Hannah Arendt frente a Heidegger: la discípula que transforma al maestro
Hannah Arendt fue discípula de Heidegger, pero no fue una simple repetidora de Heidegger. Esta distinción es decisiva, porque la misma creencia se ha repetido frente a otras filósofas brillantes, como Lou Andreas-Salomé, Edith Stein y Simone de Beauvoir: con frecuencia se las ha leído como prolongaciones de los hombres (Nietzsche, Husserl y Sartre) con quienes estudiaron, dialogaron o compartieron sus vidas. Muchas veces se ha querido interpretar a Arendt como una continuación de su maestro, cuando, en realidad, su fuerza filosófica consiste en haber tomado algunas categorías heideggerianas para desplazarlas hacia otro horizonte: el mundo común, la pluralidad, la acción política y la natalidad.
Heidegger había colocado en el centro de su pensamiento al Dasein: al ser humano entendido como existencia, como ser-en-el-mundo y como apertura al ser. Su crítica al sujeto cartesiano fue profunda y, en el plano de la destrucción ontológica del sujeto moderno, puede considerarse más radical que la de Sartre, en honor a la verdad. Frente al «yo pienso» encerrado en sí mismo, Heidegger propuso pensar una existencia que ya está arrojada en el mundo y que no se comprende como una conciencia aislada, sino como un ser situado.
Para no caer en el reduccionismo, es necesario profundizar en este debate sobre las formas modernas del cogito y sus críticas posmodernas, precisamente porque la realidad no se divide de manera simple entre blanco y negro. Ni los estudiantes ni las personas no especializadas merecen recibir la imagen simplificada de una posmodernidad carente de compromisos y aportes. Tampoco merecen que se les presente la modernidad como un bloque enteramente fallido, cerrado y binarista. Existen numerosos pensadores y pensadoras que, desde posiciones críticas, han defendido las posibilidades todavía abiertas de la razón moderna. Jürgen Habermas y la feminista Sheila Benhabib, para mencionar solamente dos figuras fundamentales, nos ayudan a introducir equilibrio en este debate y a reconocer la potencialidad de una racionalidad emancipadora. Sus trabajos muestran que criticar la modernidad no exige renunciar a la razón, sino revisarla, democratizarla y orientarla hacia la comunicación, la igualdad y la emancipación.
Por tanto, la crítica heideggeriana a la filosofía moderna del sujeto es importante. Heidegger rompe con la imagen de un yo soberano que domina el mundo al convertirlo en objeto. Su pensamiento cuestiona la razón moderna cuando esta se reduce a representar, calcular, dominar y disponer de las cosas. En ese sentido, ofrece herramientas decisivas para criticar la racionalidad instrumental y abre el camino hacia la crítica posterior de la metafísica de la presencia.
Pero hay un límite. Aunque el ser-con —el Mitsein— forma parte de la estructura constitutiva del Dasein, el ser-en-el-mundo heideggeriano no desemboca plenamente en una teoría de la acción política, de la comunicación o de la pluralidad humana. Su Dasein se comprende radicalmente ante la muerte, ante la finitud y ante su posibilidad más propia. La autenticidad queda ligada principalmente a la relación del existente consigo mismo y con su propia muerte. Desde Sartre puede advertirse que la relación concreta con el otro exige un desarrollo que Heidegger no ofrece suficientemente; y Habermas, desde otra perspectiva, señalará las dificultades de esa filosofía para pensar la comunicación, el espacio público y la intersubjetividad.
Arendt hereda la problemática heideggeriana, pero la transforma. Ella no abandona la idea de mundo; al contrario, la vuelve central. Sin embargo, el mundo de Arendt no es simplemente el lugar donde el Dasein está arrojado. Es el espacio compartido donde los seres humanos aparecen, hablan, actúan, se distinguen y se reconocen. En Arendt, como veremos en mi próximo artículo, el mundo no se piensa desde la soledad del ser-para-la-muerte, convertido en horizonte privilegiado de la existencia, sino desde la pluralidad de los seres humanos que viven juntos.
Ahí se encuentra una de sus rupturas más importantes. Heidegger piensa la existencia desde la finitud; Arendt la piensa desde la posibilidad de actuar. Heidegger coloca la muerte como posibilidad propia y radical; Arendt coloca el nacimiento como posibilidad de comenzar algo nuevo y convierte el espacio público en el lugar mismo de la política.
En La condición humana, Arendt hace de la pluralidad una categoría fundamental. Los seres humanos no existen como copias de una misma esencia. Son iguales y distintos. Comparten un mundo, pero lo ven desde lugares diferentes. La discípula, entonces, no repite al maestro.
Llega un momento en que la discípula abandona el lugar discreto que le había sido asignado. Sale de la sombra del maestro, reclama el derecho a aparecer con su propio nombre y convierte en palabra pública lo que durante años había soportado en silencio. La emancipación filosófica deja entonces de ser solamente una transformación de conceptos: se vuelve una escena de ruptura. Esta emancipación intelectual tuvo también una dimensión privada, dolorosa y profundamente reveladora. En una carta dirigida a Karl Jaspers, citada por Julia Kristeva, Arendt se queja con extraordinaria lucidez de la actitud de Heidegger ante su reconocimiento público como pensadora. Según Kristeva (2000, p. 33), Hannah Arendt escribió:
«Sé que encuentra intolerable que mi nombre aparezca públicamente, que yo escriba libros, etc. Durante toda mi vida, por así decirlo, he hecho la vista gorda con él, procedí siempre como si todo eso no existiera y yo no supiera contar más que hasta tres, a menos que se tratara de la interpretación de sus propias obras; en ese caso, él siempre se sentía muy feliz de que yo supiera contar hasta tres, e incluso hasta cuatro. Pero de pronto este juego se me hizo muy aburrido»
La frase es lapidaria. No se refiere solamente a un conflicto sentimental entre dos personas. Revela la desigualdad escondida en una relación intelectual en la cual la mujer brillante había hecho la vista gorda y representado el papel de quien no sabía contar hasta tres, salvo cuando su inteligencia era puesta al servicio de la interpretación de las obras del maestro. El juego se volvió aburrido cuando Arendt dejó de aceptar la invisibilidad y afirmó públicamente su propio nombre, sus propios libros y su propia capacidad de pensar.
Referencia utilizada: Kristeva, J. (2000). El genio femenino. 1. Hannah Arendt (J. Piatigorsky, Trad.). Paidós.
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