Dedicatoria
A mis amigos Fausto Rosario, por su aporte reflexivo en Acento, y Guido Gómez, por sus posiciones firmes y consistentes; quienes, cada uno desde su camino, nos enseñan que permanecer no es solo resistir, sino también pensar con profundidad, actuar con constancia y sostener la memoria de la vida desde distintos puntos de vista.
Una forma íntima de resistencia cultural
Permanecer es una palabra que no suele ocupar titulares. No es ruidosa ni espectacular. Carece de la épica inmediata del triunfo y de la urgencia del éxito. En una época dominada por la prisa, la exposición y el consumo acelerado de todo: ideas, obras, incluso afectos. Permanecer se ha convertido en una forma discreta, pero radical, de resistencia.
Pero no ocurre en el vacío. Se permanece, también, en medio de un mundo que parece resquebrajarse. Un mundo cuyos cimientos ya no se perciben firmes, sino en constante desplazamiento, como si lo que antes sostenía el sentido común hoy cediera sin mayor resistencia. Asistimos, casi sin detenernos a la erosión de principios que alguna vez se creyeron inamovibles.
Se nos ha enseñado a confundir durar con existir, sobrevivir con triunfar. Pero permanecer es otra cosa: no es quedarse, es sostener un sentido. No es insistir por inercia, sino habitar el tiempo sin traicionarse.
Hubo un momento preciso, íntimo, en que comprendí que sobrevivir no era lo mismo que permanecer. No fue una revelación dramática, sino una certeza que llegó con el peso de lo vivido. Sobrevivir es un acto biológico; permanecer exige memoria, testigos y una fidelidad silenciosa a lo que uno ha sido, incluso cuando ya no coincide con lo que el mundo espera.
Aquella mañana, mientras la ciudad repetía su ruido, ese ruido que también es olvido, entendí que mi lucha no era contra el tiempo, sino contra la disolución. Contra esa forma sutil en que la vida contemporánea borra lo que no se exhibe, lo que no se vuelve tendencia, lo que no logra inscribirse en la presencia pública dominante.
Y también contra algo más hondo: la normalización de lo inadmisible. Un mundo que observa y permite la destrucción de países como si se tratara de episodios lejanos, sin consecuencias morales duraderas. Un mundo donde incluso las naciones con mayor tradición democrática parecen replegar su responsabilidad histórica, cediendo espacio no por convicción, sino por conveniencia, ante las presiones de las potencias que reconfiguran el orden global.
Desde entonces supe que permanecer implica una ética. No declarada, no visible, pero firme. Se sobrevive por necesidad; se permanece por convicción. Permanecer es aceptar las pausas sin renunciar al núcleo, atravesar los silencios sin abandonar la voz interior. No todo alejamiento es pérdida; a veces es una forma más exigente de lealtad.
En el ámbito del arte y la cultura, esta diferencia se vuelve decisiva. Hoy asistimos a una escena donde la exposición ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin. No basta con hacer: hay que mostrarse. No basta con crear: hay que circular. La obra ya no compite consigo misma, sino con su capacidad de entrar en esa lógica de exposición.
Se produce cada vez más, pero no siempre se permanece. La obra deja de ser un espacio de exploración para convertirse en un objeto de circulación. En ese desplazamiento, el proceso pierde valor frente a la exposición, y la profundidad cede ante la inmediatez. Lo que no logra insertarse en el flujo de lo expuesto corre el riesgo de ser tratado como si no existiera.
Porque no todo lo que se expone permanece, y no todo lo que permanece necesita exponerse.
Hay trayectorias que desaparecen en cuanto se apagan los reflectores. Otras, en cambio, continúan respirando aun fuera de escena. No dependen del aplauso ni de la coyuntura, sino de una convicción más honda: el arte como forma de conocimiento, de memoria y de conciencia. Permanecer, en ese contexto, es casi un gesto contracultural.
Mi experiencia se inscribe en ese territorio. Hubo un tiempo prolongado en el que estuve distanciado de las artes y, en particular, del teatro. No fue abandono. Fue una pausa impuesta por la vida. Y, sin embargo, también fue una prueba.
En esa distancia entendí algo más íntimo: uno no deja de ser lo que es cuando se aparta, sino cuando deja de reconocerse. Incluso lejos del escenario, no dejé de permanecer.
Permanecí en la lectura, que siguió siendo conversación y aprendizaje. Permanecí viajando, observando, dejándome interpelar por otras estéticas, por otros lenguajes. Permanecí, sobre todo, como público. Porque también hay una ética en mirar.
Entrar a una sala, ocupar una butaca, escuchar el silencio antes del telón… es un acto menor solo en apariencia. En realidad, es una forma de sostener lo que existe. El espectador atento no es pasivo: es cómplice de la continuidad.
Con el tiempo entendí que el creador no se apaga cuando deja de producir, sino cuando deja de mirar. Y quizás hoy ese sea uno de los riesgos mayores: una cultura saturada de imágenes, pero cada vez menos dispuesta a mirar con profundidad.
Mientras exista curiosidad, pensamiento y memoria activa, hay permanencia. El teatro —incluso a la distancia— siguió siendo una escuela: cada obra, una lección; cada puesta, una pregunta abierta.
Permanecer no es inmovilidad ni nostalgia. Es transformación sin traición. Es atravesar el tiempo sin disolverse en él. Los pueblos que sólo sobreviven pierden su relato; los artistas que sólo sobreviven pierden su voz.
En un mundo que premia la velocidad y olvida con facilidad —y que, al mismo tiempo, parece aceptar sin resistencia la fragilidad de sus propios principios—, permanecer es una forma íntima de resistencia cultural.
Una forma de no ceder del todo.
De no diluirse.
De no olvidar quién se es, incluso cuando todo alrededor empuja a lo contrario.
Silenciosa, sí.
Pero profundamente necesaria.
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