El general Antonio Duvergé fue la figura central en la defensa de la frontera dominicana frente a las tropas haitianas.

En este artículo se presentan las incidencias más trascedentes de las batallas El Memiso, Tortuguero, Azua, El Número y Las Carreras, las cuales tuvieron un rol determinante en la consolidación de la independencia nacional y en la reafirmación de la dominicanidad por parte de los hombres y las mujeres que lo dieron todo por la obtención de una patria totalmente libre, democrática, independiente y soberana, que nuestro Padre Fundador, Juan Pablo Duarte, denominó con el nombre de República Dominicana. 

ABRIL DE 1844 

La Batalla El Memiso (13 de abril de 1844)

Las tropas haitianas intentaron atacar El Maniel (San José de Ocoa) el 13 de abril de 1844 y fueron esperadas por el General Antonio Duvergé y sus tropas en las sierras de El Memiso, lugar ubicado en el trayecto por donde debía cruzar el ejército invasor en su marcha hacia el cuartel de Sabana Buey (Baní), donde permanecía el general Pedro Santana inactivo con sus tropas, a la espera del “socorro de Ultramar” de la gran nación francesa.

Monumento a los Héroes de la Batalla El Memiso, escenificada en la zona limítrofe entre Azua y San José de Ocoa.

Al día siguiente (14 de abril de 1844), el general Pedro Santana, sin tener ninguna información confiable de parte de los oficiales y soldados que participaron en la acción, se apresuró a enviar una comunicación al presidente de la Junta Central Gubernativa, Tomás Bobadilla y Briones, en la que evidenciaba un total desconocimiento sobre lo que pretendía informar, así como una falta de confianza absoluta en las aguerridas tropas dominicanas. Las mismas que venían de la recién concluida jornada heroica y exitosa, conocida como la batalla del 19 de marzo en Azua, pero empañada por la decisión del general Santana de abandonar esa Plaza. Este puso de manifiesto una vez más su impericia en un arte tan complejo como el arte de la guerra, demostrando con ello que no conocía ni siquiera su ABC. Veamos lo que decía el general Santana al respecto:

DIOS, PATRIA Y LIBERTAD

REPÚBLICA DOMINICANA

Cuartel General de Baní, a 14 de abril de 1844.

Al ciudadano Tomás Bobadilla.  

Dilectísimo amigo: Por la carta que dirijo a la Junta en esta fecha se impondrá V. de que los haitianos han atacado ayer El Maniel, y aunque a esta fecha no tengo los detalles los suponemos hoy posesionados de aquel punto. Ignoro sus intenciones; las velaré y obraré en consecuencia.  

Estoy asegurado que en la fuerza que los siguen hay una multitud de españoles; y posesionados ellos de seis pueblos españoles, nos harán la guerra con los nuestros y a nuestras expensas, en tanto que nosotros nos arruinamos, con nuestros trabajos todos paralizados y con la fatiga de un arte tan penoso como el de la guerra y a que los nuestros no están acostumbrados; y así es que a mi modo de pensar inter más dure la lucha, más incierta tenemos la victoria.  

Si como hemos convenido y hablado tantas veces, no nos proporcionamos un socorro de Ultramar…V. tiene la capacidad necesaria para juzgar todo lo que yo le puedo querer decir, y para no hacerse ilusiones y conocer que debemos agitar esas negociaciones con que al juicio de todo hombre sensato sólo podremos asegurar la victoria. Le estimaré me conteste dándome una noticia positiva del estado de esos asuntos; y si acaso están paralizados agítelos V. por cuantos medios estén a su alcance, pues a nosotros toca, en circunstancias tan delicadas, hacer esfuerzos por la felicidad pública y por hacer triunfar nuestra causa.  

Soy de V. con toda consideración, su verdadero amigo.  

Pedro Santana” (José Gabriel García, 1890:14; negritas mías, JDC).

Como se puede apreciar, esta carta fue escrita bajo una impresión totalmente aventurada, más bien desventurada, falsa y prematura, partiendo de su visión derrotista y sin esperar las informaciones confiables y de primera mano que en los próximos días debían llegarle de parte de los oficiales implicados en la acción, para así ofrecer un panorama real y objetivo de lo que pasó en las sierras de El Memiso, situadas al Norte de la comunidad de Las Charcas, Azua.

El general Antonio Duvergé fue quien encabezó las batallas de El Memiso, El Número y la Batalla de Azua, que se desarrollaron entre Azua y Ocoa entre abril de 1844 y abril de 1849.

La realidad era que, lejos de haber caído en el poder de los haitianos- como afirmó el general Santana en la comunicación citada precedentemente-, El Maniel fue defendido heroicamente por el general Antonio Duvergé y sus tropas, el día 13 de abril de 1844, con todos los recursos que le prodigó la naturaleza, en las serranías de El Memiso.

El general Duvergé derrotó a las tropas haitianas en El Memiso, aprovechándose de las ventajas que le ofrecían la orografía accidentada de las sierras y los recursos naturales de defensa que le proporcionó la agreste zona. Fue así como, ante el empuje de la soldadesca haitiana que hacía uso de fusiles y de diferentes piezas de artillería, los soldados dominicanos bajo el mando de Duvergé, a falta de pertrechos militares suficientes, tuvieron que recurrir al derrumbe de grandes peñascos para detener el avance de las tropas enemigas, al tiempo que utilizaron armas primitivas como el machete, rocas de gran tamaño, troncos de árboles y tizones encendidos, lo que puso de manifiesto una vez más la creatividad y el valor indiscutible de los dominicanos en su decisión indeclinable de afirmar la soberanía nacional de la naciente República Dominicana.

El general Santana al tiempo que denomina impropiamente “españoles” a los ciudadanos dominicanos y “pueblos españoles” a los pueblos de Neiba, Elías Piña, Las Matas de Farfán, San Juan de la Maguana, Azua y El Maniel (San José de Ocoa), que habían abrazado la causa de la independencia nacional desde antes de su proclamación el 27 de febrero de 1844, refleja varias situaciones más: primero, la poca fe que tenía en el triunfo de la causa nacional, con el abandono de la ciudad de Azua; segundo, que tenía no sólo conocimiento, sino participación directa en los planes relacionados con el proyecto de anexión o protectorado francés; y tercero, que la idea del golpe de Estado del 12 de julio de 1844 contra el ideal de los trinitarios de una patria absolutamente libre e independiente y contra sus auténticos ideólogos e impulsores, germinó desde muy temprano en su cabeza.

En una comunicación del 5 de mayo de 1844, el propio general Santana tuvo que tragarse sus palabras derrotistas de su carta anterior, en la que informa a Tomás Bobadilla, sobre la posesión de El Maniel, de la manera siguiente:

Compañero y amigo: Noticio a V. que estamos en pacífica posesión del Maniel; que el enemigo se retiró de allí en desorden; está repuesto el cantón en El Portezuelo; hay una avanzada en Cañada Cimarrona; y una fuerte guarnición en el camino de La China. Con todas estas precauciones y descalabro que sufrió el enemigo en su empresa sobre estos puntos, creo imposible repitan sus ataques, pues deben estar desengañados de lo difícil que le es posesionarse de El Maniel, tanto por lo inaccesible del mismo sitio, cuanto por la energía con que está defendido” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957:118).

Sin embargo, ni esa victoria ni las del 19 y 30 de marzo le genera la confianza necesaria en que el pueblo dominicano es un pueblo valeroso, dispuesto a honrar la enseña tricolor con su sangre, si fuese preciso. Es por ello que, recibiendo la información de un prisionero de guerra del combate de El Maniel sobre la disposición del presidente Hérard de marchar sobre Santo Domingo en cuanto le llegaran unos buques que estaba esperando, el general Santana se atemoriza y expresa en dicha carta que para “oponerle una resistencia vigorosa” a los haitianos, requiere de los miembros de la Junta Central Gubernativa “hacer marchar a este cantón cuantas tropas pueda reunir, a fin de no arriesgar la acción y destruirlo de una vez si se decidiere a acometernos” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957:118).

Asimismo sigue pendiente de todo lo que ocurre a lo largo del territorio nacional y de la prometida ayuda militar francesa en virtud del anticipado Plan Levasseur que desde antes de nacer la República Dominicana habían firmado con el Cónsul francés en Haití los diputados ante la Asamblea Nacional de la República de Haití, Buenaventura Báez y Manuel María Gautier, razón por la cual el general Santana, de forma solapada, se refiere nuevamente al tema del protectorado francés, cuando en esa misma comunicación del 5 de mayo de 1844 dirigida al presidente de la Junta Central Gubernativa, Tomás Bobadilla, le dice:

Deme V. cuantas noticias pueda sobre el verdadero estado de las cosas, tanto en el interior como en el exterior, para saberme gobernar con acierto. Por esta misma ocasión escribo a mi hermano diciéndole lo mismo. Vds. se comunicarán como siempre para marchar de acuerdo en lo que debemos obrar, pero yo creo de necesidad que Vds. no me dejen ignorar nada, teniéndome al corriente de todas las circunstancias que puedan ocurrir, para que mi cooperación a la perfección de la obra que nos hemos propuesto construir sea justa y acertada” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957:119; negritas mías, JDC).

Todo lo anterior es tan sólo una pequeña muestra de la actitud de descaro, desvergüenza, entreguismo absoluto y cero confianza en el destino independiente de la República Dominicana, expresados en las gestiones proditorias contra la soberanía nacional llevadas a cabo por el bando traidor y parricida de que hablaba siempre nuestro patricio Juan Pablo Duarte y que dirigían pérfidamente Pedro Santana, Tomás Bobadilla y Buenaventura Báez.

La Batalla Naval de Tortuguero (15 de abril de 1844)

La Batalla Naval de Tortuguero, en la provincia de Azua, constituye el primer combate naval librado por las tropas dominicanas frente a las pretensiones de las tropas haitianas de intentar recuperar la parte Este de la Isla de Santo Domingo y querer dejar sin efecto la proclamación de la República Dominicana como nación libre e independiente.

Los detalles de ese combate fueron publicados por la Junta Central Gubernativa en un comunicado dirigido al pueblo dominicano y al ejército, el 23 de abril de 1844, donde se expresa, entre otras cosas, las siguientes:

Al corriente, poco más o menos, de las fuerzas sutiles que los haitianos podían tener en el puerto de Azua, resolvimos armar algunos buques, formar la expedición marítima que marchó sobre ellos con el objeto de atacarlos, y las Playas de Tortuguero se han inmortalizado con la victoria que obtuvieron nuestras goletas La Separación Dominicana y la María Chica.

Monumento a los héroes de la Batalla Naval de Tortuguero, donde los patriotas dominicanos de las goletas Separación y María Chica derrotaron a la marina haitiana.

El 13 por la noche, salieron nuestros buques de Agua de Estancia, y el 14 al amanecer divisaron fondeados en el Tortuguero un bergantín, una goleta y una balandra a la vela, que parecía venir al puerto a traer víveres a los enemigos. Al instante emprendieron nuestras fuerzas sutil marcha sobre ellos, y al anochecer, habiéndola perdido de vista por su ligereza y la distancia que se hallaba, supusieron que se había aproximado a tierra y bajado sus velas. Volvieron los nuestros a fondear a Ocoa, y a las ocho del día siguiente, es decir, el 15, se hicieron a la vela, de nuevo, y a las once del día avistaron en el mismo puerto de Azua el mismo bergantín, la misma goleta y la balandra que el 14 en la noche se les había escapado. Se aproximaron al puerto, a tiro de cañón, tremolando el pabellón dominicano, y el bergantín se hizo a la vela para entrar en combate; pero fue tan activo el fuego de cañón de la goleta La Separación Dominicana, que le obligó a varar en tierra, en un lugar donde probablemente no saldrá jamás.  

Las trincheras que nuestros enemigos tenían en tierra con algunos cañones tiraron sobre nuestros buques un fuego vivo, pero afortunadamente, no hemos tenido ni un muerto ni un herido.  

La goleta La Separación Dominicana, junta con María Chica, dirigiendo sus bordos sobre tierra, hicieron con mucha viveza fuego a los enemigos con bala y metralla, y es probable que haya habido en ellos porción de muertos y heridos, y los dos buques que quedaban en el puerto vararon cerca de tierra.  

Los nuestros, después de tres horas de combate, se retiraron a la boca de la Caldera donde esperaban órdenes del General en Jefe del Ejército del Sud, Pedro Santana, para maniobrar de nuevo sobre los enemigos.  

Tal ha sido el resultado del primer encuentro por la mar y como nuestra causa es justa y aceptada a los ojos del Señor, él nos protege, y el triunfo completo sobre nuestros opresores, es indudable” (José Gabriel García, 1890:16).

La goleta La Separación Dominicana, que enarbolaba la bandera de corneta, estaba dirigida por el comandante Juan Bautista Cambiaso, fundador de la Marina de Guerra Dominicana. En tanto que la goleta María Chica tenía como jefe al comandante Juan Bautista Maggiolo, italiano de nacimiento que se nacionalizó dominicano, quien puso al servicio de la República Dominicana no sólo su persona, sino también una goleta que poseía el nombre de María Luisa.

La marcha del presidente haitiano general Riviére Hérard hacia la ciudad de Santo Domingo fue detenida, en primer lugar, en virtud de las dos derrotas consecutivas sufridas por las tropas bajo su mando en el cantón de El Maniel y en el Combate Naval de Tortuguero, a mano de las tropas dominicanas al mando del general Antonio Duvergé y de los contralmirantes Juan Bautista Cambiaso y Juan Bautista Maggiolo, respectivamente, y, en segundo lugar, en virtud de la destitución de que fue objeto en Haití de la Presidencia de la República por una revolución que estalló en Puerto Príncipe el 3 de mayo de 1844, pasando a ser su sucesor el general Philippe Guerrier.

Cuando el general Riviére Hérard recibió la noticia de su destitución como presidente de Haití, se vio obligado a retirar sus tropas de Azua el 7 de mayo de ese año, procedió a incendiar esta ciudad y las demás poblaciones ocupadas por su ejército, al tiempo que se llevó como prisioneros de guerra al sacerdote Ramón Pichardo, al señor Lucas Gibbes y al valiente oficial dominicano Francisco Pimentel.

ABRIL DE 1849

La Batalla de Azua ( 5 y 6 de abril de 1849)

El presidente Soulouque dividió su ejército del siguiente modo: la columna del general Fabré Geffrard avanzaría por el centro, por el camino de Los Jovillos hasta Azua; la columna de los generales Geannot Jean François, C. Vicent y Luis Michel avanzaron por el sureste para atacar el flanco izquierdo de las tropas dominicanas. El 4 de marzo el Ministro de Guerra y Marina, Franco Bidó, le ordena al general Santana marchar sin pérdida de tiempo hacia el frente Sur.

La disposición de la defensa de la ciudad de Azua, ante el seguro ataque del ejército haitiano, organizada por el presidente Jimenes fue la siguiente: utilizar un total de 5 mil hombres para la defensa de Azua, apoyados por dos brigadas de artillería con doce cañones de diferentes calibres, comandadas por los generales siguientes: Antonio Duvergé, Jefe del Ejército del Sur; Juan Contreras, comandante de la Plaza; así como por Ramón Matías Mella, Valentín Alcántara, Santiago Sosa, Remigio del Castillo y Bernardino Pérez.

En el flanco sur, en la ribera oeste del Arroyo Salado había una tropa de 1,000 hombres, pertenecientes al Batallón Azuano, comandados por el coronel Juan Batista, reforzado a su vez por 300 hombres de San Cristóbal, bajo las órdenes de los tenientes coroneles Juan María Albert y Eusebio Pereyra. Estas tropas tenían como misión contener el impulso del ataque haitiano en esa zona y replegarse hacia Los Conucos, donde debían hacer la guerra de guerrillas al enemigo.

En el flanco derecho, en el Cerro de Resolí, se encontraba el general Juan Contreras, quien era a la vez comandante de la Plaza. Al frente de una avanzada móvil, en el mismo flanco derecho, se encontraba el coronel Santiago Basora al mando del Batallón Higüeyano, y el coronel Wenceslao Guerrero en el Higüerito con la guardia cívica de la capital, asesorado por el coronel Buenaventura Báez, con la misión de machacar el flanco izquierdo del invasor.

El coronel Feliciano Martínez ocupaba el Fuerte San José como reserva. La retaguardia la constituía la Loma de Los Cacheos, al mando del teniente coronel Emilio Palmentier.

Después de cinco días de operaciones, las tropas haitianas habían logrado ocupar, por el noroeste, los parajes de El Higüerito y La Altagracia; por el sur, las secciones de Jura, Palmarejo, Clavellina y Los Tramojos. El enemigo realizó un doble envolvimiento, atacando por el sur las posiciones defendidas por el coronel Juan Batista, quien se vio forzado a retirarse ante el ímpetu del ataque de los haitianos, quienes procedieron a ocupar Los Conucos.

La defensa dominicana, a pesar de su magnitud, se había tornado débil por las pugnas y los desacuerdos que se expresaban entre sus jefes. Para el 5 de abril, día del ataque, cinco de los siete generales habían tomado criterios diferentes, insubordinándose las tropas que ocupaban El Higüerito, las cuales se concentraron en la ciudad de Azua.

El general Juan Contreras ocupó el Cerro de Resolí, declarando su inconformidad con el general Antonio Duvergé, quien había variado la dirección de la artillería, sin su consentimiento. No obstante, la resistencia dominicana fue encarnizada, muchos hombres se destacaron por su valor y entrega a la causa de la Patria, quienes, muchas veces abandonados a sus propios esfuerzos y con escasa dirección, salían voluntariamente a enfrentarse con las tropas enemigas.

Las tropas haitianas ganaron terreno, pero en virtud de los grandes sacrificios realizados por las tropas dominicanas, el propio general Fabré Geffrard resultó herido en la pierna izquierda, no pudiendo efectuar la toma de la Plaza el día 5 de abril.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, los dominicanos realizaron una desesperada contraofensiva, saliendo a batirse al pie de las trincheras. Esta acción la efectuaron el coronel Santiago Basora con las compañías de Monte Grande, el coronel Eusebio Pereyra con su Batallón de San Cristóbal, el capitán Matías de Vargas con parte del Batallón Azuano y el coronel Wenceslao Guerrero con la Guardia Cívica de Santo Domingo, aparte del Batallón Higüeyano, de quien se dice hizo prodigio de valor y sufrió pérdidas de consideración. En tanto que el general Antonio Duvergé, acudió con sus hombres al camino de El Barro para atajar una columna haitiana que intentó hacer un envolvimiento por ese lado. Mientras que las tropas de Neiba se disputaron palmo a palmo el camino de la Playa, por Los Conuquitos, sufriendo, de esa manera, numerosas bajas.

Entrado el día, las tropas haitianas que habían desalojado los batallones de los coroneles Juan Batista, Juan María Albert y Eusebio Pereyra, avanzaron hasta tomar la falda del Cerro de Los Cacheos, movimiento que envolvió a las tropas dominicanas. Ante estas circunstancias atenuantes, el general Antonio Duvergé se vio compelido, como Jefe del Ejército Dominicano del Sur, a convocar una Junta de Guerra para decidir el destino de la defensa.

En esa reunión las posiciones no podían ser más disímiles: los generales Duvergé y Alcántara eran de opinión que no se podía abandonar la plaza; los generales Mella y Sosa coincidían en la idea de que era necesario preservar el Ejército Dominicano para futuros combates que fueran más favorables a la causa nacional; el general Contreras era del parecer que las tropas dominicanas debían abrirse paso por entre las tropas haitianas a sangre y fuego; en tanto que el general Bernardino Pérez y los demás oficiales coincidían en la idea de que mantener la defensa no tenía objeto, que era necesario retirarse de la ciudad de Azua para un lugar más seguro. Este último parecer se generalizó en las tropas, por lo cual solo se quedaron en espera del día siguiente para organizar la retirada.

El general Antonio Duvergé fue el oficial de las tropas dominicanas que mantuvo siempre a raya a las tropas haitianas.

Era tal el desorden y la falta de coordinación, que la mayoría de los miembros del ejército dominicano se retiró por su cuenta y riesgo, sin esperar las órdenes de los oficiales superiores: unos tomaron la dirección noroeste, hacia el Maniel (San José de Ocoa), mientras que otros se dirigieron por el camino de Estebanía, Hatillo y Boca de la Palmita.

No se produjo el descalabro total del Ejército Dominicano, porque las tropas azuanas, neiberas y barahoneras no abandonaron el lugar, sino que se quedaron en los alrededores reuniendo a los más destacados oficiales y soldados al mando de los generales Antonio Duvergé, Juan Contreras y Santiago Sosa, así como de los coroneles Francisco Domínguez y Feliciano Martínez, quienes se aprestaron a hacer un nuevo cordón que iba desde el mar, en Boca de la Palmita, al sur de Hatillo, hasta el paso de Portezuelo, al sur del Memiso, para defender los caminos que atravesaban esos lugares y dificultar así el avance de las tropas enemigas, en caso de que decidieran continuar hacia Santo Domingo.

Así las cosas, las tropas del general Fabré Geffrard se limitaron a tomar la ciudad de Azua, estableciendo allí su Cuartel General, donde esperaban ser abastecidos por mar, para de esa forma continuar su avance hacia Santo Domingo. Sin embargo, la flotilla dominicana, al mando del general Juan Bautista Cambiaso, integrada por la fragata Cibao, buque insignia que comandaba él mismo, que estaba provista de 20 cañones; el bergantín 27 de Febrero, capitaneado por el coronel Juan Alejandro Acosta, con cinco cañones; la goleta General Santana, comandada por Simón Vicioso, y la goleta Constitución, comandada por Ramón González, armada cada una con doce cañones, se encargaron de dificultar ese abastecimiento, bloqueando el puerto de Tortuguero, al tiempo que impedían con su artillería el tránsito terrestre por el camino de Playa Grande. Para evitar la posibilidad de ser fulminado en la costa por la batería de estas embarcaciones dominicanas, el general Geffrard internó su ejército por las zonas montañosas de Estebanía que conducen a los desfiladeros de El Número.

El 8 de abril de 1849, el Ministro de Guerra y Marina, general Ramón Franco Bidó, envió al general Bernabé Sandoval el oficio No. 108, donde se le ordena, con aprobación del Consejo de Ministros, hacerse cargo de la Plaza y la Comandancia General de Santo Domingo, de manera provisional, en virtud de que el general Francisco del Rosario Sánchez, titular de esta, había salido para Baní. Ese mismo día, el general Faustino Soulouque dirigió a sus soldados una efusiva proclama donde expresaba su satisfacción por la toma de la ciudad de Azua en los combates de los días 5 y 6 de abril.

El 9 de abril el Ministro de Guerra y Marina, general Franco Bidó, envió sendos oficios a los generales Pedro Santana y Antonio Duvergé, donde se le ordenó al primero dirigirse a las fronteras del Sur para que, de acuerdo con el segundo, obrara en todas las operaciones concernientes a la defensa y seguridad de ellas, mientras que al general Duvergé se le informó de la decisión adoptada.

El 10 de abril se procede a la distribución de la nueva línea defensiva dominicana, instalando el general Antonio Duvergé su Cuartel General en Sabana Buey, Baní, el cual estaba resguardado por los generales Ramón Matías Mella, Manuel de Regla Mota y Francisco Sosa junto a otros 300 soldados. El general Bernardino Pérez se estableció en la Boca de la Palmita al frente de 300 hombres; el general Santiago Sosa en el puesto de El Número con 300 hombres; el coronel Francisco Domínguez con 300 fusileros en el Paso de las Carreras; el general Juan Contreras en Portezuelo de El Maniel con 300 veteranos. En Las Lagunas, sobre las montañas inmediatas a los desfiladeros de El Número, estaba el propio general Antonio Duvergé con el grueso de las tropas, las que procedió a distribuir por donde esperaba pasaría el ejército haitiano en su intento de abrirse camino por las laderas y los desfiladeros, para alcanzar la ciudad de Santo Domingo.

Ese mismo día el general Pedro Santana salió de Santo Domingo con una fuerza de 600 hombres, a pie y de a caballo, con destino a Sabana Buey, cuya avanzada de 300 hombres la comandaba el general Antonio Abad Alfau. Al día siguiente, llegó Santana y su ejército a Sabana Buey, donde se entrevistó con el presidente Manuel Jimenes y el general Antonio Duvergé para coordinar las operaciones de la defensa dominicana frente al avance de las tres columnas del ejército del general Faustino Soulouque.

La Batalla de El Número (17 de abril de 1849)

El 12 de abril sale el general Duvergé con destino a las lomas de El Número, ya que el general Santana le había ordenado la defensa de esa posición mediante el método de guerra de guerrillas, para que hostigara a las tropas haitianas en los desfiladeros de ese lugar, para impedir su avance hacia Santo Domingo. Luego de hacer una evaluación exhaustiva de la situación en los días siguientes, Duvergé envió un oficio al Cuartel General de Sabana Buey, en el cual le solicita al general Pedro Santana el envío de municiones.

La Flotilla Nacional, después de llevar provisiones y pertrechos militares al Ejército Expedicionario del Sur, se formó en orden de batalla frente al camino de la playa, por donde se supone debían avanzar las tropas haitianas, para con sus baterías hostigar fuertemente al enemigo y retrasar su avance hacia Santo Domingo, siguiendo las disposiciones que al respecto había dado el presidente Manuel Jimenes, quien había instruido al almirante Juan Bautista Cambiaso establecer un bloqueo desde el Puerto de Azua hasta la Bahía de Ocoa, para impedir que el ejército haitiano se pudiera abastecer por vía marítima y pudiera auxiliar a las tropas de tierra en las operaciones que la invasión requiriera.

Entre tanto, el general Duvergé, posesionado desde el día 12 de abril de El Número, preparó una emboscada con los comandantes Santiago Sosa, José María Cabral y el teniente coronel Francisco Domínguez, mientras que el general Juan Contreras cumplía igual cometido en los cerros de Portezuelo y el general Bernardino Pérez ocupaba con sus hombres la defensa de Boca de la Palmita. Según los cálculos de los estrategas dominicanos, por cualquiera de esos tres puntos podrían avanzar las tres columnas del ejército haitiano, comandadas por los generales Thomás Héctor, Luis Michel, Fabré Geffrard y Geannot Jean François. Sin embargo, el hecho de que la flotilla de la Marina de Guerra Dominicana se encontrara en línea de batalla frente al camino de la playa, a tiro de cañón, hizo que éstos se desviaran, internándose por los desfiladeros de El Número.

Vista aérea del Monumento a la Batalla El Número, situado en las alturas del desfiladero de El Número, Azua.

El 17 de abril, la vanguardia del general Duvergé avistó las tropas que comandaba el general Geffrard, las cuales ascendían lentamente por las sierras y los desfiladeros de El Número, donde los esperaban muy bien posicionados y con una emboscada hábilmente planeada los 300 fusileros del general Santiago Sosa, quienes desde la altura batieron a tiro dos de los tres cuerpos haitianos que cayeron en la emboscada.

Protegidos por los árboles y los pliegues rocosos de las serranías, las tropas del general Duvergé ocasionaron enormes pérdidas al ejército haitiano, que, al verse sangrado por la fusilería dominicana, se dispersó con el mayor desorden. Esto fue aprovechado por los duchos macheteros dominicanos para arrollarlos con sucesivas descargas de armas blancas.

Varias filas de soldados haitianos se precipitaban cuesta abajo, impidiendo de esa manera el ascenso de aquellos que se proponían avanzar para sustituir a los que caían en combate. La confusión fue tan grande que el general Geffrard abandonó el campo de batalla sin tiempo para recoger a sus muertos y heridos y organizar la retirada. Ese combate se produjo a la once de la mañana del 17 de abril. La derrota fue de tal magnitud que el general Juan Contreras, que se encontraba en los cerros de Portezuelo, informó que vio pasar ese día, desde las alturas que ocupaba, muchas tropas haitianas en precipitada fuga. Las bajas del enemigo fueron cuantiosas y las bajas dominicanas considerables.

Terminados los combates, el general Duvergé escribió el parte oficial de su gloriosa victoria en El Número, donde decía no saber cuál era la determinación del enemigo y donde expresaba que se mantendría firme en la defensa de aquel punto. Así reza el parte enviado por el general Duvergé al general Pedro Santana:

“Puesto del Número 17 de abril de 1849.-

Antonio Duvergé, General de División y Comandante de las fronteras del Sur.

Al Sr. General Pedro Santana, Comandante en Jefe de las mismas.

Sr. General:

En este momento, como a las once del día, hemos hecho replegar al enemigo, que dejó en nuestros campos de batalla sus muertos que no pudieron cargar.

La pérdida de los nuestros fue un poco considerable entre heridos y muertos.

Hasta ahora no sabemos la determinación del enemigo, pero nosotros nos mantendremos firmes en sostener el punto.

Apresúreme usted las municiones que en mi anterior oficio le pedí.

Dios guarde a usted muchos años.

Firmado: Duvergé”. (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957:231)

Geffrard acampó, con las tropas que sobrevivieron a la derrota de El Número en la ladera occidental de las serranías de ese macizo montañoso, quien compelido por la necesidad de abastecer de agua a sus soldados y asegurar su retirada hacia la ciudad de Azua, dispuso una parte de sus efectivos en las colinas que bordean el río Ocoa.

De su lado, el general Duvergé, tras su resonante victoria, estableció en el puesto de El Número una guarnición de 300 hombres al mando del teniente coronel José María Cabral, acorde con lo expresado en el parte del 17 de abril de que conservaría firmemente aquel punto estratégico para el triunfo de la causa nacional.

El 18 de abril en la mañana el general Duvergé sale de la posición de El Número y se dedica a inspeccionar los demás puntos que estaban bajo el control de las tropas dominicanas en la extensa línea de batalla que anteriormente había definido para asegurarse de que todo estaba en orden. Entre los lugares que visitó estaba el Paso de Las Carreras, el cual había sido reforzado por orden del general Pedro Santana con tropas recién llegadas, bajo las órdenes del general Merced Marcano. En horas de la tarde, Duvergé hizo entrega del mando del cantón de Las Carreras al general Antonio Abad Alfau.

Cayendo la tarde retorna a Las Lagunas, lugar donde había establecido su centro de operaciones a principios de mes. El 19 de abril se reunió con el teniente coronel Cabral y le dejó disposiciones de acudir al día siguiente con sus tropas al primer lugar en que escuchara algún tiroteo. Posteriormente, montó un puesto de observación en Monte La Guardia y ordenó al coronel Marcelo Carrasco que se instalara con cincuenta fusileros en uno de los cerros situados en las proximidades de los que ocupaban las tropas haitianas.

El 20 de abril en horas de la mañana, el general Duvergé se puso de acuerdo con el oficial Cabral en el Monte La Guardia para enfrentar al ejército de ocupación y propinarle un golpe demoledor a los focos de resistencia que aún mantenía el general Geffrard en las serranías de El Número y en las inmediaciones del río Ocoa. El combate se produjo en la parte seca del lecho del río Ocoa, en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, donde las fuerzas combinadas del general Duvergé y el teniente coronel Cabral arremetieron simultáneamente contra el enemigo en una mortal carga de machetes. La acción tuvo tal efecto en las tropas haitianas que el general Pierre Carpentier, imposibilitado de contener el pánico que se apoderó de sus huestes, se vio precisado a abandonar el campo de batalla por encima de los cadáveres de los granaderos de su regimiento que habían caído ante el empuje de los dominicanos. El oficial José María Cabral fue quien mostró más pericia en el manejo del machete y al mismo tiempo puso de manifiesto un valor que rayaba en la temeridad, causando grandes estragos en las filas del ejército invasor.

La Batalla de las Carreras (20, 21 y 22 de abril de 1849)

El general Pedro Santana se trasladó a Las Carreras, en compañía del escuadrón de caballería de su escolta, en donde lo esperaba el general Antonio Abad Alfau y procedió a dictar importantes providencias para la constitución de la defensa dominicana. En horas de la tarde, el general Santana subdividió al Ejército Dominicano a su mando en cuatro divisiones, dándole el mando de éstas a los siguientes oficiales: al coronel Francisco Domínguez y a los tenientes coroneles Blas Maldonado, Marcos Evangelista y Antonio Sosa, respectivamente. Asimismo, encargó a los generales Antonio Abad Alfau y Bernardino Pérez del mando superior de las tropas, al general Merced Marcano lo nombró Comandante de Armas y al coronel Pascual Ferrer lo designó al mando de la caballería. Después de haber impartido instrucciones y organizado el ejército en el puesto de Las Carreras, olímpicamente y de forma irresponsable el general Santana vuelve al Cuartel General de Sabana Buey a esperar noticias sobre la actividad del enemigo.

A las tres de la tarde, la avanzada de las tropas haitianas se presentó al cantón de Las Carreras con el propósito de informarse sobre la situación del ejército dominicano, encontrándose a su paso con la división que estaba al mando del coronel Domínguez, la cual se batió con el enemigo y lo hizo retirarse hacia las lomas.

En la madrugada del 21 de abril, el general Santana recibió en su campamento de Sabana Buey un parte oficial del coronel Domínguez, donde le informaba en torno a las particularidades del combate sostenido el día anterior. El general Santana se puso en marcha de inmediato, llegando al amanecer a Las Carreras, situando su puesto de mando al norte de esa posición.

Monumento erigido en honor a los Héroes de la Batalla de las Carreras, escenificada en las inmediaciones del río Ocoa.

El 21 de abril las cuatro unidades dominicanas se encontraban en la margen oriental del río Ocoa, frente al paso de Las Carreras, formadas en orden de batalla y alertadas por el ataque que había hecho el ejército haitiano a esa posición dos días atrás. El ejército dominicano estaba compuesto por tropas de infantería y caballería, pero no contaba con ningún apoyo de artillería. En cambio, las tropas haitianas formadas por numerosas unidades de infantería con abundante apoyo de artillería se encontraban en la margen occidental del río Ocoa, posesionadas de ventajosas alturas y estribaciones.

Siendo alrededor de las cuatro de la tarde, los haitianos comenzaron a cañonear las posiciones dominicanas con una pieza de a doce libras emplazada en el cerro. Después de un surtido fuego de ablandamiento, el enemigo bajó de las estribaciones tres piezas de campaña, dos de bronce y una de hierro, que emplazaron frente al paso del río, para con su fuego sistemático apoyar el avance de sus tropas de infantería y caballería que intentaban forzar el paso. Sin embargo, a pesar de la evidente superioridad militar de las tropas haitianas, un cerrado tiroteo se mantuvo de ambas partes por espacio de una hora, no pudiendo la ofensiva enemiga alcanzar la orilla opuesta del río Ocoa.

Luego, se produce el contraataque de las tropas dominicanas, consistente en un asalto de arma blanca y una carga de la caballería que comandaba el coronel Pascual Ferrer. Viendo el general Santana en ese movimiento la clave de la victoria ordenó a su escolta atacar, haciéndose cargo personalmente de esta operación. Frente a esta sorpresiva respuesta a su ataque, los haitianos abandonaron el campo en precipitada fuga. Dos regimientos del enemigo, el 2do. y el 30mo., sucumbieron casi por completo, bajo la embestida de las tropas dominicanas, dejando allí sus banderas y dos de las tres piezas de artillería le fueron arrebatadas a filo de machetes.

General Pedro Santana, principal oficial al mando de la Batalla de las Carreras.

El general Santana en los dos partes oficiales que envió al Ministro de Guerra y Marina, general Ramón Franco Bidó, sobre la batalla del 21 de abril informa que los haitianos perdieron tres generales, dos de División y uno de Brigada, así como una infinidad de oficiales, según las insignias que llevaban y que lograron recoger las tropas dominicanas. Frente a ese desastre, las tropas haitianas se retiraron, buscando refugio en las alturas de las lomas, ya que la oscuridad de la noche impidió que los dominicanos persiguieran al enemigo que iba en desbandada.

Veamos los detalles de los dos partes oficiales enviados por el general Pedro Santana en fecha 21 y 22 de abril de 1849. El primero, fechado del 21 de abril, dice lo siguiente:

“Puesto avanzado de Las Carreras y Abril 21.

Pedro Santana, General de División y Comandante en Jefe del Ejército del Sur.

Al Ministro de Guerra.

Sr. Ministro:

En el mismo momento que son las cinco y media de la tarde, hemos principiado el ataque y de tres piezas que tenía el enemigo le quitamos dos, las más grandes, y lo derrotamos completamente; no ha habido de nuestra parte ningún muerto, y sólo tres heridos.

Dios guarde a usted muchos años.

Firmado: Santana” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957: 232).

El otro parte oficial de guerra, fechado el 22 de abril de 1849, reza del modo siguiente:

“Cantón de Las Carreras y Abril 22.

Pedro Santana, General de División y Comandante en Jefe del Ejército del Sur.

Al Ministro de Guerra.

Sr. Ministro:

Ayer, a las cinco y media de la tarde, di parte muy sucintamente del ataque que tuvo lugar, porque en aquel momento no se había aún explorado el campo y quise adelantarle la noticia de nuestra victoria, pero ahora daré a usted los detalles siguientes:

En primer lugar el enemigo principió por cañonear con una pieza de a 12 que tienen montada en una altura, el puesto que ocupamos para descubrir el campo, y después de haber echado una porción de balas sobre nosotros bajaron las otras tres piezas, dos de bronce y una de hierro, y puestas en batería, principiaron por atacar el ejército que estaba apostado a las márgenes del río, y que había yo arreglado y dividido el día 18 en la tarde en cuatro divisiones, mandadas una por el coronel Francisco Domínguez, otra por el teniente coronel Blas Maldonado, otra por el teniente coronel M. Evangelista y la cuarta por el teniente coronel Antonio Sosa; los generales de brigada A. Alfau, B. Pérez y M. Marcano, a quienes el mismo día 18 entregué este puesto, los dos primeros como encargados del ejército en movimiento y el tercero haciendo funciones de Comandante de Armas, corrieron al instante, se pusieron a la cabeza de las mencionadas cuatro divisiones e inmediatamente principiaron el ataque.

Después de cerca de una hora de un combate tan desigual, nuestras tropas, con sus beneméritos jefes a la cabeza, cargaron sobre la artillería enemiga, y metiendo mano al arma blanca se apoderan de ella al mismo tiempo que llegué yo con la caballería que estaba al mando del coronel Pascual Ferrer.

Tanto de los jefes superiores, subalternos, como de todo el ejército en general, no tengo que hacer sino elogios de su patriotismo y valor, pues todos me han acompañado con entusiasmo y están dispuestos a perecer primero que a sucumbir.

La pérdida del enemigo ha sido considerable, y dentro de los muertos hemos cogido y enterrado, en el hato La Carrera, de la propiedad del Dr. Caminero, lugar del ataque, dos generales, uno de división y otro de brigada, según las insignias que tenían; y otro que murió, también de división, por ser cerca de noche, se quedó en el campo y se lo llevó el enemigo; también perecieron infinidad de oficiales, según todas las insignias que ha cogido la tropa, las que remito a usted junto con las de los generales, y dos banderas, una del regimiento 2 y la otra del 30, para que las vean y me las conserven ahí, a fin de devolvérselas a los que las cogieron, según se lo he ofrecido. Los fusiles y demás despojos de que se apoderó la tropa, cada uno conserva los suyos.

Dios guarde a usted muchos años.

Firmado: Santana” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957: 232-233).

Como se puede observar, en el primer parte se dieron informaciones parciales sobre el enfrentamiento del 21 de abril, mientras que en el parte siguiente se dieron todos los detalles sobre el ataque enemigo, sobre la disposición de las fuerzas de defensa del ejército dominicano y sobre los resultados finales del combate armado, donde, sin duda alguna, las tropas dominicanas resultaron ser las vencedoras.

En lo que concierne a los resultados del combate del 22 de abril entre las tropas haitianas y dominicanas, el parte enviado por el general Santana al general Franco Bidó el 23 de abril de 1849, expresa lo siguiente:

“Cantón de Las Carreras y Abril 23.

Pedro Santana, General de División y Comandante en Jefe del Ejército del Sur.

Al Ministro de Guerra

Sr. Ministro:

Ayer como a las dos de la tarde, viendo la pertinacia del enemigo, después del sangriento ataque que tuvo lugar el día 21 a las cinco y media de la tarde, y de la considerable pérdida que tuvieron, pues su campo se encuentra sembrado de muertos y sepulturas de los que pudieron enterrar, bajo el fuego que incesantemente nos hacían sobre nuestro puesto con las dos piezas de cañones que les quedaban en las alturas de que estaban posesionados, determiné (porque no podíamos permanecer en un estado de inacción) despachar guerrillas sobre las montañas a derecha e izquierda de su puesto, según que ellos pretendieron hacerme, para atacarlos en los puestos avanzados de guarniciones que tenían en ambas salas, y conseguir por este medio no solamente inquietarlos, sino también apercibirme de sus operaciones para haberlos atacado hoy en brecha.

En efecto, nuestras guerrillas salieron de aquí ayer a la hora mencionada y como a las cuatro y media principiaron a hacerles un fuego tan vivo por ambos lados que la guerrilla del ala derecha, mandada por el comandante Aniceto Martínez, llegó hasta las piezas de cañón de tal modo, que a su vuelta y sin pérdida de ningún hombre y sólo un herido, a pesar del cañoneo tesonero con que los batían, sostuvo el fuego y consiguió coger dos potes de metralla y no las piezas de cañón porque las fuerzas no eran suficientes; la del ala izquierda, mandada y dirigida por el capitán Bruno Aquino y Bruno del Rosario, como prácticos del lugar, le hizo tanto estragos sobre las alturas, que a nuestra vista misma les veíamos cargar los muertos.

Estas guerrillas, según las órdenes que tenían, así que vieron que el enemigo quedó aterrorizado, se retiraron como a las seis de la tarde.

El enemigo, incontinentemente, principió desde su altura a cañonear este puesto según se ha visto, para efectuar su retirada, que la ha hecho tan lleno de terror, que dejó las dos piezas de artillería con que nos batían y hasta los caballos de sus dragones no podían hacer marchas forzadas en su retirada.

En esa virtud, hoy, a las seis de la mañana, he tomado posesión del puesto del Número, y encomendándoselo con una guarnición suficiente al teniente coronel Marcos Evangelista, habiendo mandado espías que sigan los pasos de los haitianos para saber su paradero; por consiguiente, me ocupo en este momento en dar mis órdenes para dejar una guarnición aquí, que auxilie al comandante Evangelista en caso necesario, y marchar con el resto del ejército por el lado de Sabana-Buey para las playas, en donde por las pocas tropas que tenía, sólo se encontraba una fuerza de 150 hombres, reservándome dar cuenta a usted de cualquier resultado que haya después.

Dios guarde a usted muchos años.

Firmado: Santana” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957:233-234).

Este parte de guerra pone de manifiesto que no hubo un choque frontal el día 22 de abril entre las tropas haitianas y las tropas dominicanas, sino tan sólo una escaramuza con un saldo a favor de las fuerzas patrióticas. Las guerrillas que hostilizaban al enemigo lograron desmoralizar aún más a un ejército invasor ya de por sí desmoralizado, que no defendía una causa justa y que sus soldados y oficiales la veían, a todas luces, perdida. Esta actitud no era más que el resultado de la obstinación de un gobernante haitiano paranoico y con ínfulas de grandeza. Así lo revela su posterior proclamación y juramentación como emperador, bajo el ridículo apelativo de Faustino I.

En lo que al general Santana concierne, es importante destacar que no hubo tal toma de posesión del puesto de El Número, ya que éste estaba en manos de las tropas dominicanas desde el momento mismo de la victoria obtenida por el general Antonio Duvergé y su ejército el 17 de abril recién pasado. Lo único que hizo el general Santana fue sustituir a los oficiales y soldados dejados por el general Duvergé y colocar en sus respectivos lugares a comandantes y soldados leales a su persona.

Otro aspecto importante de este parte oficial a resaltar es el siguiente: sin haber tenido aún noticias fidedignas sobre el paradero del enemigo de parte de los supuestos “espías” que había enviado, se retira una vez más al Cuartel General de Sabana-Buey, permitiendo así que nuevamente las tropas haitianas incendiaran la varias veces heroica y no menos trágica ciudad de Azua.

Así lo confirma el propio general Santana en su parte del 24 de abril de 1849, cuando informa al general Franco Bidó sobre el incendio de que fue objeto la ciudad de Azua ese mismo día. Veamos:

“Cuartel General de Sabana-Buey, 24 de Abril.

Pedro Santana, General de División y Comandante en Jefe del Ejército del Sur.

Al Ministro de Guerra

Sr. Ministro:

A la cuatro y media de la tarde salimos para el cantón de la Boca de la Palma, a fin de dar allí mismo la disposición de desembarcar las dos piezas que me remitieron de Santo Domingo que aún permanecen a bordo; pero como a la media hora después de nuestra llegada tuvimos el dolor de ver aparecer las llamas que brotaba del desgraciado pueblo de Azua, pues parece que el enemigo, al sentir que nuestras avanzadas se acercaban, escarmentado ya de nuestras valerosas tropas, tomó la bárbara disposición, para librarse de ellas, de incendiar, con desprecio del derecho de gentes; por consiguiente, allí mismo se determinó que las tropas de Palma se embarcaran inmediatamente para llegar a Azua mañana temprano, y que las de otros cantones hicieran lo mismo por tierra, como también que el general Duvergé pasara a Azua a encargarse del ejército hasta mi llegada, que será mañana en la tarde.

Dios guarde a usted muchos años.

Firmado: Santana” (Emilio Rodríguez Demorizi, 1957:234-235).

Aunque el general Santana trata de buscar una justificación en torno a las razones que tuvieron las tropas haitianas para incendiar la ciudad de Azua, lo cierto es que hubo un descuido irresponsable de su parte en su calidad de Comandante en Jefe del Ejército del Sur. Pues él en lugar de perseguir junto a sus tropas al ejército haitiano en retirada hasta colocarlas de aquel lado de las fronteras, lo que hizo fue retirarse a descansar a su Cuartel General de Sabana-Buey, sin pensar en las consecuencias que ello podía acarrear.

Pero no conforme con ello, cuando vio arder en las llamas la ciudad de Azua, en lugar de tomar la iniciativa de ponerse al frente de sus tropas y de las del cantón de Boca de la Palmita, lo que hace es enviar al general Duvergé como encargado del ejército hasta que él llegara al día siguiente en la tarde. Esto significa que él tenía cosas tan urgentes que hacer, las cuales no podía posponer para otra ocasión, que ir en auxilio de los azuanos y perseguir hasta la frontera a las tropas haitianas en retirada.

Como se puede colegir de todo lo observado, la denominada Batalla de Las Carreras, de la que tanto se ufanaron Pedro Santana y sus participantes, no pasó de ser una serie de tres escaramuzas contra la retaguardia de un ejército haitiano deshecho y en desbandada. Esto en virtud de los golpes certeros que había recibido en los desfiladeros de El Número, bajo la conducción del general Antonio Duvergé, tal como aseveran historiadores del talante de José Gabriel García, Emiliano Tejera, Joaquín Balaguer, Juan Daniel Balcácer y Roberto Cassá.

El historiador nacional, José Gabriel García, expresa que el general Santana adquirió preponderancia política en el país, no por las victorias militares obtenidas en las Batallas del 19 de Marzo y Las Carreras, sino por las asonadas militares que urdió contra todos los gobiernos que tenían como principal divisa la institucionalidad del país, con el único fin de instaurar gobiernos autocráticos, unipersonales y entreguistas para servirse de estos. Veamos:

“La preponderancia política que alcanzó Santana en el país no se la dieron las victorias de Azua y Las Carreras, sino el movimiento reaccionario del 12 de julio de 1844; el alzamiento del 9 de mayo de 1849; la contrarrevolución del 27 de julio de 1858; y el golpe de Estado del 18 de Marzo de 1861; hechos inauditos de que se derivaron las hecatombes del 27 de febrero de 1845, del 23 de diciembre de 1847, del 11 de abril de 1855, del 12 y 18 de octubre de 1859, y la más horrorosa de todas, el 4 de julio de 1861; promovidas a más de otras causas, por la imposición al congreso constituyente de San Cristóbal del artículo 210 de la Constitución de 1844; por la violenta suplantación de la Constitución del 27 de Febrero de 1854 con la del 24 de diciembre del mismo año; por el desconocimiento impolítico de la Carta dada en Moca el 19 de febrero de 1858; por las expulsiones arbitrarias y crueles de 1844, 1849, 1857 y 1858, y en última, por la funesta anexión de la República a España” (“Controversia histórica entre José Gabriel García y Manuel de Jesús Galván” en José Gabriel García, 2010: 157).

En ese párrafo de García se sintetiza la biografía política del déspota Pedro Santana, quien siempre tomó a la patria como pedestal para lucrarse de ella, más no como ara o altar, a la que siempre se ha de estar dispuesto a honrar, idolatrar, respetar y servir.

El historiador Emiliano Tejera, en una nota al pie de la carta que envió el general Pedro Santana al sitiado presidente general Manuel Jimenes, de fecha 25 de mayo de 1849, destaca la importancia de la Batalla de El Número y minimiza la trascendencia histórica de la Batalla de Las Carreras, respeto al retiro de las tropas haitianas que dirigía en persona el presidente Faustino Soulouque. Sobre este asunto Tejera se expresa en los términos siguientes:

“El Gral. Santana falta a la verdad en todo lo que dice del Gral. Duvergé. Este, en unión del Coronel Francisco Domínguez, peleó heroicamente en El Número i quizás esta resistencia fue la causa de la orden de retroceso del Ejército haitiano. El General Duvergé desde el 44 hasta 49 peleó infinidad de veces contra los haitianos, i casi siempre triunfó. Puso su pie victorioso en donde nunca lo puso Santana: En el territorio que Haití retuvo después de la proclamación de la independencia dominicana. Al contrario Santana, en los 13 años de guerra activa contra Haití sólo oyó los tiros del enemigo dos veces: En Azua, de donde se derrotó después de haber vencido, exponiendo con esto la independencia de la República, i en Las Carreras, en donde peleó con la retaguardia de un ejército que se retiraba” (César A. Herrera, 1985:50).

El doctor Joaquín Balaguer se identifica con este punto de vista de Tejera, cuando califica la Batalla de Las Carreras de “mito” y de “una serie de tres escaramuzas”. Veamos en detalle los que dice Balaguer al respecto:

“‘Las Carreras’ no fue una batalla campal sino una serie de tres escaramuzas cuya importancia, desde el punto de vista militar, fue evidentemente secundaria. El ejército de Soulouque, cuando se posesionó de los cerros que rodean las llanuras inmediatas al río Ocoa, se hallaba semidestruido por los golpes que recibió en El Número, y se batía en plena retirada. El propio Santana ha descrito, en los partes de guerra que dirigió al General Ramón Franco Bidó, Ministro de Guerra y Marina, las tres escaramuzas que los historiadores han reunido después bajo la denominación de ‘Batalla de las Carreras’… No existió, pues, si no mienten los partes oficiales firmados por Santana, la batalla de Las Carreras. Las tres escaramuzas conocidas con ese nombre fueron después abultadas, con fines exclusivamente políticos, para glorificar a Santana y ofrecerle, bajo la impresión de un triunfo espectacular, el premio que siempre persiguió en sus campañas militares: poder, riqueza y honores” (Joaquín Balaguer, 1995: 127-129).

En esa misma perspectiva se inscribe el historiador Juan Daniel Balcácer cuando sostiene que los méritos del triunfo de la Batalla de Las Carreras no corresponden exclusivamente al general Pedro Santana, sino también al general Antonio Duvergé. En ese sentido expresa que si el ejército dominicano no hubiese propinado un golpe contundente a las tropas haitianas en El Número, es poco probable que lo hubiese derrotado en Las Carreras. Observemos el punto de vista de Balcácer, al respecto:

“Concerniente a la batalla de ‘Las Carreras’ existen, también, contradicciones, pues aunque muchos historiadores afirman que Santana es el héroe de esa contienda, lo cierto es que el mérito del triunfo no sólo le pertenece a él sino a Duvergé, quien derrotó las tropas haitianas antes de que se enfrentaran a las del hatero-cortador de madera. Santana, no obstante, se echó sobre sí toda la victoria y se empeñó en restarle brillo a la obtenida por Antonio Duvergé en el paso de ‘El Número’. La controversia que luego se originó en torno a quién pertenecía el mérito suscitó en Santana y sus prosélitos mucha ambición; y puede afirmarse, sin temor a equivocarnos, que el triunfo de Duvergé y su negativa para luego tornar sus armas contra el presidente Jiménez (como se lo había sugerido el mismo Santana), se convirtieron en los elementos necesarios para que el futuro Marqués de Las Carreras lo antagonizara; antagonismo éste que como es sabido culminó con el fusilamiento del valiente Duvergé…El ejército haitiano en retirada con que se batió Santana ya había sido previamente derrotado por Duvergé. De manera que el futuro Marqués peleó con tropas exhaustas, vencidas, y lo que es más sorprendente: ni siquiera logró batirse con el ejército entero, sino con su retaguardia. Como se ve, la victoria de Las Carreras fue un mito creado para glorificar al caudillo Santana. Porque parece ser ley infalible de los caudillos el erigirse en héroes sobre bases falsas, sobre acciones libradas por otros, sobre victorias ganadas por mejores soldados. Y ese fue el caso del Santana militar” (Juan Daniel Balcácer, 1974: 113-114).

En un tono menos concluyente, pero coincidiendo en lo esencial con la mayor parte de los criterios esbozados por los demás historiadores, el investigador Roberto Cassá expresa lo siguiente:

“Al margen de la interpretación que se ofrezca sobre lo verdaderamente acontecido, no cabe duda de que Las Carreras no hubiera sido posible sin la acción previa en El Número, relación que ha sido objeto de manipulación con el fin de enaltecer a Santana. Tan es así que el primer encuentro en Las Carreras, el día 19, antes de que apersonara Santana, lo dirigió el coronel Francisco Domínguez, de origen venezolano, dejado por Duvergé al mando de la tropa cuando decidió retirarse a descansar a Baní. Domínguez se había situado en Las Carreras, a orillas del río Ocoa, a fin de aprovisionar de agua a la tropa. Existe la versión, recogida por García Lluberes, de que en Baní se produjo una tensa entrevista entre Santana y Duvergé, en que el primero le expresó a éste: ‘Usted es más valiente que yo; pero yo soy más militar que usted’” (Roberto Cassá, 1999:37).

Es más que evidente, que la saña desarrollada por el general Pedro Santana contra el insigne guerrero Duvergé, defensor permanente de la frontera sur, tiene su razón de ser en el prestigio que éste había acumulado al interior del ejército y en toda la República, debido a sus constantes triunfos frente al ejército invasor haitiano -y que logró una vez más en los desfiladeros de El Número-. Santana temía que ese liderazgo indiscutible pudiera opacarle la gloria, el poder y el dinero que pretendía alcanzar con el desteñido triunfo de las tres escaramuzas que luego recibieron el nombre de Batalla de Las Carreras.

A lo anterior hay que agregar, la decisión del espartano general Duvergé de no participar en las disputas civiles en contra el presidente Manuel Jimenes, en que quiso involucrarlo el general Santana. Es por esa razón que, pretendiendo inhabilitarlo y quitarlo de su camino, lo apresa y lo somete a un juicio militar bajo la acusación de ser cómplice del general Valentín Alcántara -a quien se le acusaba de una supuesta componenda con el presidente Soulouque cuando fue hecho prisionero por tropas haitianas en la frontera y canjeado posteriormente por el gobierno dominicano-, lo que le llevaría a perder varias acciones de guerra en Las Matas de Farfán y San Juan de la Maguana, para terminar con la derrota de la Batalla de Azua de los días 5 y 6 de abril.

Las declaraciones de todos sus compañeros de armas, inclusive de los adeptos a Santana, descargan al general Duvergé de toda sospecha de traición, saliendo impoluto ante los ojos de toda la República Dominicana, que siguió con atención los resultados de ese proceso.

Seis años más tarde, tras sufrir todo tipo de vejámenes y escarnios por parte de los gobiernos de los caudillos Pedro Santana y Buenaventura Báez, hacia el 11 de abril de 1855 fueron fusilados el general Duvergé y sus dos hijos, Alcides y Daniel, por su firme actitud en favor de la independencia y su indeclinable decisión de no postrarse ante los pies del caudillo seibano. 

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WELLES, Sumner (2006), La Viña de Naboth (Dos tomos), Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos.

Juan De la Cruz

Historiador y profesor universitario

Juan de la Cruz. Doctor en Historia Contemporánea y Máster Universitario en Filosofía en el Mundo Global, Universidad del País Vasco, España. Doctorado en Ciencias de la Educación, Universidad de Ciencias Pedagógicas “Enrique José Varona” de Cuba y Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Maestría en Educación Superior, Universidad Iberoamericana (UNIBE). Licenciado en Historia, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Docente de la Escuela de Historia y Antropología de la UASD. Comunicador Social. Premio Anual de Historia 2017 “José Gabriel García”, Ministerio de Cultura de la República Dominicana. Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Autor de más de una docena obras de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. delacruzjuan508@gmail.com

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