América Latina enfrenta la nueva etapa de la transición energética con una combinación de recursos naturales y capacidades que todavía presentan importantes brechas. El reto, según los expertos, no está únicamente en aumentar la generación renovable, sino en contar con infraestructura, almacenamiento, combustibles y capacidad institucional para responder ante interrupciones del suministro.
Marcelino Madrigal, jefe de la División de Energía del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), planteó que la región debe partir de sus problemas más básicos. Entre ellos citó el gas, que América Latina consume más, pero produce menos, por lo que importa más y exporta menos.
A esto se suma una infraestructura de almacenamiento de combustibles que, según Madrigal, está muy por debajo de los niveles de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
El otro problema señalado por el especialista es la eficiencia. Entre 2019 y 2025, la intensidad energética de la región empeoró, después de años en los que venía mejorando.
Madrigal destacó que América Latina pasó de producir electricidad con una participación renovable cercana al 60 % a una de 69 %, mientras que la producción de litio aumentó de 27,000 a 98,000 toneladas.
En el caso del cobre, aunque la producción cayó 4 %, el valor de las exportaciones pasó de US$ 35,000 millones a US$ 72,000 millones.
Para el representante del BID, el desafío es combinar la electrificación con la seguridad energética.
“Continuar aumentando la generación eléctrica, pero al mismo tiempo fortalecer la producción de combustibles, el almacenamiento y la capacidad de las empresas nacionales de hidrocarburos, además de crear condiciones para que el sector privado invierta en exploración y producción de gas”, explicó.
El problema no es solo qué recursos tiene la región, sino qué puede hacer con ellos
Gabriela Azuela, gerente de la Práctica de Energía para América Latina y el Caribe del Banco Mundial, señaló que la región necesita avanzar desde la disponibilidad de recursos hacia la creación de cadenas productivas.
Puso como ejemplo la fabricación de vehículos eléctricos en México.
“Aunque el país ya produce un automóvil eléctrico de diseño mexicano, todavía debe importar las baterías. De ahí que se estén planteando alianzas con países como Bolivia y Chile por el litio y el cobre, así como con Brasil, para desarrollar cadenas regionales de manufactura”, expresó el ejecutivo.
Para Azuela, América Latina debe negociar desde una posición regional y proteger sus recursos estratégicos mediante contratos y acuerdos que generen beneficios para los países.
Dijo que la integración latinoamericana puede darle mayor capacidad de negociación frente a actores externos.
La especialista también llamó la atención sobre el cortoplacismo y los cambios de orientación de los gobiernos.
Consideró necesario evitar que las tecnologías energéticas queden asociadas a una determinada posición política, “un gobierno que impulse renovables y otro que prefiera petróleo no deberían obligar a la región a cambiar de estrategia”.
“La respuesta pasa por instituciones fuertes que permitan negociar, atraer inversiones y aprovechar los recursos disponibles”, dijo, al agregar que sin esas capacidades, la región corre el riesgo de mantener un modelo basado en la exportación de materias primas sin avanzar hacia manufacturas, tecnología y servicios asociados a la nueva economía energética.
Guillermo Koutoudjian, consultor experto en energía y geopolítica, advirtió que el desafío para la región es no repetir en el siglo XXI el esquema extractivo del siglo XX. América Latina cuenta con energía, minería y biodiversidad, pero necesita preguntarse cuánto valor puede agregar a esos recursos antes de exportarlos.
El consultor también identificó un riesgo adicional en la integración regional.
A su juicio, los cambios geopolíticos pueden debilitar los mecanismos multilaterales latinoamericanos “si los países no adoptan una lógica más práctica para aprovechar redes, complementariedades e intercambios energéticos”.




Renovables, almacenamiento y eficiencia aparecen como piezas de la seguridad energética
Alejandra Bernal, de la Agencia Internacional de Energía (AIE), planteó que una de las principales vulnerabilidades de América Latina está en su exposición a los precios internacionales de los combustibles, especialmente del diésel.
La región utiliza una proporción mayor de diésel que las economías avanzadas y, de acuerdo con Bernal, esa dependencia hace que países exportadores de petróleo como México y Brasil sean afectados por las variaciones internacionales, debido a que también importan parte de sus combustibles.
Frente a ese escenario, las energías renovables adquieren una dimensión que va más allá de la transición energética.
“Al utilizar recursos producidos localmente y no depender directamente de los precios internacionales de los combustibles, pueden contribuir a reducir la exposición externa y aumentar la soberanía energética”, comentó.
Bernal también señaló que América Latina mantiene rezagos en eficiencia energética, almacenamiento y transmisión.
“Mejorar esas áreas permitiría reducir el consumo innecesario y preparar los sistemas para responder ante interrupciones o eventos externos”, sostuvo.
La transición, por tanto, no se limita a instalar más capacidad renovable. También, citó que requiere redes capaces de transportar esa electricidad, sistemas de almacenamiento y políticas públicas que permitan reaccionar ante emergencias.
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