En el decurso de su existencia, Vargas Llosa leería y escribiría, no sin pasión, obras novedosas y memorables.
Ello no fue casual: se debió, principalmente, a su vasta cultura, buena imaginación y profundo dominio del idioma español.
Por tal razón, habría de ser en las palabras y viviría la creación.
De ahí que, en todo momento, fuese recordado como gran intelectual de prodigiosa imaginación, que supo forjar su propio camino en el ámbito de la cultura universal.
Las palabras hacen posible la claridad de juicio, al tiempo que permiten discernir una cosa de otra.
En lo esencial, comunican, comprenden, educan y orientan; fijan conceptos, ideas, imágenes, experiencias y vivencias.
En otros términos, su poder, al menos, es seductor, contagioso y placentero.
Con significados y significantes, las palabras (bien manejadas) son vitales para imaginar, comunicar, escribir y pensar.
Sin embargo, no pocos desconocen sus sentidos. Por eso, hablan mal y escriben peor, ya que los conceptos, las más de las veces, se les escurren en la memoria y doblegan su voluntad.
Sus mensajes, en vez de claros y precisos, son confusos y carecen, por consiguiente, de fuerza comunicativa.
Contrario a ello, Vargas Llosa habría encarnado la creación en no pocas obras de calidad estética duradera.
Entre ellas cabría mencionar: La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, La verdad de las mentiras, La guerra del fin del mundo, El pez en el agua y otras tantas de gran valor literario.
En efecto, las obras de Vargas Llosa son mundos distintivos, construidos con palabras diversas, experiencias, vivencias y ficciones.
Las mismas son leídas no solamente por el mensaje que proyectan, sino por las palabras que las integran.
De no ser así, Vargas Llosa jamás habría sido en la creación.
Diríase, por tanto, que las palabras articulan los sentidos de sus obras.
Sin el ritmo, la cadencia y la musicalidad de las palabras, no habría posibilidad alguna de estructurar obras significativas y encantadoras.
Consciente de ello, Vargas Llosa se adentró en el oscuro y misterioso mundo de las palabras; lo desvelaría y aprendería a ser entre ellas. De ahí que viviese, no sin asombro, las variadas experiencias de la creación.
Vargas Llosa fue en las palabras; comprendió sus significados y su estrecha relación con los objetos nombrados.
Por eso, su sentir, vivir y pensar no pasó desapercibido, ya que dependió, en gran medida, de ser en las palabras.
Gracias a las palabras, transmitió ideas, conceptos, vivencias y representaciones intuitivas de carácter inmanente y trascendente, quizás más allá de los límites de la razón, pero nunca de la ficción, cuyo sentido y expresividad se justifica, si se quiere, en el vuelo constante de la imaginación consciente de sí y, dadora, de más en más, de satisfacciones que la realidad, como tal, no podría proporcionar.
Vargas Llosa, en todo caso, pensó reflexivamente la creación; la gozó y vivió intensamente.
Parecería que el sentido de vivir lo encontraría en el acto creativo, tanto, que nunca comulgó con la pereza; tampoco con el optimismo iluso y extremo.
De ahí que viviese creando y recreando sus propias creaciones.
No sin razón sostiene:
«Aunque de manera menos visible y deliberada, en todos los creadores de ficciones ocurre algo parecido. Algo hay en sus vidas semejante al fetichismo de Restif, que lo hace desear ardientemente un mundo distinto a aquel en el que viven (…)».
En el arduo proceso escritural, las palabras juegan un rol determinante en la revelación de imágenes y la creación de ficciones.
Vargas Llosa no dejaría de ser tajante cuando diría con claridad entendible:
«(…) en una novela los temas en sí mismos nada presuponen, pues serán buenos o malos, atractivos o aburridos, exclusivamente en función de lo que haga con ellos el novelista al convertirlos en una realidad de palabras organizadas según cierto orden».
Por tal razón, se diría que toda novela es un todo compuesto de palabras bien seleccionadas, que suponen invención novedosa.
De ahí que, al igual que la ficción, sean determinantes en cuentos y novelas.
Sin palabras, no habría relatos novelados, breves ni extensos.
Las novelas cobran vida en ellas.
En la obra ¿Qué es la literatura?, Jean-Paul Sartre afirma que:
«(…) La armonía de las palabras, su belleza y el equilibrio de las frases disponen las pasiones del lector sin que este lo advierta, las ordena como la misa, como la música, como una danza; si el lector considera las palabras por sí mismas, pierde el equilibrio y no le quedan más que fastidiosos balanceos. En la prosa el placer estético es puro únicamente cuando viene por añadidura».
Las palabras, siempre impregnadas de significados y sutil melodía del silencio, entretejen sueños, hechos y experiencias imaginarias, que impactan emociones y pensamientos.
Los escritores poco afortunados brillan por falta de calidad y escaso conocimiento de las palabras.
Sus obras, engorrosas y abstrusas, son aburridas y vaciadas de sentidos. Por tal motivo, permanecen entre el silencio y el olvido.
Su publicación, efímera y desconcertante, pasa con mucha pena y sin ninguna gloria.
Esa y no otra sería la causa esencial del descrédito y la extrema desazón que siempre los acompañaría por tan pésimas obras.
Lejos de ellos, Vargas Llosa no fue divagador, ni mucho menos hacedor de obras insulsas y pasajeras.
Trabajó duro, con disciplina, inteligencia, constancia y sin premura, con el propósito expreso de dar lo mejor de sí.
Su amplio, variado y profundo universo literario, lleno de admirables creaciones, es, sin más, testimonio visible de ello.
Su sentir, ver, pensar y escribir son reflejos explícitos del buen uso de las palabras.
De no haber sido por eso, no habría escrito, con estilo propio, obras de largo aliento poético impresionante y elevado grado de originalidad.
Su filosofía de pensar, percibir y escribir no solamente la fundamentó en su lucidez racional, sino en la magia embriagadora de las palabras.
Todos sus escritos, dignos de recordación, no son sino legados directos de palabras precisas, fluidas y claras. Justamente por eso, sus obras gozan de mucho aprecio, calidad y deslumbrante belleza.
Nadie, en su sano juicio, lo negaría: sin palabras no habría escritura y las épocas serían mudas, ya que no tendrían probabilidades de dar a conocer sus hábitos, costumbres, cultura y forma de ser.
Eso, sin duda alguna, limitaría la conciencia y produciría confusiones y desconocimiento que la harían extraviar sin rumbo fijo.
Para orientar su paso en la vida, ser en las palabras y vivir plenamente la creación, Vargas Llosa eligió una filosofía justa y correcta de vida. Por eso, razonaría, imaginaría, escribiría y pensaría de la mejor forma posible.
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