¿De qué le sirve a un hombre la bandera, el himno, la tierra que le vio nacer, si se le ha despojado de todo eso? ¿Qué significa ser patriota cuando ya no hay patria que amar, que defender, que sentir? La patria es el abrazo del origen, el eco de las voces ancestrales resonando en el viento, pero si el viento ya no sopla, si las tierras ya no se sienten bajo tus pies, si las voces se han desvanecido en el aire… ¿Qué queda? Un patriota sin patria es una sombra que vaga, buscándose a sí misma entre las ruinas de lo perdido, aferrándose a un recuerdo que ya no tiene forma, un amor sin objeto.
Y en el velorio, observando desde el umbral del otro lado, veo con claridad los pensamientos, los lamentos, las sonrisas que se esconden tras la máscara de la tristeza. Algunos lloran por mí, no por lo que fui, sino por lo que ya no soy. ¿Qué es la muerte, sino la ausencia, el espacio vacío que deja el ser al partir? La ausencia en el cuerpo se convierte en presencia en el alma de aquellos que se quedan, y a veces, esa presencia pesa más que cualquier recuerdo.
Y mientras algunos lloran por mí, otros se alegran de mi partida. El que llamé amigo, ahora regocijado en su libertad recién adquirida, mientras el enemigo, el que nunca entendió el valor de mi lucha, se retuerce en un dolor profundo. El odio, cuando se vuelve amor no correspondido, se convierte en sufrimiento; un sufrimiento que no necesita explicaciones. Y en su pesar, él encuentra mi razón de ser. ¿Quién diría que el enemigo es el que me daría más valor que el amigo?
En la funeraria, el sacerdote, en su afán de acelerar la ceremonia, no puede esperar para ir a un cumpleaños. El mismo hombre que habla de la vida eterna, actúa con prisa por ir a celebrar la vida efímera. ¿Es esto la contradicción de nuestra existencia? Celebramos la vida mientras la despreciamos, y buscamos la eternidad mientras tememos a la muerte.
Afuera, en la calle, los ojos de aquellos que esperan las migas de los poderosos miran con avidez, con ansia de lo que no puede ser alcanzado, sin saber que la muerte misma es un lujo que ya no tengo. Los veo, ellos no me ven. En mi estado incorpóreo, soy más invisible que nunca, pero aún así, siento su hambre, su desesperación por lo que nunca les será dado.
Mis pies, esos pies que ya no pueden caminar, quieren ir hacia donde solían descansar. ¿Cómo se deshace el cuerpo del alma? ¿Cómo se disuelven los vínculos invisibles que atan a las personas, aunque ya no haya aliento en sus cuerpos? Mi alma quiere ir hacia ella, hacia la patria que defendí como una brújula que aún busca su norte, pero en mi nuevo ser, no hay cuerpo, no hay huella. No hay descanso en la mirada de quien ya no está.
El duelo no es por la muerte de alguien, sino por la muerte de lo que esperábamos de esa persona, por la ausencia de lo que nunca se logró decir, por lo que no se pudo vivir.
En este tránsito, en este continuo ir y venir entre el ser y el no ser, he comprendido que no son los días lo que recordamos, sino los momentos. Esos instantes fugaces que parecían insignificantes en su tiempo, pero que en la muerte se convierten en eternidades. Cada lágrima, cada palabra no dicha, es una fragmentación del alma que se pierde en la nada. Las dudas líquidas que brotan de los ojos, esas palabras del corazón que no pueden ser contenidas, caen sobre el polvo, y ese polvo… ese polvo es lo que queda de nosotros.
No se trata de la muerte, no se trata de los cuerpos que dejamos atrás. La muerte es una promesa rota de lo que nunca llegaremos a ser. La vida en cambio, es el desafío de aprender a vivir mientras somos conscientes de que siempre estamos muriendo, como un río que fluye hacia su fin, pero mientras fluye, parece inmortal, parece eterno.
Las personas en el mundo material, se quedan con las marcas de nuestras ausencias. Los que lloran no están solos; están acompañados por otros que, como ellos, han conocido la oscuridad del alma. El dolor no es solo una sombra que se alarga en el tiempo. Es una luz que, aunque borrosa, ilumina lo más profundo de nuestro ser.
Claro, en este momento, al estar fuera del tiempo y el espacio físico, mi mente se abre como un abanico de percepciones, y lo que antes era invisible se revela ante mis ojos. Cada pensamiento, cada emoción, cada contradicción humana, llega a mí con la claridad de una corriente que fluye, sin barreras ni filtros. Puedo ver lo que realmente sienten, lo que realmente piensan de mí.
Allí están los que dicen llorar, pero en sus corazones se oculta una mezcla de alivio y desconcierto. El que me consideraba un «amigo», pero que en su interior siempre albergó celos y resentimientos no confesados, usa lentes negros para ocultar la mentira de su dolor. Yo no puedo juzgarle, ya no tengo derecho sobre lo que no me pertenece, pero al verle, comprendo lo que no supe entender mientras estaba vivo. Mi muerte le ha liberado de una carga que, sin saberlo, siempre fue suya. «Por fin se fue», piensa. «Por fin puedo respirar sin su sombra sobre mí». Me duele, pero entiendo que no era lo que parecía ser. ¿Es esta la verdadera amistad, la que sobrevive a las mentiras que nos decimos a nosotros mismos?
En cambio, el enemigo, aquel que nunca estuvo de mi lado, ahora se retuerce en el dolor de mi partida. Su sufrimiento no es por mí, sino por lo que perdía al tenerme cerca. Nunca entendí su valor mientras vivía, pensará. Él era el que marcaba el ritmo, era el que definía las reglas del juego. Ahora que ya no puedo desafiarle, la vida le resulta vacía, huérfana de sentido. Se siente derrotado, como si su propósito ya no tuviera dirección. Un vacío más grande que cualquier rivalidad, un vacío que, por extraño que sea, sólo yo podía llenar.
Y el sacerdote… Él recita sus palabras con una urgencia que escapa a la oración, como si cada palabra fuera un grano de arena que tiene que apurar antes de que se caiga al suelo. ¿En qué pensará mientras se apresura? Yo lo sé. Su mente está llena de citas rápidas y expectativas mundanas. «¿Cuándo terminará esto? Hay una fiesta esperándome. Los míos están esperándome». No hay consuelo genuino en su alma. Su prisa es la de alguien que no sabe cómo conectar con la verdadera esencia de lo que está haciendo. El dolor ajeno le pesa como una carga que no comprende, que no sabe cómo soportar. Él solo cumple con su ritual, pero lo hace con los ojos puestos en el reloj. No sabe, o no quiere saber, que la muerte no es un trámite, es un encuentro.
Luego están los que no dicen nada, pero sus miradas lo dicen todo. El primo que siempre estuvo a la sombra de mis éxitos, que nunca entendió por qué yo parecía tener siempre más que él. Se siente menospreciado por el tiempo que le dediqué a mi vida, pero también, en su mente, hay un susurro de arrepentimiento. ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido diferente? Si hubiera intentado ser un buen amigo en lugar de vivir a la sombra de su éxito… tal vez aún podría estar a su lado. Pero ya es tarde, y esa posibilidad se desvaneció con el viento de mi partida.
Y los que no lloran, los que no hacen más que observar, con el semblante impasible, mientras la vida continúa fuera del velorio, están aquí por obligación, no por amor ni por lamento. ¿Qué piensan? «¿Quién es este? ¿Qué se supone que tengo que sentir? ¿Debería llorar por alguien que ni siquiera me conoció bien?» Su indiferencia me golpea como un viento frío. Pero no les culpo. Ellos no saben lo que me dolía. Ellos no sabían las batallas que libraba en silencio. Para ellos, yo era solo un cuerpo que se desvanecía de su vista, un ser que apenas marcó una huella en sus vidas.
Y luego están aquellos que en su profundo silencio no pueden esconder la tristeza, no pueden negar la fractura interna que ha causado mi partida. La madre, la esposa, el hermano cercano… Las almas que no se atreven a pensar, porque el dolor es tan abrumador que se les escapa de la mente, como una ola que los arrastra sin piedad. Ellos me aman tanto que no pueden soportar la idea de que nunca más podrán verme, escucharme, abrazarme. Pero también hay algo de paz en sus pensamientos, algo de resignación que llega a mí, aunque no de forma clara, como un murmuro que dice: «Sé que no puedo retenerte, pero lo intentaré de todas las formas posibles».
Al fin y al cabo, soy un reflejo de sus propios dolores, de sus propias pérdidas. La gente que pasa por mi velorio no está allí sólo por mí. Están allí por lo que vieron en mí, por lo que pensaron que fui o lo que quisieron que fuera. El duelo no es por la muerte de alguien, sino por la muerte de lo que esperábamos de esa persona, por la ausencia de lo que nunca se logró decir, por lo que no se pudo vivir.
Así que mientras los observo, sé que en realidad no me están mirando a mí. Me están mirando a través de mí, buscando respuestas a sus propias dudas, a sus propias heridas. Al final, todos estamos buscando algo, aunque no siempre sepamos qué. Y yo, en mi forma etérea, sigo siendo testigo de ellos, como un suspiro perdido en el viento, mientras el alma busca comprender lo que el cuerpo dejó atrás.
Al final, cuando los espectros llegan, me invitan a cruzar el umbral. He dejado atrás la carne, ese viejo traje que ya no me sirve. Mi cuerpo, victimizado por las enfermedades y las heridas, ya no es más que un recuerdo fugaz. Me uno a los que partieron antes que yo, a esos espíritus que, como yo, alguna vez también fueron patriotas, amigos, enemigos, seres humanos con sueños rotos y promesas incumplidas.
Me voy, pero mientras tanto, mi ausencia queda grabada en los corazones de aquellos que me recuerdan. La muerte no es más que un puente. Y mientras algunos cruzan al otro lado, otros se quedan en la orilla, buscando sentido a lo que ya no existe.
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