Como muy pocos escritores modernos, Ernest Hemingway hizo de su vida un mito. Ya en vida era una leyenda, no solo por la calidad de sus novelas y cuentos, sino por esa vida de novela que parecía llevar. Tanto es así que no sería hiperbólico afirmar que su verdadera gran novela fue la vida aventurera que lo caracterizó. No solo vivió intensamente, sino que, como Melville, Twain y Conrad —escritores a los que tanto admiró—, aprovechó cada experiencia propia para convertirla en material de todo lo que escribía. Así pudo escribir con maestría sobre tauromaquia, pesca, caza, hipismo, senderismo, esquí, boxeo, guerra y sobre un largo etcétera. Su literatura está tan impregnada de sus experiencias que a menudo las ficciones parecen autobiografía y las memorias parecen ficciones. Fiesta, por ejemplo, es una novela que se lee como una autobiografía, en tanto que París era una fiesta es un libro de memorias que puede leerse como ficción, pues no existe consenso unánime cuando se intenta deslindar el género preciso de estos dos libros. Y no es casualidad que el primero sea visto como un libro que cuenta hechos reales, y el segundo como uno que cuenta historias manipuladas. Entre uno y otro, la línea divisoria que separa lo real de lo ficticio no está clara. Se ignora dónde inicia uno y dónde termina lo otro. Pero tampoco existe transparencia cuando se quiere indagar sobre la controvertida vida del autor.

Para muchos, entre ellos Gertrude Stein en su Autobiografía de Alice B. Toklas, Hemingway no era ni pizca de la imagen de sí mismo que vendía. Otros, entre ellos Mario Vargas Llosa en el ensayo que le dedicó en La verdad de las mentiras, dicen que vivió como se vive en sus novelas y cuentos: al máximo. Pero, hasta ahora, sobre él nada está claro, lo cual, en lugar de restarle riqueza a su mundo, le suma de forma exponencial. Es precisamente el misterio y la contradicción lo que en él ha dado paso a la creación del mito y la leyenda, puesto que, como la técnica del iceberg que emplea en sus narraciones, lo más importante de su vida no está en la superficie de lo que se cuenta sobre él, sino en lo que esconde. Lo fundamental no es lo que dice y muestra, sino lo que calla y oculta. La verdadera historia es, pues, la que permanece escondida. De ahí que su vida sea un enigma, o al menos un dechado de contradicciones, lo que con frecuencia lleva a ciertos lectores a confundirla con la vida de algunos de sus personajes.

Hemingway era una fiesta

Se sabe que escribía con apego a la realidad y de una manera un tanto autobiográfica, pero si hay un libro que sintetiza la vida de Hemingway como ningún otro de los suyos, ese es París era una fiesta. Es un libro póstumo que escribió en los últimos años de su vida, pero que se centra en los años mozos que vivió en París. Era desde lego el París que lo daba todo y lo quitaba todo, por eso él mismo dice que “París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo de trueque de lo que allí dejaba”. El libro me recuerda a Memorias de África; son muy análogos en muchos aspectos. Si las memorias de Dinesen tienen a Kenia como escenario central, las de Hemingway tienen a París. Pero, por supuesto, Hemingway no pierde autenticidad. Su libro es Hemingway al desnudo, o al menos deja entrever su verdadera vida. Relata en él escenas importantes de su relación con su primera esposa; de sus frecuentes visitas a bares, cafés y librerías como “Shakespeare and Company”, donde tenía crédito e incluso permiso para llevarse algunos libros en calidad de préstamo; y de su amistad con Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Sylvia Beach y Ford Madox Ford. Quizá lo que más se parecía a su verdadera vida fue lo que vivió allí en los años veinte del siglo pasado. No es casualidad que, estando deprimido, escribiera París era una fiesta como evocación y nostalgia de una época en la que sintió que fue feliz a pesar de todo: “Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”.

Leyendo este libro uno descubre que Hemingway era, desde muy joven, un lector voraz y gustaba de escribir en los cafés todas las mañanas. Para entonces no contaba con suficientes recursos económicos y tenía una esposa y un hijo. Amaba a su primera esposa, pero formó un matrimonio un tanto poligámico en el que llevó a la casa —al parecer con el consentimiento de la esposa, luego de que la economía del hogar mejorara— a una mujer joven con la que convivió junto a la esposa y de la cual también se enamoró. Pero el amor hacia su primera esposa, así lo dejó escrito, era más fuerte que el amor que luego llegaría a sentir por cualquier otra mujer. Ella, contra viento y marea, estuvo a su lado en los turbulentos años veinte. No era precisamente una vida aventurera, pero tenía poco de monótona. Hemingway describe, implícitamente, sus múltiples aventuras, pero también la sombra de una vida doméstica que al menos durante una larga temporada era, de alguna manera, un poco plúmbea. En París hizo de todo, pero en las mañanas la esposa solía ir a su clase de surf, él iba al café a tomarse un café con leche mientras escribía cuentos, y es increíble: el niño recién nacido quedaba solo en la casa junto a un gato. Para entonces sus cuentos eran descartados por las revistas de la época, pero él seguía escribiendo a su modo.

En la novela Fiesta los personajes centrales son aventureros, juerguistas, ludópatas y, de algún modo, alienados en ciernes. Incluso el personaje que narra la historia, Jake, que al parecer es el más comedido y racional de la cofradía, adolece de un complejo de virilidad que lo ha castrado ante la vida. Romero, el torero, pese a su enorme talento para la tauromaquia, también está un poco alienado. Lo están también Bill, Mike e incluso Cohn. Tanto es así que una perdida como Brett, la manzana de la discordia en la “fiesta”, parece tener mayor raciocinio que todos los del grupo y, de forma casi imperceptible, juega con ellos como con marionetas. Jake y Cohn tienen, al parecer, mucho de Hemingway. Esa supuesta festa es no solo lo mejor del libro, sino también lo más sugerente. El atractivo de esa parte es innegable y, qué duda cabe, ha influido en escritores de renombre, pues esa celebración casi interminable que constituye el corazón del libro es, a mi juicio, muy similar a las que tienen lugar en el Macondo de García Márquez, específicamente en Cien años de soledad y Los funerales de la Mamá Grande. Esto no es casualidad, puesto que el Gabo no solo era un devoto de Hemingway, sino que lo llamó uno de sus grandes maestros.

Como en El gran Gatsby, una novela que calificó de hermosa y perfecta, este mundo de festividad hiperbólica y de falaz bienestar es, a todas luces, el mundo de Hemingway; pero, a diferencia de su amigo y entonces compañero de juerga Scott Fitzgerald, el modo de Hemingway presentar las celebraciones es deliberadamente seco, salvaje y mil veces más amargo; se colige que esta es su manera de ver el mundo. Lo veía como una “fiesta”. Para él, en eso que el mundo llama fiesta hay algo de impostura y de alienación y vacío. En Fiesta, verbigracia, parece exagerar la duración de la “fiesta” para que el lector advierta el absurdo y la vaciedad de esta. En ella, la alegría brilla por su ausencia, o mejor dicho, en esa larga y loca celebración todo parece tan forzosamente alegre, y tan hiperbólico, que la misma tiene más de tristeza que de felicidad. En esa desaforada y patética fiesta de siete días consecutivos que tiene lugar en Pamplona, no existe nadie feliz. Pero hay una férrea voluntad de ser feliz en la “fiesta”, aunque sea a la mala y a la fuerza.

Así era Hemingway: pura fiesta, y sin embargo se suicidó porque ya no soportaba la depresión que siempre maquilló con esas aventuras y fastuosidades en las que, como él mismo escribe, “me zambullían en la charca de la vida convertida en fiesta”. Como la vida en París y como la “fiesta” de Pamplona, la vida de Hemingway era una dualidad. No es de extrañar que para Gertrude Stein, en la Autobiografía de Alice B. Toklas, las proezas y las locuras de Hemingway fueran una farsa, y lo intenta demostrar cuando irónicamente dice que una vez el gran escritor, que se ufanaba de tener buen boxeo, fue noqueado por un amigo a quien intentaba enseñar a boxear. Y, naturalmente, París era una fiesta pone al descubierto que, en París, como en la rimbombante festividad de Pamplona que el autor describe en Fiesta, el término “fiesta” es sinónimo de escapismo. Pero no hay duda de que, en casos así, intentar escapar es intentar huir de una sombra o de algo que no deja buen sabor de boca. Semejante escape no es otra cosa que una especie de parche o rebote, pues nadie puede escapar del perseguidor que lleva dentro de sí. Por eso Hemingway, que era una fiesta, jamás pudo huir de sí mismo.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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