En el contexto del 250.º aniversario de la independencia de los Estados Unidos, la obra reciente de Noam Chomsky y Nathan Robinson, El mito del idealismo americano (2024), vuelve a situar en el centro del debate una cuestión recurrente: la relación entre los ideales proclamados por Estados Unidos y las prácticas efectivas de su política exterior.
A lo largo de su trayectoria intelectual, Noam Chomsky (n. 1928) ha sostenido que esa relación se caracteriza por una tensión persistente entre discurso moral y ejercicio del poder.
No se trata, en su lectura, de desviaciones puntuales o errores aislados, sino de una estructura recurrente que atraviesa décadas de política internacional.
Sin embargo, la cuestión verdaderamente interesante no es únicamente si esa crítica es empíricamente correcta en todos sus detalles, ni si Estados Unidos ha logrado una coherencia plena entre sus principios y sus acciones.
Ninguna gran potencia histórica ha alcanzado semejante unidad.
La pregunta decisiva es otra: ¿qué tipo de realidad histórica es aquella que puede ser simultáneamente objeto de crítica sostenida, de disputa moral global y de centralidad simbólica persistente en el imaginario político contemporáneo?
Esa cuestión entraña el núcleo de la crítica chomskiana y, al mismo tiempo, ilumina el lugar que ocupa Estados Unidos como referencia simbólica global.
El núcleo de la crítica chomskiana
La argumentación de Chomsky puede organizarse en tres ejes fundamentales: la distancia entre ideales y prácticas, la concentración del poder y la fabricación del consenso.
No se trata de elementos aislados.
Se trata de dimensiones estructurales de la política contemporánea.
El primer eje es el más notable: la distancia entre ideales y prácticas.
Chomsky sostiene que existe una brecha persistente entre los principios que Estados Unidos proclama y defiende —democracia, libertad, derechos humanos— y muchas de las acciones que ha desarrollado en el plano internacional.
La cuestión no es negar la existencia de esos ideales, sino observar cómo operan en la práctica política.
A la luz de los hechos, en repetidos casos, dichos principios funcionan más como lenguajes de legitimación que como guías efectivas de acción.
Para el reputado lingüista, la tensión no es accidental. Es recurrente.
El segundo eje se refiere a la estructura del poder, concentrado en torno a intereses económicos, estratégicos y militares.
En ese ámbito, las decisiones de política exterior estadounidense no pueden entenderse exclusivamente como expresiones de un interés nacional cristalino y homogéneo.
Por el contrario, responden a configuraciones internas donde ciertos sectores poseen una capacidad desproporcionada de influencia.
Si bien el problema no es exclusivo de Estados Unidos, adquiere allí una escala particularmente visible por la envergadura de su caso.
El tercer eje es el papel de la opinión pública y la gestión del consenso.
Chomsky insiste en que las democracias contemporáneas dependen de sistemas complejos de comunicación que no solo informan, sino que estructuran la percepción de los hechos.
En ese ámbito, el consenso no es simplemente el resultado de un debate abierto entre ciudadanos informados. Es también el producto de filtros institucionales, mediáticos y culturales que delimitan lo visible y lo pensable.
La cuestión central, entonces, no es solo qué ocurre, sino cómo se interpreta —y se condiciona la interpretación de— lo que ocurre.
En conjunto, los tres ejes sitúan el análisis de Chomsky en el plano de la denuncia estructural del poder.
El efecto simbólico de la crítica
La crítica —cualquiera que esta sea— no circula en el vacío. Circula dentro de un espacio histórico ya organizado simbólicamente.
Y es ahí donde emerge una paradoja que no depende del contenido de la crítica, sino de su objeto.
Estados Unidos no es únicamente una entidad política entre otras.
Es un referente persistente de la imaginación política moderna.
Y por eso puede ser criticado con tal intensidad, continuidad y alcance global.
No es cualquier objeto histórico el que genera una crítica sostenida durante décadas; solo aquellos que ocupan un lugar estructural en el imaginario colectivo.
En ese sentido, la crítica de Chomsky produce un efecto no intencional, pero significativo: confirma la centralidad del objeto que cuestiona.
El punto no es que la crítica sea correcta o incorrecta.
El punto es que su mera posibilidad revela la densidad simbólica del referente que analiza.
Ello ocurre porque los símbolos históricos no se sostienen por su coherencia empírica. Se sostienen por su capacidad de organizar interpretaciones contradictorias de sí mismos.
La admiración y el rechazo no son exteriores al símbolo. Son modos de su funcionamiento.
Desde esa perspectiva, la persistencia del debate sobre Estados Unidos —ya sea en forma de defensa, denuncia o reinterpretación crítica— no es un fenómeno accidental ni secundario.
Es parte constitutiva de su propia estructura simbólica.
La crítica no se sitúa fuera del símbolo: es una de las formas por medio de las cuales el símbolo se mantiene activo en el tiempo.
Ese desplazamiento interpretativo no debe llevar a neutralizar el contenido de la crítica y, por eso, aquí aparece un reparo necesario, imprescindible, a la lectura de Chomsky.
Su fuerza analítica es indiscutible en la reconstrucción de episodios históricos concretos y en la exposición de las asimetrías del poder global.
Pero —y siempre hay un reparo en todo discurso sobre todo símbolo— su marco interpretativo tiende a reducir la complejidad del fenómeno estadounidense a una lógica relativamente unificada de intereses y dominación.
En esa reducción se pierde algo relevante: la dimensión interna de conflicto, de pluralidad y de auto impugnación que también forma parte de la continua experiencia política estadounidense.
Lo mismo expresado con otras palabras: la crítica ilumina con fuerza la estructura del poder, pero tiende a subestimar la densidad interna del campo simbólico que hace posible que esa misma crítica exista, circule y se institucionalice.
El experimento estadounidense y su tensión constitutiva
Desde la perspectiva de Alexis de Tocqueville, tal y como la referí en un escrito precedente[1], la coexistencia entre poder, crítica y simbolización adquiere un sentido más profundo.
Tocqueville comprendió que la democracia moderna no elimina las tensiones.
Las organiza.
La igualdad, la libertad y la asociación no constituyen principios armónicos.
Constituyen fuerzas en tensión permanente.
La crítica de Chomsky puede leerse, entonces, no como una anomalía externa al sistema, sino como una manifestación interna de esa dinámica conflictiva.
Las contradicciones entre ideales y prácticas no son necesariamente una negación del experimento democrático.
Pueden ser parte de su funcionamiento y renovación.
Lo decisivo no es la ausencia de conflicto.
Lo decisivo ha sido y sigue siendo la capacidad de mantener el conflicto dentro de un marco institucional y simbólico que lo haga discutible sin desbordarlo ni disolverlo.
En ese sentido, el hecho de que una crítica tan radical pueda formularse, circular y persistir durante décadas —dentro del espacio cultural estadounidense— no es un dato menor.
Es parte del fenómeno.
El experimento no se define por la coherencia de sus resultados, sino por la capacidad de integrar incluso aquello que lo cuestiona en su propia continuidad histórica.
El símbolo estadounidense
Por ende, la cuestión decisiva no consiste en determinar si Estados Unidos ha sido fiel a los ideales que proclama.
La historia sugiere que ninguna sociedad lo ha sido de manera consistente.
La pregunta verdaderamente relevante es si Estados Unidos sigue siendo capaz de producir simultáneamente su propio mito, su propia crítica y el espacio simbólico en el que ambas cosas pueden coexistir sin cancelarse mutuamente.
Porque un símbolo no es únicamente aquello que una sociedad afirma sobre sí misma.
También es aquello que puede ser disputado sin desaparecer en el proceso.
Mientras esa tensión —entre ideal y crítica, entre poder y denuncia, entre narrativa y contradicción— se mantenga activa, el experimento estadounidense continúa.
No como sistema cerrado, sino como campo abierto de interpretación, significado y símbolos.
Y en ese campo eminentemente heurístico, voces críticas como la de Chomsky no solo cuestionan el símbolo estadounidense, sino que son imprescindibles en la arena pública porque contribuyen a mantenerlo históricamente vivo al someterlo a examen permanente.
El símbolo perdura precisamente porque admite la crítica.
Lejos de extinguirlo, esa crítica lo mantiene en ebullición y, más allá del mito, renueva su vigencia histórica.
[1] El pasado 2 de julio del año 2026, en Acento.com: “1776-2026. ¿Termina realmente el experimento estadounidense?”
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