«La ley es un traje. Aprende a coser los hilos que te convengan». Mario Mendoza

El último testamento de un juez que intentó redimirse debe ser extenso, confesional, profundamente lírico y trágico. El reloj marca las 3:03 a. m. Hoy no tengo toga. Hoy no tengo fe. Hoy soy un hombre solo con su verdad… y la verdad, cuando llega tarde, ya no libera, condena. He escrito esta renuncia una docena de veces. He doblado el papel, lo he acariciado como quien despide un cadáver, pero no he tenido el valor de firmarla con mi nombre. No por miedo a perder el cargo… sino por miedo a que, al perderlo, se lleven también mi sangre.

Porque esto…esto no es un tribunal, esto es una selva de corbatas, una red sin rostro cuyo hilo más oscuro lleva el nombre de Alcides Ramírez. Mi maestro, mi mentor, mi verdugo. El hombre que me enseñó a dictar sentencias con voz firme mientras enterraba verdades con manos sucias. Él que me tomó del brazo en mi primer juicio y me susurró; La ley es un traje. Aprende a coser los hilos que te convengan. Y yo lo creí. Dios me perdone, yo lo creí.

Esta noche iba a entregarme, a la prensa, a la justicia, a la memoria de mi padre, que murió sin corromperse. Tenía todo; documentos, nombres, cuentas cifradas, las grabaciones de Laura, esa mujer valiente, rota por dentro y aún de pie, que apareció en mi casa hace apenas unas horas, temblando como una hoja, con los ojos que han visto más muerte que un forense.

Esto lo cambia todo, dijo. Y lo era. En su bolso… la verdad que nadie se atrevió a pronunciar en seis años. Martha Padura, no Alcides, no los generales, no los fiscales en la nómina oculta. Martha. Mi amiga. Mi sombra. La mente detrás del velo. La perversa arquitecta que armó el ajedrez y nos movió a todos como peones ebrios. El caso del imputado… no fue un desliz. Fue una firma, una rúbrica de poder. Y yo, idiota, la encubrí. Reenvié su caso seis veces. Fingí ignorancia. Firmé sentencias que no dicté. Guardé silencio mientras ella reía en su torre de marfil. Pero cuando creí que podía romper el ciclo… cuando me dije a mí mismo: Mario, hoy sí. Hoy entregas todo y que sea lo que Dios quiera… me interceptaron.

Un café. Una tarde cualquiera y tres fantasmas caminando hacia mí. Los tres, los mismos, los sicarios de la Fortaleza Palo Hincado. Presos en papel, libres en cuerpo. Los perros rabiosos de Alcides. Me dejaron un sobre. Ni una palabra. Solo un sobre con dos fotografías una de mi madre y otra de mi hermana, los delincuentes habían estado siguiéndolas. Frente al colmado. En la parada de autobús. Una con su bastón, la otra con el uniforme de enfermera, sonriendo sin saber que alguien las marcaba. Y un papel. Escrito con tinta de muerte; —si hablas, las lloras. Soy un juez frente al abismo de su conciencia, amenazado por las garras de un sistema corrupto. Dios… ¿cuántas veces se puede decir basta antes de que alguien escuche? Hoy, por fin, lo iba a hacer. Renunciar. Salir del tribunal con la frente limpia y las manos vacías. Hablar. Nombrarlos a todos: a Alcides, a Martha, a los fiscales zombis que obedecen sin pestañear. Pensé que me bastaba con firmar un papel y encender una grabadora. Pero no. Aquí, para ser libre, hay que morir primero.

Uno de los hombres, llamado «El Toro», colocó el sobre manila en la mesa en donde me encuentro sentado sin decir nada. Luego, otro, más delgado, apodado «Chinito», sonríe. El tercero, el más joven, se queda de pie, vigilando la puerta. El Toro, con voz rasposa, sin emoción me increpó:

—No sigas. No firmes nada. No digas nada. No te mueras por hablar… porque otros morirán por ti.

—¿Quiénes son ustedes? —dije buscando una explicación —Chinito, riendo, como si hablara con un viejo amigo respondió: —Somos los que no están en los papeles. Los que nadie menciona en la prensa. Los que viven en la sombra de la toga que tú arrastras. Presos, dicen. Pero tú sabes, juez… que las rejas son de papel cuando el dinero tiene llave.

Yo, intentando mantener el temple respondí: —No tengo miedo.

Mientras «El Toro», se inclinaba hacia mí, su voz se volvió un cuchillo: —Claro que sí, Mario. Todos tienen miedo. Tú no eres un héroe, eres un hijo. Un hermano. Y las madres, Mario… las madres mueren fácil. Un resbalón en la escalera, un infarto repentino, un disparo perdido en el colmado. —dijo esto mientras sacaba una foto del sobre y la deslizaba lentamente hacia mí, —Ahí está ella. Doña Hilda. Hoy en la farmacia. A las 9:43 a.m. —miro la foto y cierro los ojos. Mi rabia se mezcla con el terror. Luego otra imagen… mi hermana saliendo del hospital. Chinito, burlón decía: —Linda familia tienes, juez. Sería una pena que el apellido Mendoza se quedara sin mujeres. Se me congeló la lengua. El café se volvió ceniza en mi boca. Quise gritar. Quise levantarme. Quise estamparles la taza en la cara. Pero el miedo… el miedo es un ancla que no se ve. Y hoy me hundí.

El Toro, se levanta: —Alcides no quiere tu renuncia. —dijo—Y mucho menos quiere que te pongas valiente. Tú ya sabes qué hacer. Sigue dictando justicia a su medida. Y tu madre seguirá viendo novelas. Y tu hermana, sonriendo.

Chinito, poniéndose la gorra me miraba:

—Ya te dimos el mensaje. Ah, y Mario…si te da por hablar… no busques protección en la prensa. Los periodistas también comen de esta mano. Y algunos… hasta piden postre.

Se fueron igual que llegaron. Sin ruido, como la peste. Dejaron el sobre, las fotos, y una amenaza que se me clavó detrás de los ojos. Yo quería renunciar. De verdad lo quería.

Cerrar el libro, romper el ciclo. Pero ahora… ¿Cómo hacerlo cuando el precio es sangre? ¡Qué clase de país es este… donde renunciar a la corrupción es una sentencia de muerte! ¡Dónde un juez es rehén de los mismos que debería juzgar! Dios mío… dame una sola noche más, una sola… para encontrar la forma de protegerlas. Y luego… juro que los entierro a todos. Uno por uno. Con nombres, fechas, pruebas, y esta voz… que algún día, será más fuerte que mi miedo.

¿Dónde se quiebra un hombre? ¿En qué punto exacto muere la justicia y nace la sumisión? Porque aquí estoy, con pruebas en las manos, con el deber ardiendo en el pecho, y sin poder mover un dedo sin que el infierno toque a mi madre. Y Laura… Laura duerme en mi sofá como un ciervo herido. Tiene miedo y razón. Si saben que ella tiene esas grabaciones, la matan. No lo piensan. No negocian. La matan. Y yo no puedo salvarla. No puedo ser héroe y escudo al mismo tiempo. No tengo escoltas, ni prensa amiga, ni un fiscal que no esté comprado.

Alcides me formó. Martha me corrompió. Laura me despertó. ¿Qué queda de mí? ¿Un hombre? ¿Un mártir? ¿Un cobarde con memoria? Quizás no tenga valor para entregarme aún… pero puedo dejar esto. Una voz. Un relato. Una prueba. Si alguien escucha esto después de mi muerte, si encuentran este archivo en el fondo de mi cajón, que sepan que yo lo intenté. Que yo quise hablar. Que me callaron a punta de miedo… pero que mi silencio fue forzado, no cómplice.

Y a ti, Martha… si me escuchas, recuerda que hasta las sombras se desgarran con un rayo de verdad. Y tú… tú estás hecha de noche. Pero la aurora, tarde o temprano, siempre llega. Amanezco juez. Pero tal vez, duerma como hombre. La grabadora sigue encendida. Afuera, un carro se detiene. No sé si vienen por mí… o por la verdad.

Capítulo XIV. El precio del silencio

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

Ver más