Un secreto es una memoria oculta que garantiza una supervivencia y que manifiesta un tipo de resistencia política, decía la brasileña Lélia González, cuando se refería al contexto de la religiosidad afrodescendiente. Cada frontera guarda sus secretos, sus actos clandestinos; el arte es una especie de frontera, donde esto pasa a menudo.

Hace poco, en una conversación que tuve con la crítica de arte Marianne de Tolentino, ella me decía: el arte dominicano es un secreto. Pues hoy quiero traer a la luz un secreto de ese secreto: del arte, de la labor curatorial, del trabajo colectivo, de lo vincular. Así como un código organizador que da poder y saber, el secreto enriquece la labor curatorial obrando como el misterio que invoca, convoca y conjura desde lugares tanto invisibles como visibles. Nunca esto ha sido más claro que en el caso de la obra Manifiesto del artista dominicano Polibio Díaz y su rescate a partir de un acuerdo colectivo de este tipo…

Déjenme explicarles, no sin antes recordarles brevemente que Polibio Díaz es oriundo de Barahona. Inició estudios de fotografía en la Universidad de Texas A&M, en Estados Unidos, mientras estudiaba para titularse en Ingeniería Civil. Desde entonces, siempre alternó su carrera con la fotografía hasta que en 2003 decidió abandonar la ingeniería para dedicarse a la fotografía, el performance y a sus labores como agregado cultural recién nombrado. Polibio siempre ha mostrado interés en la afrodescendencia dominicana, confrontando las tensiones de su propio legado afrodescendiente y rechazando la negación de la herencia biológica, psicológica y social aún prevalente en República Dominicana.

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'Manifiesto' video performance

Conocí a Polibio más de 15 años atrás, durante mi tiempo trabajando en el Centro Cultural Eduardo León Jimenes, en un proyecto de catalogación de las obras de su colección. Era un día soleado con mucho viento, en el parque Colón de la zona colonial de Santo Domingo. Tomamos un café en el palacio de la esquizofrenia y la vida creativa, como es, se apropió del encuentro. Muy rápidamente entramos en el tema de su mayor interés: las relaciones entre República Dominicana y Haití, lo fronterizo. Y fue allí, a merced del viento tropical y las hojas cayendo sobre nuestra mesa, que la conexión con Polibio comenzó.

La frontera fue lo que me trajo a la República Dominicana la primera vez, cuando uno de mis mentores, el antropólogo haitiano Herns Marcelin, de la Universidad de Miami, me invitó a participar en el seminario de estudios binacionales en la isla. Llegué a La Española por Haití, crucé la frontera por tierra y me enganché inevitablemente con el olor robusto de la historia de esta isla, que tanto ha impactado mi vida.

Bueno, volviendo a las hojas sobre la mesa en el palacio de la esquizofrenia, parecía que con el viento, el espíritu del otro Polibio Díaz, su señor padre —abogado, político y asesor jurídico del poder ejecutivo en el periodo posterior a la caída de Rafael Trujillo— nos visitaba, acentuando el viento al oír su nombre. Todo con Polibio sucedía así: siempre parecía tener una alianza muy íntima con los elementos de la naturaleza que se pronunciaban en respaldo a sus historias.

Entonces, pedí a Polibio que me contara sobre la última obra en la que estaba trabajando y fue ahí que me habló de Manifiesto. La obra era un video de un performance que surgió como parte del llamado de Tania Bruguera y el Immigrant Movement International para realizar acciones durante el Día Internacional del Inmigrante. En el video, Polibio conducía una yipeta donde iban junto con él un hombre y una mujer, inmigrantes haitianos. Durante el trayecto, los pasajeros leían en español y créole el manifiesto del inmigrante, creado desde el Immigrant Movement International de Tania Bruguera con guiño de las Naciones Unidas, donde se declara a los inmigrantes como una nueva clase global y no una suerte de carga. Mientras tanto, el recorrido pasa por lugares como la Junta Electoral, el mercado de las pulgas, el monumento de Trujillo realizado por el artista Silvano Lora, en el malecón, posteriormente el pequeño Haití para finalizar en la calle El Conde, en la zona colonial de Santo Domingo. En un cruce de paisajes, internos y externos, en movimiento, el auto en desplazamiento y las voces moviéndose entre acentos por la realidad cotidiana del inmigrante haitiano. Confrontación y disputa en el espejo, la música son sus voces y el silencio entre líneas…

Desde ahí percibí el valor de la denuncia implícita y explícita. ¡Polibio, esta obra tiene que salir a la luz! Es en ese momento que él me aclara que el gran problema de la obra era que la imagen estaba "secuestrada" en algún lugar, pues al intentar reproducirla quedaba trabada y caía. Pasaron meses así, intentos y nada, me reiteraba Polibio. Fue a partir de ahí que inició el proceso de rescate y cura más intenso…

No sabía cómo íbamos a lograrlo, pero sí tenía la certeza de que el rescate de una obra con una carga simbólica tan fuerte necesitaba medidas simbólicas y concretas que estuvieran a la altura.

Como dice la estratega política y escritora Michele Wucker en Why the Cocks Fight, somos definidos, no solamente, por lo que está dentro de nosotros, sino también por el reflejo de aquellos alrededor; ellos se convierten en lo que hay adentro…

Algunos días más tarde fui junto con Polibio a la casa de la dramaturga Chiqui Scherezada Vicioso, a quien aprecio y admiro mucho también. Fue en torno del café hablando sobre la obra que ella dijo firmemente: "Déjenme ver si Bárbara Bosch (hija del expresidente y escritor Juan Bosch) sabe de alguna herramienta para destrabar esta cosa". Poco tiempo después estábamos junto con Barbarita Bosch, a quien yo ya había sido presentada anteriormente en una reunión de poesía y por quien guardaba un gran afecto. Ella escuchó la historia de la obra y de inmediato clamó: "¡Vamos a constelar esto!"

Dentro del repertorio de conocimientos mágicos, metafísicos y cuánticos de Barbarita estaban las constelaciones sistémicas, creadas por el alemán Bert Hellinger tras seguir y aprender por años, entre otras cosas, las dinámicas de grupo de las comunidades zulú en África del Sur.

En ese entonces yo no sabía lo que era una constelación sistémica, Polibio tampoco. Sin embargo, la belleza de la solución colectiva emparejó mi curiosidad con la sensibilidad participativa y abierta necesaria. Barbarita nos dijo: vamos a encontrarnos tal día, tal hora, y Chiqui ofreció su casa, en la zona colonial, para realizar la constelación allí. Acudimos a la cita para realizar el movimiento colectivo de rescate y cura de la obra. Éramos cinco en total: Chiqui, Barbarita, el artista Baltasar Alí, Polibio y yo. Barbarita nos fue guiando para soltar nuestras cargas y existencias para llegar al momento presente y dejar que el campo hablara… a través de nuestros cuerpos en movimiento. En la constelación, cada persona participante representa un elemento de la situación a tratar; sin embargo, los representantes no saben a quién o a qué están representando. Solo el constelador lo sabe.

Entramos en el campo, yo comencé a sentir una sensación de desasosiego y persecución… solo quería esconderme. Chiqui estaba detrás de mí mirándome muy agresivamente, llegando a empujarme en algún momento; entonces corrí al lado contrario, donde encontré a Barbarita que miraba a Chiqui con desconfianza y a Baltasar luchando para dejarse llevar y relajarse abrazado a uno de los árboles del jardín de la casa. De repente, Barbarita intenta tomar mi mano, yo solo quería correr de la amenaza que Chiqui estaba representando con su aspecto de rabia; casi logro subir a un árbol para protegerme. Pero, de la mano de Barbarita, nos aproximamos a Baltasar, nos dimos un abrazo y después fuimos hasta Chiqui, ella también se desaceleró y todo se calmó. Paró mi sensación de persecución y una gran calma me invadió. Polibio estaba observando toda la constelación, él sabía quién representaba a quién. Fin de la constelación.

Justo antes de acabar, Polibio pensó en un vendedor de películas piratas… Dos días después de la constelación, la obra había sido rescatada. Este hombre logró destrabar el video, la obra estaba curada. Es por eso que confío en que las herramientas vinculares y la curaduría pueden ir mucho más allá de lo que se imaginan…

Estábamos en 2013. Ese año, en la Bienal de Santo Domingo, la obra Manifiesto fue exhibida y ganó uno de los premios principales.

Posteriormente entendí que Chiqui Vicioso representaba a la República Dominicana, Barbarita Bosch a Haití, y yo era la obra de arte.

¿Vamos entonces a apostar en la vida como creación vincular, donde la interconexión es la regla y no la excepción? ¿Donde la diferencia es bienvenida, honrada y celebrada?

¿Vamos también a comenzar por mirarnos adentro? Puede ser que ese sea el camino para entender mejor qué es lo que verdaderamente nos incomoda del otro…

Yo voy por ahí con mi fisura de la mano del arte, mi gozo, siempre.

Referencias

Manifiesto https://youtu.be/0af32EhKqPk?si=wgsa-Wguk8Bh6I-r

Michele Wucker Wucker, M. (1999). Why the Cocks Fight: Dominicans, Haitians, and the Struggle for Hispaniola. New York: Hill and Wang.

Bert Hellinger Hellinger, B. (2001). Órdenes del amor. Barcelona: Editorial Herder.

Aurora Martínez

Historiadora, investigadora, curadora y crítica de arte. Como educadora y directora de La Salvaje – Narrativas Curatoriais, exploro el arte como evidencia histórica y como herramienta de transformación personal y colectiva. Mi práctica se sitúa en la intersección entre pedagogía poética, memoria y procesos comunitarios. He liderado proyectos curatoriales en el Caribe, África y las Américas, colaborando con instituciones culturales, académicas y territorios diversos. Actualmente resido en São Paulo, donde continúo desarrollando iniciativas que cruzan arte, educación y pensamiento crítico.

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