"Escribimos para saborear la vida dos veces, en el momento y en retrospectiva", decía sabiamente Anaïs Nin, y es exactamente igual para mí. Saborear de nuevo las experiencias nutricias de los últimos 12 años, aquellas que ocurrieron en torno a una mesa en particular, entre dos continentes del sur global: África Occidental y América del Sur. Es ese saborear que me trae hoy aquí, a escribir y, con esto, organizar experiencias, sublimando vivencias para ganar entendimientos más profundos de la sustancia que mueve mis afectos… y con esto, tal vez, ayudar a alguien más a entender algo de sí mismo, en el proceso. Una mesa de madera. Sí. Construida bajo mi guía, con madera de la selva sagrada de Senegal, alrededor de una puerta del pueblo dogon, de Mali. Como ella, entra, firme en esta ventana a un segmento del mapa esencial de mi vida cotidiana.
Escribir literal y figuradamente sobre la mesa, desde ella y para ella, testigo activo en la creación y el sustento de vínculos. En resumen: una base para nutrirse juntos. Esto en sí es un ejercicio de nutrición para ese espacio entre la obra y mi espacio vital. Es el espacio vincular que me atrae. Ese camino para entenderse a sí mismo a través de lo que se hace evidente en frente de sí. Entenderme a través de una mesa, de sus parábolas hechas materia, historias orales plasmadas en la fortaleza y resiliencia de la madera. Y sobre la cual, a su vez, continuamos construyendo nuestra naturaleza social, sobre nuestra naturaleza animal.
Es mi intención reconocer esta figura de la cultura material de la humanidad, desde mi experiencia vital doméstica, cotidiana. La siento hablar, la escucho. Vino de muy lejos. ¿Para dónde querrá ir?
Mi mesa es una parábola y es también parabólica por ser germen de fertilización diaria… Las imágenes que tienen vida e historia propician conexiones, enalteciendo la forma y el contenido africano.
Agradecimiento es lo que siento ante esta figura de madera, por alimentarme delante de ella, por iniciar, cultivar y terminar relacionamientos, conspirar proyectos, cerrar tratos, ver a mis hijos crecer. Ella, siempre firme, sosteniendo, nutriendo, organizando. Cuánta agua derramada sobre su superficie…
Y ella, guardando memorias del entorno, recordando informaciones sobre condiciones pasadas, madera fuerte y sagrada de Casamance. Un portal creado con mística, destreza y sofisticación de otro mundo. Madera tallada de la esencia ancestral del pueblo dogon. La base sobre la que me alimento, en múltiples dimensiones, tiene matriz africana y es femenina.
La mesa en cuestión fue puerta en una vida anterior, en Mali, país de África Occidental, vecino de Senegal. La zona de Bandiagara es el lugar en Mali donde se crean estas obras. Zona dueña de una topografía de acantilados, que son testimonio de resistencia cultural y gran riqueza espiritual de los pueblos habitantes: dogon, fulani y bambara.
El pueblo dogon, para huir de la islamización forzada que se expandía desde los reinos de Ghana y posteriormente Mali, durante los siglos XI y XIV, se instaló en estos acantilados (Patrimonio de la Humanidad). Pueblo indómito y resistente, cuya historia y arquitectura de fuga me recuerda, guardando las distancias, la historia de los cimarrones (esclavos escapados y libertos) en el Caribe angloparlante, en Jamaica específicamente, donde estos maroons escapaban del poder esclavizador y construían sus comunidades en las montañas, como puntos estratégicos para la vigilancia y protección de posibles ataques, dominando la perspectiva del paisaje y anclando alianzas con la naturaleza de ese territorio.
Los dogon sellaron sus pactos de habitación y asentamiento en esos acantilados famosos por el dramatismo en su expresión de ese paisaje, gritando pactos con los escarpes rocosos para continuar en libertad del dominio de la campaña religiosa del islam. Ellos construyeron sus casas y sus graneros adjuntos, donde se evidencia su apreciación estética de las cosas del mundo y para lo que contaban con artistas que traducían esa visión del mundo donde la belleza es un estado a ser materializado en todo objeto, en sus casas, en sus graneros, símbolos culturales que representan fertilidad, abundancia y organización social. Dentro de esos objetos, las puertas de madera que separaban y protegían sus graneros del mundo exterior. Estas puertas dogon eran especialmente cuidadas, con esculturas talladas en su dorso, plasmando figuras mitológicas, ancestros y formas geométricas elongadas en diferentes escenas del vivir… conectando cielo y tierra. Haciendo que el mito respire y repose vivo en estas puertas.
Yo llevaba un tiempo buscando esta puerta, hasta que un día la encontré en un anticuario sobre la Rue Corniche en Dakar, cerca de la Medina. Ella se dejó ver y, después de un proceso de negociación con el dueño del anticuario entre francés y wolof, ella se dejó llevar.
Después de algunas semanas, ella entró en proceso de transformación para recibir la madera senegalesa que le permitiría recostarse horizontalmente y convertirse en mesa. Mi mesa, en mi nuevo hogar, en Dakar.
Mi intención aquí es llegar a la esencia, la de las cosas y la de los tiempos, partiendo de mi experiencia, seguir el planteamiento de Goethe: "captar el elemento eterno manifestado en lo transitorio", sacando de sí la emoción que se quiere poner por escrito, ya que nunca se ve la esencia o el fenómeno solo con los ojos, él se ve desde el estado de espíritu de quien lo ve. Esta mesa canta millones de historias en diferentes lenguajes, ella me lleva a penetrar esa entrada al mundo psíquico, en diferentes tiempos. Ella es una membrana permeable, una fisura que guarda la sabiduría de miles de conversaciones, silencios, acciones… cuyas memorias, al ser revisitadas, atraviesan los poros como las buenas historias, contadas en la oscuridad de la noche temprana por sabios de tierras distantes, dueños de lenguas inauditas, ricas en inefabilidades. Cuánta emoción sale por este portal… cuánto sentimiento, cuánto pensamiento y cuánto brillo sobre esta mesa, soporte donde escuché los orígenes de mis arquetipos por primera vez, de la boca de un Jodorowsky que ya se mudó al Hades. Cuántas sombras alimenté y reconocí con ella. Cuánta luz surgió de sus fisuras. Cuánto fue servido y cuánto yo misma me derramé sobre ella.
Todo ocurrió siempre en favor del vínculo. Esta mesa, una manifestación cultural, artística, espiritual utilizada para desconjurar los peligros que acechaban los resguardos del alimento en África, puerta esculpida en madera, proyectando ancestros, para proteger, reconocer, ahuyentar y preservar lo esencial del alimento. La mesa, testimonio del vivir juntos, crear juntos, de estar juntos. Esta figura en sí misma es, para mí, un pacto existencial, donde imágenes antiguas del inconsciente colectivo emergen desde el corazón de la madera que sirve de base o capa para el lenguaje vincular de comidas, reuniones de té, oficinas de cura con artistas… almuerzos virtuales durante la pandemia… el paladar siendo nutrido por estas imágenes antiguas, arcaicas, viscerales de los arquetipos que descansan en la base de nuestra gran conciencia mayor. Esta es la poesía indeleble, amorosa, conmovedora, punzante y honda de la cultura material que marca mis desplazamientos transatlánticos vitales.
Una vez se prueba algo, el paladar no retrocede. Ya se probó. La imagen ya entró… el cuerpo la recibió. Arquetipos antiguos y nuevos fertilizándose unos a otros…
La mesa parabólica llegó a un lugar dentro de mis encuentros diarios y frecuentes. Todos crecimos junto a ella, como espejo que es historia esculpida de nuestras antiguas verdades como humanidad. Todo lo que llega de África y se gesta en ella tiene una huella inextricable en mi psique, en mi cuerpo, en mi familia de sangre y de alma, y un poder contundente de revuelta y organización. La mesa es potencia y misterio, sobre el que me alimenté por 12 años. Ella es ancestral y femenina. Ahora sé que fue ella quien cantó cuando alguien tenía que salir de casa, cuando una relación debía acabar y cuando otra se debía preservar. Ella me enseñó la importancia de las fisuras como entradas a un entendimiento mayor de mí misma, de lo que puedo hacer y no hacer, y me enseñó a marcar el límite de mi apego. Una puerta a un lugar más profundo desde el cual seguir intentando ser mejor, aquí y más allá. Cierro, por ahora, con la certeza de que la mesa siempre fue puerta, y siempre lo será.
Referencias
Dieterlen, G. (1991). Essai sur la religion des Dogon. Paris: Institut d’Ethnologie.
Griaule, M. (1948). Dieu d’eau: Entretiens avec Ogotemmêli. Paris: Éditions du Chêne.
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