Hay poemas que se publican y desaparecen. Otros permanecen en silencio durante décadas hasta que una nueva lectura los devuelve al presente. No regresan, sin embargo, como piezas arqueológicas: vuelven transformados por las preguntas de quienes los leen.
Ese es, a mi juicio, uno de los acontecimientos que produce hoy Tus dos altas banderas, de Aquiles Julián, publicado originalmente en 1976.
La recuperación de este poema permite algo más que reencontrarse con una voz poética. Permite revisar también nuestra memoria literaria y preguntarnos por las razones que hacen que determinadas obras permanezcan en el centro de la conversación cultural mientras otras quedan desplazadas hacia los márgenes.
Mi aproximación parte de algunas preocupaciones que han acompañado mi pensamiento crítico durante años: la literatura como forma de conocimiento, la memoria como territorio de disputa cultural, el lenguaje como espacio de exploración y resistencia, la subjetividad como construcción frente al otro y la poesía como interrogación de sus propios límites.
Desde esas coordenadas, Tus dos altas banderas adquiere una dimensión que supera ampliamente la celebración erótica del cuerpo femenino.
El cuerpo es aquí el comienzo de una pregunta.
Y la pregunta termina convirtiéndose en una exploración del lenguaje, del deseo, de la memoria y de la condición humana.
La pregunta como punto de partida
El poema comienza con una interrogación que contiene ya buena parte de su programa poético:
«¿Dónde nacen, mujer, tus manantiales […]?»
La pregunta importa más que cualquier posible respuesta.
El sujeto poético no afirma conocer el origen de aquello que contempla y desea. Pregunta dónde nace. Es decir, reconoce desde el principio que existe algo que se le escapa.
Aquí encontramos una de las mayores virtudes del poema: el cuerpo femenino no aparece como una realidad transparente, completamente disponible para la mirada. Aparece como misterio.
El «manantial» es fuente, nacimiento, origen. Preguntar por su nacimiento equivale a intentar llegar al principio de una presencia. Pero el poema no ofrece una respuesta definitiva. La pregunta permanece abierta.
Y en esa apertura comienza la verdadera experiencia poética.
La poesía conoce de una manera diferente. No necesariamente resuelve: explora. No clausura: abre. No siempre conduce hacia una certeza; muchas veces nos permite permanecer ante aquello que todavía no comprendemos.
En Tus dos altas banderas, el cuerpo se convierte precisamente en ese territorio de conocimiento inacabable.
El cuerpo como misterio
El poema puede ser leído como una verdadera hermenéutica del cuerpo.
El sujeto mira, desea, pregunta y nombra. Pero cada intento de nombrar parece demostrar que aquello que se quiere conocer excede la palabra utilizada para representarlo.
Esta tensión resulta esencial.
La palabra no coincide con la cosa.
La metáfora aproxima, pero no captura.
El lenguaje revela, pero también deja un resto.
En este punto, el poema establece una conversación inesperada con algunas de las grandes preocupaciones del pensamiento contemporáneo, desde la deconstrucción de Jacques Derrida hasta las reflexiones de Paul Ricoeur sobre memoria y olvido, o las de Jacques Lacan sobre el sujeto del deseo.
No se trata de afirmar que Aquiles Julián haya escrito desde esas teorías. Sería una simplificación. Se trata, más bien, de reconocer que un poema puede producir intuiciones que posteriormente encuentran resonancia en determinados sistemas de pensamiento.
El poema, entonces, no necesita ser subordinado a la teoría.
Puede conversar con ella.
El cuerpo que recuerda y el cuerpo que olvida
Una de las imágenes más sugestivas del texto presenta los senos como «recipientes del olvido».
La expresión encierra una paradoja extraordinaria.
Un recipiente sirve para guardar. Pero ¿qué significa guardar el olvido?
La imagen transforma el cuerpo en archivo de aquello que se ha perdido.
El cuerpo no solamente contiene vida, deseo y placer. Contiene también memoria y ausencia.
Esta dimensión resulta especialmente importante cuando pensamos que el poema fue escrito en 1976 y vuelve a nosotros varias décadas después.
También el propio poema parece haberse convertido en un recipiente del olvido.
Durante años permaneció fuera del centro de la conversación literaria. Y ahora reaparece.
La paradoja se completa: un poema que habla del olvido ha tenido que atravesar el olvido para volver a ser leído.
Aquí la literatura revela una de sus funciones más profundas: conservar aquello que una sociedad puede dejar de mirar.
Pero conservar no significa congelar.
Recordar es volver a interpretar.
Cada generación modifica aquello que recuerda porque cada presente formula nuevas preguntas al pasado.
Por eso recuperar Tus dos altas banderas no es simplemente rescatar una obra de 1976. Es incorporar nuevamente esa obra a nuestro presente.
Cuando el cuerpo se convierte en universo
Uno de los rasgos más poderosos del poema es su extraordinaria proliferación metafórica.
Los senos aparecen convertidos en «planetas de la dicha», «pozos vocabulario», «selvas», «industrias» y «lagos».
La acumulación merece ser leída con detenimiento.
No estamos ante un simple catálogo de imágenes bellas.
Cada metáfora abre una dimensión distinta.
El planeta introduce el cosmos.
La selva introduce la naturaleza.
El lago introduce el agua y la profundidad.
La industria introduce la producción.
Y el «pozo vocabulario» introduce directamente el lenguaje.
El cuerpo se convierte así en una especie de universo semántico.
Ya no es solamente un cuerpo que el sujeto contempla.
Es un territorio que produce mundos.
Esta operación resulta fundamental para comprender la originalidad del poema.
La palabra poética no se limita a describir una realidad que ya existe. La transforma.
Cuando el poeta llama «planeta» a un seno, no está diciendo únicamente que se parece a un planeta. Está incorporando el cuerpo a una nueva red de significados.
La metáfora crea relaciones que antes no estaban visibles.
Y al hacerlo, ensancha el mundo.
«Pozo vocabulario»: cuando el cuerpo produce palabras
Quizás ninguna expresión sea más reveladora para una lectura metapoética que «pozos vocabulario».
El cuerpo se transforma en fuente de lenguaje.
Esto permite invertir la relación tradicional entre cuerpo y palabra.
No es únicamente la palabra la que describe al cuerpo.
Es el cuerpo el que parece producir la palabra.
El deseo genera lenguaje.
La experiencia genera metáforas.
La metáfora produce nuevos significados.
Y esos significados vuelven a alimentar el deseo.
Se establece así un circuito que constituye buena parte de la vitalidad del poema:
cuerpo, deseo, palabra, metáfora, mundo y nuevamente deseo.
Esta dinámica se aproxima a una de las preocupaciones fundamentales de mi pensamiento sobre la poesía: la palabra literaria no es un instrumento pasivo. Tiene capacidad de desbordar sus propios límites.
Por eso la poesía constituye un laboratorio del lenguaje.
En ella las palabras pueden cambiar de territorio, mezclarse, adquirir nuevos cuerpos y producir relaciones inesperadas.
Contra la palabra única
Hay otra consecuencia importante en esta proliferación de metáforas.
El poema se resiste a definir el cuerpo mediante una sola palabra.
Una imagen no basta.
Hace falta otra.
Y otra.
Y otra.
El lenguaje avanza porque descubre que todavía no ha llegado.
Esta característica puede entenderse como una resistencia contra la univocidad.
Frente a la pretensión de que una cosa tenga un significado único y definitivo, la poesía responde con multiplicidad.
El cuerpo es cuerpo, pero también planeta.
Es planeta, pero también selva.
Es selva, pero también lago.
Es lago, pero también vocabulario.
La metáfora no elimina el objeto.
Lo multiplica.
Y esa multiplicación constituye una forma de libertad.
El deseo como conocimiento
El poema también permite reconsiderar la relación entre deseo y conocimiento.
Tradicionalmente, podríamos pensar que para conocer necesitamos distancia, objetividad, separación.
Pero el erotismo introduce otra posibilidad: hay experiencias que solo pueden ser conocidas desde la proximidad.
El deseo es una forma de acercamiento.
Sin embargo, acercarse al otro no significa poseerlo.
Esta distinción resulta esencial.
El sujeto poético desea conocer el cuerpo, pero el cuerpo permanece otro.
Y precisamente porque permanece otro, continúa siendo deseable.
Aquí aparece una de las grandes paradojas del deseo: queremos acercarnos a aquello que nunca podemos convertir completamente en nosotros mismos.
El otro nos atrae porque no somos él.
Y también porque no podemos agotarlo.
El otro que puede quebrarnos
Esta relación aparece de manera particularmente intensa en las expresiones «abrasarme, quebrarme o destrozarme».
El deseo ya no es únicamente placer.
Es riesgo.
El otro puede transformarnos.
Puede alterar las certezas que tenemos sobre nosotros mismos.
Puede incluso quebrarnos.
Esta dimensión permite pensar la subjetividad desde una perspectiva distinta. El yo no es una entidad cerrada que existe independientemente de los demás. Se construye en relación.
Necesitamos al otro para reconocernos, pero el otro también amenaza nuestras certezas.
Por eso la experiencia amorosa puede ser simultáneamente refugio y peligro.
El otro es nido y madriguera.
Fortaleza y cárcel.
Protección y amenaza.
La contradicción no debilita el poema.
Lo profundiza.
El cuerpo como territorio
En Tus dos altas banderas, el cuerpo termina convertido en una geografía.
Pero no se trata de una geografía que pueda ser cartografiada completamente.
Cada metáfora abre un territorio nuevo y demuestra, al mismo tiempo, que todavía queda algo por descubrir.
El cuerpo es un mapa que no puede terminarse.
Y quizá esa imposibilidad sea precisamente lo que mantiene vivo el deseo.
Si pudiéramos conocer completamente al otro, si pudiéramos recorrerlo hasta el último límite, el misterio desaparecería.
El deseo necesita un territorio todavía desconocido.
Por eso el poema no pretende cerrar el cuerpo mediante sus metáforas.
Lo abre.
Una pregunta ética
Esta lectura conduce inevitablemente a una pregunta: ¿cómo representar al otro sin reducirlo a objeto?
La pregunta resulta especialmente pertinente cuando se trata de un cuerpo femenino contemplado desde una voz poética masculina.
No sería riguroso afirmar que toda representación erótica deja de ser objetificante por el simple hecho de utilizar metáforas.
Pero tampoco sería suficiente reducir el poema a una mirada masculina sobre un cuerpo.
Lo interesante está precisamente en la tensión.
El sujeto desea y mira.
Pero aquello que mira se desborda.
El cuerpo no permanece encerrado en la categoría de objeto erótico. Se transforma en cosmos, naturaleza, lenguaje, memoria y territorio.
La proliferación metafórica termina produciendo un efecto paradójico: mientras el sujeto intenta nombrar el cuerpo, el cuerpo genera un mundo que excede al propio sujeto.
La alteridad resiste.
La poesía como resistencia
Aquí encontramos uno de los puntos de mayor contacto entre el poema y mi pensamiento crítico.
La poesía puede ser una forma de resistencia porque se niega a aceptar que el mundo ya está completamente nombrado.
Nombrar de otra manera es abrir posibilidades.
Metaforizar es producir alternativas.
Preguntar es resistir la respuesta definitiva.
Recordar es resistir el olvido.
Y leer nuevamente es resistir la desaparición.
Desde esta perspectiva, la recuperación de Tus dos altas banderas posee una importancia que va más allá del poema mismo.
También nos obliga a preguntarnos por nuestra memoria literaria.
¿Quién decide qué permanece?
La historia de una literatura no está formada únicamente por los libros que fueron escritos.
También está formada por los libros que continuaron siendo leídos.
Hay obras que reciben antologías, estudios, reediciones y espacios universitarios.
Otras desaparecen de las bibliografías, dejan de circular y pierden lectores.
Por eso el canon no es completamente inocente.
Toda selección implica una exclusión.
Preguntar por el canon significa preguntar también por el poder cultural.
¿Qué voces hemos convertido en centrales?
¿Cuáles hemos dejado en los márgenes?
¿Qué obras de los años setenta han sido suficientemente estudiadas?
¿Cuáles esperan todavía una lectura capaz de devolverles presencia?
Estas preguntas adquieren especial relevancia cuando un texto como Tus dos altas banderas reaparece después de décadas.
No se trata de sustituir un canon por otro.
Se trata de ampliar la conversación.
Justicia poética
Recuperar una obra no significa declarar automáticamente que se trata de una obra maestra.
Significa algo más elemental y, a la vez, más importante: devolverle la posibilidad de ser leída.
Esa posibilidad es una forma de justicia.
La literatura necesita memoria.
Pero necesita también lectores.
Un poema no permanece vivo simplemente porque exista físicamente en un libro. Permanece vivo cuando alguien vuelve a entrar en él y descubre que todavía tiene algo que decir.
Aquiles Julián nos ofrece hoy esa posibilidad.
Su poema habla desde 1976, pero no está obligado a permanecer en 1976.
El lector contemporáneo lo transforma al leerlo.
Y el poema, a su vez, transforma las preguntas del lector.
Ese es el verdadero diálogo entre pasado y presente.
El poema no termina
Quizá la mayor virtud de Tus dos altas banderas sea precisamente su resistencia a terminar.
No termina porque no responde completamente a la pregunta inicial.
No termina porque ninguna de sus metáforas agota el cuerpo.
No termina porque el deseo permanece abierto.
No termina porque la palabra continúa buscando otra palabra.
Y tampoco termina porque ahora vuelve a ser leído.
La crítica literaria, cuando cumple su función más noble, no debería clausurar esa apertura.
No debe convertir el poema en una fórmula.
Debe acompañarlo.
Debe formular nuevas preguntas.
Debe descubrir sus posibilidades sin pretender agotarlas.
En ese sentido, leer Tus dos altas banderas desde el pensamiento crítico de Ike Méndez no significa colocarle una teoría encima al poema.
Significa entrar en conversación con él.
El poema interroga mi pensamiento tanto como mi pensamiento intenta interrogar el poema.
Y allí reside la verdadera crítica: no en demostrar que el texto confirma nuestras ideas, sino en permitir que el texto nos obligue a pensar nuevamente.
Aquiles Julián escribió en 1976.
Pero la poesía, cuando consigue sobrevivir al tiempo, no permanece donde fue escrita.
Regresa.
Y cuando regresa, trae consigo una pregunta.
¿Dónde nacen, mujer, tus manantiales?
Quizá todavía no tengamos la respuesta.
Quizá precisamente por eso el poema continúa vivo.
Y quizá esa sea la mejor forma de resistir el olvido: seguir preguntando.
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