La música en su pintoresco pentagrama contiene varias notas musicales, las cuales pueden ser utilizadas para representar e interpretar diferentes situaciones emocionales. Cuando se selecciona una de ellas para interpretar la sensación de melancolía, misterio o tristeza, los trovadores escogen la nota “La menor”.

Usando el criterio anterior podemos enlazar que algunos de los poemas de Olga podrían reflejar tristeza. Pero, la sonetista usa esa nota musical en sus poesías para transmitir emociones, sueños anhelados, dulces sentimientos, e historias y vivencias de un pasado mezclado con la felicidad y la pesadumbre.

Así, equiparo los poemas de la sonetista, en “La menor”, porque todos hemos experimentado alguna vez la melancolía de una felicidad imaginada que las circunstancias se niegan obstinadamente a concedernos.

Sus poemas están impregnados de cadencia que describen una danza que ella no bailó y de unas baladas que ella no ha cantado. Igualmente, inspiran alegría que brotan de la imaginación de su cerebro, y a la vez pena que salen del corazón y se internan allí.

Esas sensaciones, ella quiso plasmarlas en un libro cuyo contenido es tan motivador que, cuando pasa a manos del lector se convierte en un imán que lo atrae y no puede zafarse de él, llegando a la osadía de quererlos declamar.

Todos ellos reflejan un taller de alfarería, pues, son modelos que requieren exhibirse en una galería donde se muestre la plenitud, en su grado máximo, del arte de buen escribir un poema en su vertiente clásico melódico.

Es tal la grandeza de ese manantial de cantares a la belleza, en su estado de excelencia, que una de sus prologuistas clasifica estos versos como metapoesía. Este vocablo identifica en una forma acabada estos versos que nos producen ensueños e ilusiones.

Sonetos en la menor

Ella se adentra en la profundidad de la palabra para construir una melodía que nos eleva y nos pone a vivir un mundo de fantasías encantadas. Es que ser poeta, no es escoger palabras hermosas y exóticas, sino saber enlazarlas de una manera tal, que la mente se eleve y descubra los sentimientos más recónditos del alma.

Los poetas son los verdaderos hacedores de la belleza, usan las palabras como elementos que se unen para darle contorno al paisaje del poema.

En las primeras páginas del poemario, la autora hace un sumario de su niñez, vivida en compañía de su abuelita, madre y tía. Ese relato nos retrata esa vida de familia de pueblo donde nuestros familiares, desde pequeños, nos inculcaban el amor a la familia y a la fe en Dios.

Durante los primeros años de nuestra existencia, podemos añorar y desear cosas, mayormente en los espacios en que estamos solos, donde nos encontramos con nosotros mismos. Según mi parecer, hay algo escondido dentro de su alma que ella lo percibe como una ausencia que se traduce en tristeza, cosa que queda evidenciado en su poema titulado “Disquisiciones”. Esto podría ser la razón porque sus primeros sonetos envuelven un dejo de esperanza. Luego al crecer y tener madurez de razonamiento, ella analiza esa situación donde predominaban momentos tristes, y se da cuenta que no eran ciertos, pues su alma se recrea al revivir y recordar esos años que vivió junto a su familia, donde conoció la ternura del amar.

Desde el punto de vista del psicoanálisis, ciencia que la autora domina perfectamente, Freud nos informa que la tristeza no debe ser suprimida ni rechazada, sino escuchada. Por eso creo que Olga desde pequeña se psicoanalizó a sí misma, concluyendo que no existía ningún conflicto interno que la perturbara porque poseía lo más hermoso y reconfortante para un infante: el amor familiar.

Este razonamiento queda reflejado más tarde cuando se encuentra con su diario que escribió cuando era pequeña, concluyendo convincentemente que eso que escribió no era su diario. La tristeza no se ha embargado en su alma, el amor inculcado y vivido con su madre y abuela, llenaba su vida de un aura que sólo el influjo y la presencia de Eufrosina, la diosa griega de la alegría y el júbilo, la cubría,

Cuando leí su soneto titulado “El Reto”, inspirado en el poemario “Lengua del Paraíso y otros Poemas”, de ese gran filósofo y poeta, José Mármol, entendí perfectamente a Ike Méndez, otro de los prologuistas.

Su análisis, hecho con la precisión de un bisturí bien usado, y citando al gran filósofo, quien nos dice que el poema supere a su hacedor, queriéndonos resaltar que el autor debe sumergirse en la inmensidad profunda del campo del poema, y por tanto tiene que trascender, tal como lo dice Ike Méndez, dado que, en ese laberinto tan abismal, la luz no es muy nítida y sólo los ojos agudos pueden descifrar signos e imágenes que se encuentran más allá del pensamiento. Es decir, el poeta, como sujeto, debe alejarse del espacio que habita y enfocarse en la proyección específica del escrito.

En “Siempre Moreno”, otro soneto encantador, existen dos versos en el segundo cuarteto que enriquecen la emoción, citando a la autora:

en un viaje tocando corazones

y volando hacia el monte de las diosas”

 

sentimos la sensación de exaltación y elevación mística, imaginándonos a Moreno dialogando con las diosas del Olimpo y contándoles su pensar sobre el postumismo.

Continuando con la secuencia de la lectura de los poemas, nos encontramos con la “Mirada del Artista”. Aquí, ella penetra en el pensar y en el análisis de la autora Ida Hernández Caamaño, cuando en su primer cuarteto nos enuncia lo siguiente:

Su mirada se posa en lo intangible

más allá de la imagen en su historia

en las sombras detrás de alguna gloria

en lo oculto, callado, impredecible”.

Esta estrofa contiene vocablos de tonos hermosos y pensamientos profundos que nos sitúan en un lugar donde esa mirada se extiende al infinito, allá donde no existen límites, donde se une lo mágico con lo sublime. Ella rememora con frases impactantes el pensamiento del artista cuando está elaborando su obra, y su mente se pierde en la lejanía de la subjetividad para llevar su imaginación hacia el cosmos, tratando de impregnarle a su lienzo un mundo soñado, inexistente y lleno de fantasía. En otras palabras, quiere que su pintura se aleje de la realidad para que tome un formato único y personal, donde se acune en forma imprevisible el sello místico de lo sorprendente.

En el devenir de nuestra existencia, ocurre a veces la llegada de la reflexión, ésta, nos hace capaces de manejar el silencio, y con él, dejar que fluya de lo recóndito del alma la persuasión, y así poder frenar nuestras inquietudes.

Es así como Olga nos lo manifiesta en su poema “Convicción”. Si leemos el primer terceto de dicho poema nos encontramos con esta estrofa:

“Morirá poco a poco mi tristeza

Saboreando los frutos del camino

Esquivando a mi paso la maleza”.

 

En estos versos se nos hace necesario citar al gran filósofo Friedrich Niietzsche, cuando el usa la perspectiva de la convicción y nos dice:” Toda convicción es una cárcel”, porque en su esencia muchas veces limita la libertad del individuo. En el cuerpo de ese poema lo que la autora trata, es luchar por alejar de su mente el flagelo que marchita el alma: la tristeza.

Nuestro yo, necesita en ocasiones, esconderse en el espacio del silencio y allí meditar, transmutarse y elevarse para sentir el bienestar que sólo los dioses buenos nos regalan.

Es que muchas veces necesitamos bañar nuestra psiquis en las aguas cristalinas del pensar, para que a través de su nitidez nos laven y dejen blancura en nuestras almas, que nos permite invitar al silencio a convivir con nosotros.

Olga así lo pensó y hace mención de ello en varios de sus poemas.

En el titulado específicamente “Silencios”, nos refresca nuestro sentir utilizando hermosas metáforas que tienen sellos de autenticidad cuando nos dice:

“Mis silencios son aguas impetuosas

un antídoto fiel para mis males

y brebaje encantado de las diosas”.

 

Esos versos nos recuerdan a Sócrates, ese gran filósofo griego, cuando nos habla acerca del silencio, manifestándonos que: “el silencio no es una simple ausencia de palabras, sino una reflexión profunda y una herramienta indispensable para el autoconocimiento”.

En la vida nos encontramos muchas veces con situaciones donde tenemos que escoger entre letreros o inscripciones emocionales. Estas nos generan disyuntivas e incertidumbres y no sabemos claramente cual decisión tomar, porque todas ellas tienen algo que nos mantiene atados o simplemente nos identificamos con una en especial, porque es la que mejor nos acomoda. Generalmente cuando esto ocurre, vence el sentimiento, y nos olvidamos de la razón. Es aquí donde nos vence el corazón. La autora lo describe de una manera inequívoca en su soneto “Rótulos”. No podemos soslayarlo, hay apetencias cuyas decisiones quedan envueltas en la flaqueza de la condición humana.

Me es imperativo destacar lo dicho por Ramón Saba, quien, en el epílogo del poemario, dice con mucha propiedad y veracidad, que Olga domina el complicado formato del soneto clásico melódico en rima y métrica, agregándole musicalidad interior a sus versos.

Partiendo de ese axioma, podemos confirmar que todos los poemas de esta impresionante sonetista tienen mensajes humanos, muchos de ellos retratando gran pesar, pero, en su elocuencia denotan grandezas emocionales y sentimientos cargados de ternuras enternecedoras, donde la tristeza cuando asoma su mirada transforma su connotación en la belleza misma.

Haciendo un paralelismo entre un artículo publicado por el brillante escritor e ingeniero civil, Pedro Delgado Malagón, titulado “Carnes de Palabras”, donde él lo finaliza con un veredicto veraz cuando nos dice: “El milagro de la literatura fabrica con las carnes de las palabras, seres más duraderos que la carne de los hombres”.

Igualmente, Olga con su libro “Sonetos en La menor”, fabrica situaciones, momentos, pensamientos, sueños y bellezas literarias que no morirán, porque quedarán impresas en el libro de las almas que trascienden.