De acuerdo con la visión estética de Bertolt Brecht, la literatura no debe reducirse a un mero ejercicio de arte; contemplación o entretenimiento. Su función esencial radica en su capacidad para enseñar, concientizar y persuadir los pensamientos y deseos humanos. Partiendo de este punto, la literatura no es solo un producto de la sociedad, sino una fuerza dialéctica con el poder de retornar a ella para transformarla. Este compromiso vital es el que define la trayectoria de la escritora y poeta española Ángela Figuera Aymerich, quien utilizó la palabra como un instrumento de oposición para fomentar el humanismo y la denuncia social en un contexto de profunda fractura histórica.

Nacida en Bilbao en 1902, Ángela Figuera Aymerich fue una intelectual de formación sólida, licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid y catedrática de bachillerato. Su labor se inserta en la Generación del 36, un grupo de autores cuya producción quedó marcada de forma imborrable por el trauma de la Guerra Civil Española y las carencias de la posguerra. Junto a figuras como Blas de Otero y Gabriel Celaya, conformó el influyente "Triunvirato Vasco", núcleo fundamental de la poesía desarraigada. Esta corriente se caracterizó por abandonar la Vanguardia estética para abrazar una literatura comprometida, donde el lenguaje se vuelve áspero, humano y directo, enfocado en las injusticias y el sufrimiento del individuo frente a un destino hostil.

En las páginas siguientes, se examinará cómo la obra de Figuera Aymerich trasciende la mera crónica del dolor para proponer una ética de la solidaridad. A través de un recorrido por sus textos más emblemáticos, observaremos cómo la poeta nos invita a recuperar valores que parecen ir desapareciendo con la modernidad: la empatía, el reconocimiento de la vulnerabilidad y el amor como fuerza unificadora. Su poesía, en definitiva, no es solo un testimonio del pasado, sino una invitación vigente a humanizar nuestra realidad presente mediante la palabra compartida.

Es así como resulta esencial iniciar esta lectura abordando su obra cumbre, "Belleza cruel". En este poema, Figuera Aymerich plantea una ruptura definitiva con la poesía pura y artificial. La autora nos presenta una paradoja dolorosa: la belleza no puede ser disfrutada plenamente mientras coexista con la injusticia y el hambre. Para la poeta, el acto de escribir versos armoniosos mientras el mundo se desmorona es un acto de egoísmo y de complicidad:

Que me perdonen todos este lujo,

este tremendo lujo de ir hallando

tanta belleza en tierra, mar y cielo,

tanta belleza devorada a solas,

tanta belleza cruel, tanta belleza.

En este texto, Figuera Aymerich manifiesta un sentimiento de culpa existencial que se convierte en el motor de su creación. No desea un corazón sensible para la contemplación lírica, sino un "corazón de barro" o "de diamante", materiales capaces de resistir o de cortar la realidad sin quebrarse ante el horror:

Dadme un espeso corazón de barro,

dadme unos ojos de diamante enjuto,

boca de amianto, congeladas venas,

Al declarar que siente vergüenza cuando contempla el rostro de los hombres que cargan con el miedo y el hambre:

Porque es lo cierto que me da vergüenza,

que se me para el pulso y la sonrisa

cuando contemplo el rostro y el vestido

de tantos hombres con el mido al hombro,

de tantos hombres con el hambre a cuestas,

La poeta está aplicando la premisa de Brecht: su literatura "vuelve" a la sociedad para señalar la herida.

Este poema es la declaración de principios de su humanismo radical. La "belleza" es calificada como "cruel" porque actúa como un velo que pretende ocultar la tragedia humana. Ángela Figuera Aymerich decide, entonces, rasgar ese velo. Su estrategia no es buscar la perfección métrica, sino la verdad humana. Al confrontar al lector sobre la miseria que camina por las calles, la poeta transforma la vulnerabilidad de las víctimas en un grito de guerra estética, exigiendo que la poesía deje de ser un lujo y se convierta en una necesidad vital para la recuperación de la dignidad y la empatía en un mundo deshumanizado.

Ángela Figuera Aymerich.

Siguiendo esta línea de pensamiento, el humanismo de Figuera Aymerich se manifiesta con una fuerza desgarradora a través de su concepto de la maternidad universal. Para la poeta, el acto de dar vida no es un suceso privado, sino un vínculo que la asocia con todo sufrimiento humano. Esto se observa con claridad en poemas como "Bombardeo" y  "Éxodo", donde la vulnerabilidad biológica del niño y la madre se enfrenta a la frialdad técnica de la guerra:

Una mujer corría.

Jadeaba y corría.

Tropezaba y corría.

Con un miedo macizo debajo de las cejas

y un niño entre los brazos……..

Iba llena de gracia por los días

desde la anunciación hasta la rosa.

Pero ellos no podían, ciego, brutos,

respetar el portento.

Rugieron. Embistieron encrespados.

Lanzaron sobre mí y mi contenido

un huracán de rayos y metralla………..

 En el poema "Cuando nace un hombre”, Figuera Aymerich expone la identidad colectiva de la humanidad al presentar el nacimiento no como un hecho privado, sino como un acontecimiento universal que renueva el mundo. A través de este texto, la autora sostiene que la llegada de una nueva vida nos afecta a todos por igual, derribando barreras generacionales y sociales, ya que, ante este milagro, la sociedad entera se fortalece al comprender que quien nace es “hermano de todos”:

Cuando nace un hombre

siempre es amanecer aunque en la alcoba

la noche pinte negros cristales……………

 

Cuando nace un hombre

todos tenemos un hermano.

Por su capacidad para transmitir esperanza y fraternidad en medio de un contexto histórico difícil, este se ha convertido en mi poema favorito de la autora.

En estos textos, Ángela Figuera Aymerich no escribe desde la abstracción (es decir, desde conceptos filosóficos lejanos), sino desde la 'carne': esa realidad física, biológica y tangible del ser humano. Mientras que otros poetas de la época buscaban refugio en metáforas distantes, ella sitúa al lector en medio de la trama, describiendo el terror de quien protege una vida naciente frente a los mecanismos destructores. Aquí, su poesía cumple la función transformadora que mencionaba Brecht: al exponer la fragilidad de una madre en el éxodo, la autora no solo narra un hecho histórico, sino que genera una conciencia crítica sobre la deshumanización del conflicto armado.

De este modo, la producción de Figuera Aymerich transita desde la denuncia descarnada de la guerra y la injusticia en piezas como “Belleza cruel” y “Bombardeo”, hasta el destello de una profunda esperanza colectiva en “Cuando nace un hombre”. A través de este recorrido, su voz se erige como el escudo de los vulnerables, transformando el dolor y el milagro de la vida en una poderosa proclama política que nos invita a la fraternidad social.

Finalmente, es necesario destacar que su obra redefine la identidad femenina dentro de la literatura. En poemas como "Mujer de barro", la autora rechaza la visión de la mujer como un objeto estético o una "flor" delicada. Se define, en cambio, como tierra fértil y trabajada, ligando su existencia a la realidad material y cotidiana:

Mujer

¡Cuán vanamente, cuán ligeramente

me llamaron poetas, flor; perfume!

 

Flor; no: florezco. Exhalo sin mudarme.

Me entregan la simiente: doy el fruto.

El agua corre en mí: no soy el agua.

Esta muestra de vulnerabilidad es lo que hace que su poesía siga siendo vigente; es una invitación a reconocer nuestra propia vulnerabilidad y empatía como las únicas herramientas capaces de reconstruir una sociedad fragmentada por la indiferencia.

Exhorto a todo ser humano con sensibilidad y conciencia crítica, a sumergirse y redescubrir los escritos de Ángela Figuera Aymerich; no solo para deleitarse con la belleza de su lírica, sino para reflexionar en la profunda humanidad que habita en cada uno de sus versos, pues como se ha evidenciado a lo largo de estas páginas, su obra trasciende la noción de la "poesía bella" para convertirse en un testimonio de resistencia ética. Leerla hoy no es un ejercicio de nostalgia literaria, sino una necesidad urgente de recuperar los valores de humanidad, amor, empatía y unión social que parecen haberse desvanecido en la indiferencia de nuestro tiempo. La vigencia de su voz radica precisamente en esa capacidad de confrontarnos sobre temas que aún nos duelen y nos faltan.

Su lírica es un llamado a valorarnos en nuestra esencia, a reconocer la dignidad de cada individuo por esa humanidad compartida que nos une de forma indisoluble. En definitiva, la poesía de Figuera Aymerich nos devuelve el espejo de lo que somos y, sobre todo, de lo que todavía podemos llegar a ser si decidimos, como ella, no dar la espalda al sufrimiento ajeno. Es por ello que la poética de Figuera Aymerich nace de la tierra sufriente para elevarse como una conciencia colectiva que reclama nuestra propia humanidad.

Loren Constanza

Estudiante de letras

Loren Constanza es estudiante de la Licenciatura en Letras, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). lorenconstanza000@gmail.com

Ver más