Este artículo recoge y desarrolla algunas de las ideas compartidas en la conferencia «¿Por qué se prohíben los libros para niños?», impartida en la Universidad Iberoamericana (UNIBE), en el marco de la VI Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil de Santo Domingo (FEILIJ).
Hace poco más de un año, durante una visita a la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, me encontré con El infierno y las maravillas, un recorrido por obras que, en distintos momentos, habían sido objeto de censura. Entre ellas estaba El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.
El encuentro me produjo extrañeza. ¿Qué puede tener un libro para que un adulto decida que otro ser humano no debe leerlo? La pregunta se vuelve todavía más compleja cuando ese otro ser humano es un niño.
La literatura infantil tiene una particularidad que a veces olvidamos. Nace y circula bajo una intensa tutela adulta. Los adultos escribimos los libros, los ilustramos, los editamos, los publicamos, los compramos y los recomendamos. También somos quienes los seleccionamos, descartamos, retiramos y, en determinados casos, censuramos o prohibimos.
Antes de que un libro llegue a las manos de un niño, probablemente ya ha atravesado una larga cadena de decisiones. Padres, madres, tutores, docentes, centros educativos, autoridades curriculares, bibliotecarios, mediadores de lectura y gestores culturales determinan, desde sus respectivos espacios, qué libros llegan a la infancia y cuáles permanecen fuera de su alcance.
Por eso, la pregunta no es únicamente quién decide lo que leen los niños. Habría que preguntarnos también con qué criterios estamos decidiendo.
¿Proteger o impedir?
No toda selección es censura. Hay razones legítimas para seleccionar un libro. No todas las obras ofrecen las mismas posibilidades de encuentro en todas las etapas del desarrollo. También intervienen criterios de calidad literaria, gráfica y editorial, además de factores económicos y de acceso.
El problema aparece cuando confundimos nuestras incomodidades adultas con las necesidades de la infancia.
Con frecuencia buscamos libros que «enseñen algo», como si el valor de la literatura infantil dependiera de la moraleja que podamos extraer de ella. Tal vez, antes de preguntarnos qué aprenderá el niño con un libro, deberíamos hacernos una pregunta mucho más sencilla. ¿Le gustará?
¿Qué sería de las buenas historias sin villanos, conflictos, paradojas, personajes que se equivocan y situaciones que nos enfrentan a dilemas morales y éticos? ¿Qué sería de los cuentos sin el lobo, la madrastra, la mentira, los celos, la desobediencia, el miedo o la injusticia?
Probablemente tendríamos historias muy correctas. No necesariamente tendríamos buenas historias.
Representar una conducta no significa prescribirla. Narrar la mentira no es enseñar a mentir. Representar la injusticia no equivale a defenderla. Poner un villano en una historia no convierte al villano en modelo.
Las buenas historias están llenas de contrastes porque la vida también lo está.
Los niños ya conocen el conflicto
Existe cierta paradoja en nuestro deseo de eliminar los conflictos de los libros infantiles. Los niños no necesitan abrir un libro para descubrir que el conflicto existe.
Lo encuentran en su cotidianidad.
Un niño sabe que su mejor amigo hizo algo incorrecto y la maestra pregunta quién fue. ¿Lo protege o dice la verdad?
Encuentra un objeto que desea y nadie parece estar mirando. ¿Se lo queda o intenta encontrar a su dueño?
Observa cómo otros se burlan de un compañero y sabe que, si interviene, podría convertirse también en objeto de burla. ¿Lo defiende o permanece callado?
Rompe accidentalmente algo en casa y sabe que reconocerlo tendrá consecuencias. ¿Dice la verdad o intenta ocultarlo?
Un amigo le confía un secreto, pero ese secreto revela que podría encontrarse en peligro. ¿Mantiene su promesa o busca la ayuda de un adulto?
Hasta una situación aparentemente sencilla, como compartir un juguete, puede colocar al niño frente a cuestiones relacionadas con la justicia, la propiedad, la empatía y la convivencia.
Los dilemas morales y éticos no son una invención de la literatura. Forman parte de la vida infantil.
La literatura, sin embargo, puede ofrecer un espacio simbólico para encontrarse con ellos. Un niño puede experimentar el miedo sin estar físicamente frente al peligro. Puede observar una injusticia sin padecerla. Puede acompañar a un personaje que toma una mala decisión y contemplar sus consecuencias. Puede experimentar tristeza, rabia, compasión, sorpresa o incertidumbre y conversar después sobre lo ocurrido.
La literatura no necesita decirle al niño qué debe pensar. Puede hacer algo quizá más importante. Puede darle cosas sobre las cuales pensar.
Los miedos de los adultos
Algunas discusiones alrededor de los libros infantiles pueden entenderse mejor cuando observamos nuestros propios miedos.
Tenemos miedo de que los niños tengan miedo y queremos apartarlos de la muerte, los monstruos o la violencia.
Tenemos miedo de la desobediencia y desconfiamos de personajes irreverentes que cuestionan la autoridad.
Tenemos miedo de determinadas ideas y vigilamos la política, la religión o el cuestionamiento de ciertas creencias.
Tenemos miedo del cuerpo, de la sexualidad, de la diversidad familiar y de otras maneras de comprender la identidad y la afectividad.
Incluso podemos sentir temor frente a palabras, culturas y realidades que el niño todavía no conoce. A veces descartamos una obra porque nos parece «muy elevada para un niño», cuando precisamente lo desconocido podría convertirse en una oportunidad para preguntar, conversar y aprender.
Entonces aparece una pregunta incómoda. Cuando un adulto prohíbe un libro para un niño, ¿está protegiendo al niño del libro o está protegiéndose de las preguntas que ese libro podría provocar?
No existe una respuesta única. Pero vale la pena formular la pregunta.
Una infancia que también puede encontrarse con lo feo

Existe otra manera, quizá menos evidente, de limitar el universo lector infantil. Ocurre cuando decidimos anticipadamente qué experiencias estéticas consideramos apropiadas para los niños.
El arte no está constituido únicamente por lo bello y lo agradable. También transita por lo sublime, lo trágico, lo cómico, lo grotesco, lo feo y lo siniestro.
Sin embargo, pareciera que cuando una obra se dirige a la infancia esperamos que permanezca únicamente dentro de aquello que los adultos consideramos amable, hermoso y confortable.
Pero los cuentos que han acompañado a generaciones de niños contradicen esa pretensión. En ellos hay bosques oscuros, lobos, brujas, abandonos, transformaciones, peligros y pérdidas.
¿Por qué privar a la infancia de determinadas experiencias estéticas?
Algo semejante ocurre cuando privilegiamos el realismo frente a la fantasía, lo maravilloso o lo mágico.
La imaginación también constituye una manera de aproximarse a la realidad. Un dragón puede hablarnos del miedo. Un monstruo puede ayudarnos a pensar la diferencia. Un bosque encantado puede representar la incertidumbre. Un viaje imposible puede hablarnos del crecimiento.
Una historia no necesita haber ocurrido para decir algo verdadero.
Cuando un libro incomoda
La literatura infantil y juvenil está llena de obras que, en distintos contextos, han resultado incómodas para algunos adultos. En la conferencia recordamos títulos como Draw Me a Star, de Eric Carle; Con Tango son tres, de Justin Richardson y Peter Parnell; y la saga Harry Potter, entre otros libros que han sido cuestionados por asuntos relacionados con la desnudez, los modelos familiares, la sexualidad, la magia o determinadas concepciones morales y religiosas.
Más allá de estar de acuerdo o no con cada cuestionamiento, estos casos nos obligan a pensar en algo más profundo.
¿Qué entendemos por infancia?
Si concebimos al niño exclusivamente como un ser frágil al que debemos mantener apartado de toda contradicción, probablemente construiremos para él una literatura igualmente protegida de la complejidad.
Si, en cambio, reconocemos al niño como un sujeto que pregunta, interpreta, imagina y construye significados en interacción con otros, el papel del adulto cambia.
Dejamos de ser solamente guardianes de una puerta y podemos convertirnos en mediadores.
Prohibir o acompañar
Defender la literatura no significa sostener que cualquier libro es apropiado para cualquier niño ni que debamos abandonar al lector infantil frente a cualquier contenido. Esa sería una falsa disyuntiva.
Hay una tercera posibilidad. Acompañar.
Si durante una lectura aparece la muerte, el miedo, una palabra desconocida, una conducta que desaprobamos, una cultura diferente o una pregunta para la cual todavía no tenemos respuesta, quizá no estemos necesariamente frente a una razón para cerrar el libro.
Podríamos estar frente a una oportunidad para conversar.
Mediar no significa colocarnos entre el niño y el libro para impedir que se encuentren. Significa acompañar ese encuentro.
Y esto adquiere una importancia todavía mayor cuando aspiramos a formar lectores. El gusto por la lectura difícilmente puede construirse si el libro aparece siempre como obligación, ejercicio escolar o vehículo para transmitir una enseñanza.
Antes de preguntarnos qué queremos que un niño aprenda con determinado libro, podríamos preguntarnos también qué libro podría emocionarlo, inquietarlo, hacerlo reír, sorprenderlo o conseguir que, al llegar a la última página, quiera abrir otro.
Gabriela Mistral escribió en Pasión de leer, en 1935, que había que hacer de la lectura un ejercicio cotidiano y natural, pero siempre gozoso, porque el hábito no se adquiere si no promete y cumple placer.
Tal vez ahí resida una de las responsabilidades más importantes de quienes decidimos qué libros ponemos al alcance de la infancia.
Porque antes de retirar un libro de las manos de un niño convendría hacernos una última pregunta.
¿Y si precisamente esa historia que a mí me incomoda fuera la historia que hiciera a ese niño descubrir que ama leer?
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