Hacer este trabajo sobre Yanela Hernández no ha sido únicamente un ejercicio de escritura o de memoria teatral. Ha sido también un viaje íntimo hacia una parte esencial de mi propia vida artística y humana.

Durante casi veinte años compartimos escenario, sueños, búsquedas y múltiples personajes en el Teatro Gratey. La vi crecer como actriz, enfrentar el rigor del oficio, conquistar su voz y transformar la palabra en presencia viva sobre las tablas.

Pero más allá de la actriz, la declamadora y la artista comprometida, existe la amiga entrañable; esa hermana que, a veces, no nace de la sangre, sino de la complicidad, la lealtad y el tiempo compartido en los territorios luminosos y difíciles del arte.

Tal vez por eso este texto no nace solo desde la admiración, sino también desde el afecto profundo y la gratitud.

No se entra a conversar con Yanela Hernández.

Se entra sin saberlo, a un territorio donde la palabra todavía tiene cuerpo.

Hay actrices que interpretan.

Hay otras que habitan.

Yanela pertenece a ese segundo territorio.

La gran actriz dominicana Yanela Hernández.

Y desde el inicio, lo deja claro:

“Me formé con el rigor de la vieja escuela, donde la disciplina era el suelo y la pasión el cielo… el actor que deja de aprender, deja de latir.”

Ahí no hay concesiones.

Hay fundamento.

La infancia: cuando la voz transforma el aire

Antes del teatro, hubo escucha.

Una casa.

Voces.

Relatos.

Y de pronto, algo que no se olvida:

“Recuerdo el impacto de los relatos orales… Ver cómo un poema podía cambiar la atmósfera de una habitación fue mi primera señal de que el arte era un superpoder.”

No hay técnica ahí.

Hay revelación.

La actriz nace en ese instante donde descubre que la palabra puede alterar el mundo.

Cuando la realidad no basta

El teatro no llega como elección.

Llega como urgencia.

“El teatro se volvió necesidad cuando descubrí que solo en el escenario podía decir las verdades que en la vida cotidiana a veces callamos por prudencia.”

El escenario como territorio de lo indecible.

La vida como contención.

Y entonces se entiende que para ella actuar nunca fue entretenimiento.

Fue una forma de respirar más profundamente.

La formación: el fuego compartido

Iván García.

En la historia de Yanela Hernández, la formación no aparece como un trayecto lineal, sino como una construcción coral, tejida entre voces, escenarios, maestros y afectos.

Y entre esas memorias formativas aparece inevitablemente el Teatro Gratey, aquel territorio de búsquedas, riesgos y fervor creativo donde compartimos casi dos décadas de escenarios, aprendizaje y formación artística.

Entonces Yanela recuerda: “Danilo Ginebra… enciende la llama de mi vocación… con sus exigentes programas de formación…”

La frase no habla únicamente de una persona, sino también de una época donde el teatro era disciplina, descubrimiento y construcción humana a través del arte.

Pero la constelación continúa expandiéndose.

Claudio Mir.

Anacaona Félix.

Olga Bucarelli.

Teo Terrero.

Mario Lebrón.

Lucia Castillo

María Castillo.

Iván García.

Ángel Haché.

Maricusa Ornes.

Franklin Domínguez.

Monina Solá.

María Castillo.

Vicente Santos.

Hamlet Bodden.

Elvira Taveras.

Elvira Taveras y Orestes Amador, figuras centrales de El Coronel no tiene quien le escriba.

Nombres que no solo representan influencias actorales, sino distintas maneras de comprender el rigor, la escena y el compromiso con el arte.

Y detrás de todos ellos, una raíz todavía más profunda y silenciosa:

“Los grandes poetas dominicanos… me enseñaron a amar nuestra identidad y a respetar la palabra como algo sagrado.”

Ahí reside una de las claves esenciales de Yanela Hernández: la palabra no como instrumento de interpretación, sino como territorio ético y espiritual.

El escenario: una memoria que no se apaga

Yanela Hernández: la palabra que respira en escena

Hay recuerdos que no envejecen.

No se guardan.

Se activan.

“Habita como un perfume que no se va… ese primer ‘click’ de las luces sigue encendido en mi memoria cada vez que piso las tablas.”

El escenario no pertenece al pasado.

Sigue ocurriendo dentro de ella.

Habitar el personaje

Interpretar no le basta.

“Interpretar es el oficio; vivirlo es el riesgo; pero habitarlo es el arte.”

Y entonces aparece una de sus imágenes más poderosas:

“Habitar significa prestarle mis huesos, mi voz y mis miedos a alguien que no existe para que, por dos horas, sea más real que yo misma.”

Ahí el teatro deja de ser representación.

Se convierte en transferencia humana.

El límite: un hilo invisible

¿Dónde termina la actriz?

¿Dónde comienza la mujer?

Yanela responde desde la fragilidad:

“Existe para preservar mi salud mental, pero es tan delgada que a veces la emoción de la actriz permea la paz del ser humano.”

Una frontera hecha de seda.

Y sin embargo, después del telón, vuelve: hija, madre, ciudadana.

El silencio donde nace el personaje

Aunque viene de la palabra y la declamación, el verdadero personaje aparece en otro sitio:

el silencio.

“El personaje solo nace de verdad cuando encuentro su silencio.”

Y ahí reside el misterio.

“Qué es aquello que el personaje no se atreve a decir: ahí está su esencia.”

La técnica, la intuición y el abismo

Actuar no es una sola fuerza.

Es una tensión permanente.

“Es una tríada inseparable. La técnica te da la red para no caerte, la intuición te guía en la oscuridad y la revelación interior…”

Técnica para sostenerse.

Intuición para avanzar.

Revelación para descubrir.

El cuerpo marcado por la experiencia

Ningún personaje desaparece del todo.

Todos dejan señales.

“Cada personaje me ha dejado una cicatriz o una luz.”

Pero son las mujeres atravesadas por la resistencia quienes más permanecen en ella: “Mujeres que resisten… son las que más me han transformado como mujer.”

Ahí el escenario se vuelve espejo.

La memoria como materia escénica

Yanela no construye desde la abstracción.

Construye desde la experiencia.

“Es mi caja de herramientas… la memoria es el puente entre mi verdad y la verdad de la obra.”

Dolores.

Alegrías.

Heridas.

Recuerdos.

Todo termina convertido en materia escénica.

Yanela Hernández: la palabra que respira en escena

La palabra como territorio ético

Hay algo que le preocupa profundamente: la banalización del discurso, la prisa, la pobreza del lenguaje.

Y frente a eso, asume posición:

“Como comunicadora y actriz, mi compromiso es contra lo superficial. El arte debe inquietar, no solo entretener de forma vacía.”

Porque para ella, el teatro también es una defensa de la palabra.

“El lenguaje popular no tiene por qué ser vulgar o carecer de estética. La verdad escénica se encuentra cuando tratas el habla del pueblo con el mismo respeto con el que tratas un clásico.”

Esa frase resume toda una filosofía artística: dignificar la voz cotidiana sin traicionarla.

El teatro como resistencia colectiva

Cuando habla del teatro dominicano, no habla desde el ego.

Habla desde la necesidad de comunidad.

“Necesitamos más unidad y menos egos. Los gremios y asociaciones son nuestra única defensa ante la precariedad.”

Y luego amplía la mirada:

“Debemos dejar de vernos como competencia y empezar a vernos como un ecosistema.”

No es solo una reflexión teatral.

Es también una propuesta de país.

El oficio: resistencia cotidiana

Ser actriz aquí no es comodidad.

Es insistencia.

“Trabajamos en lo que sea para poder ‘comprar’ nuestro derecho a estar en el teatro.”

La frase duele porque es verdad.

Y aun así, permanece.

Porque la vocación, cuando es real no negocia.

Los sueños que aún respiran

No habla de detenerse.

Habla de continuar.

“Seguir creando, llevar el teatro a lugares donde nunca llega y seguir declamando hasta que la voz me alcance, porque la poesía es el aire que respiro.”

Hay en esa frase algo de promesa y de destino.

El legado

Yanela Hernández, Danilo Ginebra y Mario Vargas Llosa.

Cuando se le pregunta cómo quisiera ser recordada, no menciona premios.

Habla de coherencia.

“Como una artista coherente. Como alguien que ama profundamente a su país y que usó su talento para elevar el espíritu de quienes la escucharon.”

Quizás ahí está la verdadera síntesis de Yanela Hernández: coherencia entre la palabra y la vida.

El país como personaje

Y cuando mira a la República Dominicana, la ve como si fuera una obra en pleno conflicto dramático.

“Estamos en un proceso de transformación doloroso pero necesario…”

No es final.

No es derrota.

Es ese instante donde el personaje principal descubre sus heridas y comprende que ya no puede seguir igual.

“Es un momento de gran tensión, pero también de mucha esperanza.”

Como si el teatro no fuera un lugar,

sino un estado.

Como si la palabra, en su voz, aún respirara.

Y uno entiende, al salir de esa conversación,  que hay artistas que no solo interpretan una época: la atraviesan.

Y en ese tránsito, dejan algo más que personajes: dejan conciencia.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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