.

El consenso es claro: la educación dominicana debe despolitizarse. Mientras los recursos se conviertan en botín de intereses partidarios y no en aprendizajes tangibles, el país seguirá atrapado en una paradoja: invertir más que nunca, pero cosechar menos de lo esperado.

A esto se suma la incertidumbre del avance de una fusión ministerial no consensuada que puede poner en riesgo tanto el sistema educativo de los primeros años, como el universitario. 

La conmemoración del Día Internacional de la Educación debería ser un llamado urgente: no basta con celebrar metas futuras, hay que garantizar que cada estudiante reciba hoy la enseñanza que merece. Solo así la inversión dejará de ser un lujo y se convertirá en verdadera transformación social.

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