​La falsa premisa del aislamiento

Dos naciones, una isla: historia, cultura y destino compartido (II)

​Si en la primera entrega examinamos las soluciones reduccionistas y la genealogía del caos en Puerto Príncipe —donde el colapso institucional se entrelaza con complejas dinámicas idiosincrásicas—, es imprescindible dirigir ahora la mirada hacia nuestra propia casa. Compartir una isla impone una geometría inexorable. No existen murallas geológicas ni artificios ideológicos capaces de anular la interdependencia física de dos países que respiran la misma masa de aire y dependen de las mismas cuencas hidrográficas.

​Frente a esta coexistencia forzosa, el pensamiento conservador dominicano ha recurrido históricamente a esquemas conceptuales articulados en torno al repliegue defensivo y la desconfianza profundamente arraigada —aquel recelo o sospecha colectiva que no nace de una experiencia personal reciente, sino que se transmite como herencia cultural e histórica frente a las amenazas del entorno—. El mejor exponente de esta doctrina es el ensayo La isla al revés: Haití y el destino dominicano, publicado en 1983 por el expresidente Joaquín Balaguer.

​En dicha obra, Balaguer plantea la tesis de que la realidad geopolítica de la isla se encuentra distorsionada. Desde una visión hispanófila y marcadamente determinista, sostiene que la República Dominicana —en tanto depositaria de los valores occidentales y de una herencia hispánica que considera amenazada— corre el riesgo de ser absorbida o diluida por la presión demográfica, la pobreza extrema y la inestabilidad institucional del pueblo haitiano. La "penetración pacífica", en palabras de Balaguer, se presenta como un peligro inminente para la supervivencia de la identidad nacional.

​De la paranoia ideológica a la soberanía del siglo XXI

Joaquín Balaguer.

​Es necesario analizar la obra de Balaguer con rigor histórico para superar sus premisas deshumanizantes sin caer en la renuncia soberana. El temor a la pérdida de identidad o a la sobrecarga del Estado es comprensible cuando se observa la magnitud del colapso vecino, pero convertir la paranoia geopolítica en el único eje de la política exterior es un error estratégico.

​La identidad dominicana no es un cristal frágil condenado a romperse por el mero contacto con el vecino; es una realidad cultural vibrante, construida sobre siglos de resistencia, sincretismo y afirmación histórica. Defender esa identidad y resguardar la soberanía territorial no exige estigmatizar al pueblo haitiano ni presentar a toda una población como una masa agresora. La verdadera soberanía democrática del siglo XXI no se construye sobre el miedo a ser "absorbidos", sino sobre la capacidad de nuestras instituciones para aplicar la ley con equidad, regular el mercado laboral, combatir el tráfico ilícito y proyectar un desarrollo real en el territorio nacional.

​El verdadero riesgo para la soberanía dominicana no proviene exclusivamente de la crisis haitiana, sino del abandono institucional de nuestras propias regiones periféricas. Pretender que la seguridad fronteriza se agota en la vigilancia militar o en la edificación de muros físicos —mientras el propio Estado condena al abandono a las comunidades que custodian el límite territorial— es perpetuar una trágica ilusión de protección.

​El abandono democrático frente a la lección del pasado

Rafael Trujillo.

​Aquí reside una de las mayores contradicciones de nuestra historia reciente. Durante la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, más allá del carácter autoritario del régimen y del execrable crimen de la Matanza de 1937, existió un diseño geopolítico deliberado denominado "Dominicanización de la Frontera". Aquel programa comprendió que la presencia humana era el primer muro infranqueable de la patria. El régimen promovió la fundación de colonias agrícolas, llevó familias cibaeñas a puntos estratégicos de la Sierra de Neiba y Pedernales, asentó comunidades extranjeras como las colonias japonesas en La Vigía y Aguas Negras o la española en Restauración, y dotó a los poblados fronterizos de infraestructuras culturales, escuelas de música, pintura y subsidios productivos.

​Por el contrario, la democracia dominicana posterior a 1961 ha cometido un error gravísimo y recurrente: ha supeditado la inversión pública al peso del cálculo electoral y olvidado las provincias de la frontera. Al distribuir el Presupuesto Nacional en función del "voto por cabeza" —concentrando las grandes obras en el Gran Santo Domingo, Santiago y los centros urbanos donde se deciden las elecciones—, los sucesivos gobiernos democráticos han sido profundamente mezquinos con la frontera.

​En los 376 kilómetros de línea fronteriza habita una población que apenas supera los 500,000 dominicanos. Marginadas de los grandes flujos de capital, comunidades con un potencial extraordinario sobreviven con infraestructuras deplorables. Caminos vecinales destruidos en lugares como Mariano Cestero, la tortura vial para acceder a Río Limpio o el olvido de poblados emblemáticos evidencian cómo el Estado ha castigado a los verdaderos centinelas de la patria. Cuando la democracia invierte solo donde hay votos y descuida el territorio donde se consolida la soberanía, termina despoblando la frontera y creando el vacío que luego pretende lamentar.

​La frontera viva: economía, cultura y dignidad

Instalaciones de CODEVI.

​Es hora de desmontar el mito de que la frontera es un páramo inerte marcado únicamente por la aridez y la miseria. La franja fronteriza posee microclimas privilegedos a más de 2,300 metros de altura en Pedernales, valles fértiles alimentados por cuencas transfronterizas como la del río Artibonito —cuyas aguas nacen en la Loma Nalga de Maco— y un dinamismo cultural admirable. En Dajabón opera el Colegio Loyola como referente educativo; en Loma de Cabrera florecen liceos de arte como el General José Cabrera, cuna de destacados artistas plásticos y jóvenes talentos; y enclaves de desarrollo agroindustrial como el complejo CODEVI en Juana Méndez demuestran que es posible generar más de 20,000 empleos formales, fijando población a ambos lados del límite internacional.

​Los mercados binacionales no son una amenaza; constituyen el segundo socio comercial de la República Dominicana y un motor económico vital para miles de familias dominicanas que comercializan agroinsumos, harina y bienes de consumo. Una política fronteriza inteligente debe saber diferenciar con claridad matemática entre la facilitación del comercio legal y legítimo y el combate estricto al contrabando, la trata de personas y el crimen transnacional.

​La defensa de la frontera no se mide únicamente por la cantidad de soldados desplegados o las instalaciones de vigilancia, sino por la calidad de vida de los dominicanos que la habitan. Un Estado que no ofrece carreteras, escuelas de formación técnica, crédito agrícola, agua potable y hospitales a sus comunidades fronterizas está abdicando de su primera responsabilidad soberana.

​No podemos exigirle al habitante de Pedernales, Jimaní, Elías Piña o Dajabón que sea el guardián de la dominicanidad si el presupuesto de la nación lo trata como un ciudadano de segunda categoría. La frontera necesita con urgencia una política de Estado plurianual y vinculante que trascienda los vaivenes de los gabinetes ministeriales y la miopía de los ciclos electorales.

​(Continuará)

En la tercera y última entrega abordaremos cómo contrarrestar la batalla del relato internacional, el papel fundamental de la cultura frente al prejuicio y una propuesta nacional concreta de cinco ejes de Estado para garantizar una convivencia soberana y duradera en nuestra isla compartida.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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