Portoviejo, capital de la provincia de Manabí, fundada en 1535, es una de las ciudades más pobladas de Ecuador. Según el censo de 2022, cuenta con 322.925 habitantes. Es conocida como la «ciudad de los reales tamarindos». Ubicada en una llanura atravesada por el río Portoviejo, es un importante centro administrativo, comercial y financiero. Sus principales actividades económicas son el comercio, la agricultura y el transporte.
Cuenta con hermosas casas patrimoniales e iglesias coloniales. Destaca por sus atractivos naturales, históricos y arquitectónicos, como Crucita, la Laguna El Encanto, su Catedral, el parque Vicente Amador Flor (que tiene un área de más de 3.500 hectáreas) y el Complejo Arqueológico Cerros Hojas-Jaboncillo.
También cuenta con una importante Ciudad Deportiva y su gastronomía es deliciosa. Aquí habitó la cultura manteña hace más de 1.500 años. Sus integrantes eran grandes comerciantes, usaban la concha como moneda de intercambio y fabricaban sillas de piedra tipo U para sus ritos religiosos. Con la finalidad de conocer un poco de la historia de Portoviejo, vamos a compartir parte de las vidas de José Eloy Alfaro Delgado y Vicente Amador Flor Cedeño.
José Eloy Alfaro Delgado (1842-1912) fue un gran estadista y uno de los grandes líderes de la historia de América Latina y el Caribe. En el ejercicio del poder obró con gran honestidad y desinterés, procurando siempre favorecer al conjunto de la sociedad.
Fue hijo de don Manuel Alfaro y González, un republicano español que llegó al Ecuador en calidad de exiliado político, y de doña María Natividad Delgado López, nativa de la provincia de Manabí. Fue autodidacta. Por razones políticas hubo de vivir muchos años fuera de su patria, lo que amplió su mente, el conocimiento de la realidad internacional y las dificultades que enfrentó, determinando la formación de una sólida personalidad.
Fue militar, comerciante, revolucionario y político. Rebelde desde su juventud, con ideas de liberación y de justicia social, en su tiempo tenían mucha vigencia los conceptos enarbolados por la Revolución Francesa: «libertad, igualdad y fraternidad». Dedicó su vida a luchar contra el abuso, la corrupción, el fanatismo y las injusticias de los gobiernos conservadores que dominaban el Ecuador en aquella época.
Se convirtió en el líder de la Revolución Liberal ecuatoriana (1895-1924), combatió el conservadurismo y se le conoce como el «Viejo Luchador». Fue presidente en dos ocasiones: de 1897 a 1901 y de 1906 a 1911. Se ganó la simpatía de amplios sectores de la sociedad: grandes hacendados, pequeños y medianos productores y comerciantes, campesinos y creyentes católicos de las provincias de Manabí y Esmeraldas.
«La lucha que libró Alfaro hizo que tuviera muchos destierros y exilios políticos hasta que, el 5 de mayo de 1895, Chone, un importante poblado de la provincia de Manabí, desconoció el gobierno de ese entonces y proclamó jefe supremo de la República al general Eloy Alfaro. Esta proclama fue respaldada luego por Guayaquil (la más importante región del país) el 5 de junio de 1895, en la cual se decidió invitar a Alfaro a que regresara al país desde Centroamérica, donde estaba exiliado, y asumiera el poder, como en efecto lo hizo, llegando a Guayaquil en buque. Luego, acompañado de sus coidearios, emprendió su caminata a la capital del país, Quito, para asumir la presidencia de la República. En el trayecto debió librar luchas contra fuerzas leales al gobierno, recibiendo a su paso el apoyo ciudadano, entre los que destacaba el sector indígena».
Fue un patriota, un humanista, un hombre visionario, con una gran lealtad a sus ideales y principios. Esas cualidades de líder auténtico lo llevaron a realizar una magna obra: dictó una Constitución Política que ha regido la vida del país durante todo el siglo XX e hizo una amplia y consistente reforma de diversas leyes para dar seguridad jurídica a los ciudadanos.
Impulsó la modernización del país: estableció un Estado laico, separando el poder político de la influencia eclesiástica; fortaleció las instituciones; promovió la educación pública con la creación de escuelas normales y colegios de enorme prestigio, como el Colegio Mejía en Quito, el Colegio Olmedo en Portoviejo, el Colegio Eloy Alfaro en Bahía de Caráquez, y normales como el Manuela Cañizares para mujeres y el Juan Montalvo para varones en Quito; creó el Conservatorio de Música y la Escuela de Bellas Artes; abogó por la participación activa de las mujeres, apoyó la equidad de género y, por primera vez, nombró a una mujer para un cargo público; creó una red de ferrocarriles para unir todo el país. Fue, en definitiva, el gran constructor del siglo XX.
Institucionalizó las Fuerzas Armadas y creó el Colegio Militar; dotó de agua potable a Quito y de canalización a Guayaquil, y cuando tuvo la ocasión defendió con entereza la soberanía nacional, en la que pronunció una de sus frases históricas: «Tumbes, Marañón o la guerra».
En Ecuador se ha reconocido su valor patriótico y, desde el Carchi a Macará y desde Punta Carnero a Tiputini, existen cantones, parroquias, barrios y muchos monumentos que llevan con orgullo el nombre de Eloy Alfaro Delgado.
Fue asesinado en Quito el 28 de enero de 1912, en un episodio conocido como «La Hoguera Bárbara».
Vicente Amador Flor Cedeño (19 de julio de 1902 – 3 de diciembre de 1975), el «Poeta Coronado», nace y muere en Portoviejo, Ecuador.
Estudió en el colegio Olmedo, pero no terminó sus estudios secundarios. Desde joven se dedicó a la literatura y obtuvo su primer premio en 1922 por su poesía. Entre sus reconocimientos destacan la Lira de Oro por «Canto a Manta», la Medalla de Oro de Portoviejo (1953) y la Condecoración Nacional al Mérito en grado de Comendador (1963). Tuvo seis hijos con Clorinda Sacoto. En su honor, el parque central de la ciudad lleva su nombre desde 1983. Su obra es reconocida en los círculos literarios y culturales de todo el país y recoge títulos como Canto a Portoviejo, Atardecer, Advenimiento de Portoviejo, Romanza de la Ausencia, Motivos de Ayer y de Hoy, Cuatro Voces de la Poesía Manabita y Antología Poética.
Poema Canto a Portoviejo, de Vicente Amador Flor
¡Salve Ciudad del Valle que dominas
con altivez de reina castellana;
ciudad que ostentas como soberana
la corona triunfal de tus colinas.
¿Adónde fue tu cuna?… Me imagino
que te creaste junto al mar un día;
pero cambió de rumbo tu destino
ante el juglar de la piratería.
Y como reina nunca mancillada
por la mano terrible del corsario,
emprendiste la huida y tu mirada
se hincó en un riente valle solitario.
Valle apacible donde el sol derrama
sus cascadas de oro y de poesía
y donde el corazón suspira y ama
las frondas temblorosas de armonía.
Valle apacible de un solar amado,
florecido de amor y de esperanzas,
y homérico en las gestas de un pasado
que sabe del valor y la pujanza
con que supieron tremolar sus lanzas
los indios mantas y los colorados.
Pacheco fue tu fundador… Y un día
a la opresión del español, huraña
te erguiste libre y magna en rebeldía
poco después que Guayaquil había
lanzado el reto al pabellón de España.
Ciudad florida de arrabales lindos,
ciudad de San Gregorio siempre amada,
fuiste como una bendición creada
entre encajes de reales tamarindos.
¡Salve ciudad por tu altivez procera,
y por los que te dieron gran renombre,
por los ilustres don Andrés de Vera
y don Manuel Rivadeneira, un prohombre
que, al destacarse cual divina lumbre,
te proclamó libérrima y tu nombre
irradió como el sol sobre la cumbre!
Compartir esta nota